Entrelazadas, con descaro y a la vista de todos, calamidades como la inflación, la mezquindad salarial, la cesantía y el sobreendeudamiento con morosidad avanzan implacables al amparo del modelo neoliberal y aprovechando la prolongada siesta de la clase trabajadora que no da señales de querer despertar y retomar el papel protagónico que le corresponde en la sociedad chilena.
   La desigualdad se acrecienta en la medida que las lacras del capitalismo caen con perversión sobre el pueblo desprotegido, en tanto la corrupción y la impunidad – ejes centrales del sistema antidemocrático – ganan terreno en favor de los poderes fácticos y las minorías ricachonas que acumulan fortunas sin limites, y en desmedro de las mayorías que no atinan a reaccionar.
   En este Chile convertido en un enorme mercado para goce y provecho del gran capital, prevalece un rotundo menosprecio hacia la gente de a pie: el modelo económico se centra en el lucro y la especulación de los poderosos, tal como  lo planificaron y ejecutaron los golpistas de 1973 que dejaron un país plagado de injusticias y desigualdades con elevados niveles de ruindad moral confirmada por sus crímenes y con el enriquecimiento ilícito de un sector privilegiado a partir del asalto empresarial al Estado y la apropiación de sus bienes, industrias, servicios vitales y empresas estratégicas, nada de lo cual ha sido revertido.
   Para los gobiernos de la «transición», la clase trabajadora no existe.  La anterior presidenta, con carnet de «socialista», no la tomó en cuenta, desestimó sus demandas y la omitió en sus intervenciones públicas y en sus mensajes anuales al Congreso. Impulsó una reforma laboral calificada por expertos como insustancial, un retroceso o un engendro destinado a sumar a la oprobiosa herencia de la dictadura, y que buscó únicamente la satisfacción de la minoría más opulenta. Sólo quedó la posibilidad de asumir, con suerte, un frágil trabajo por cuenta propia.
   Contrariamente a lo que podía esperarse, desde la asunción del multimillonario investido como presidente, los trabajadores parecen petrificados. Tampoco hoy se cuenta con empleo formal, estable, justamente remunerado; la necesaria reindustrialización del país no se produce; a muchos los ingresos mensuales les alcanza para 20 días; con frecuencia se sabe del cierre de empresas con la consiguiente cesantía al tiempo que la carestía de alimentos, medicamentos y productos y servicios básicos se acrecienta, pero la única respuesta de los afectados es un conformismo a estas alturas inexplicable.
   Entre los miedos que arrastran los trabajadores desde la época del terrorismo de Estado está el de enfermarse, porque en salud la situación es crítica y los gastos son cada vez mas onerosos. 25 mil personas mueren al año en listas de espera en hospitales públicos, en tanto los gastos aumentaron en un 50% en los últimos 4 años y, según los laboratoristas, las cadenas de farmacias cobran por los remedios el triple de su valor real. Las Isapres suben con frecuencia sus tarifas en forma escandalosa y sus propietarios elevan sus fortunas desmesuradamente.  Nada indica que el sistema de salud – para pobres y para ricos – vaya a ser modificado.
   Aunque el régimen previsional privado continúa sumiendo a la vejez en la miseria, la coordinadora No + AFP dejó de organizar movilizaciones callejeras como las que en los dos años anteriores alcanzaron una masividad inédita en la postdictadura. Por un momento esas formidables manifestaciones populares parecieron a punto de hacer tambalear al llamado corazón del modelo. El actual receso no puede prolongarse: está en juego la dignidad de millones de hombres y mujeres que no pueden seguir recibiendo pensiones de hambre en sus últimos años de vida.
   Creyéndose el cuento de la «derecha social» el presidente-empresario dice que «estamos en la senda del progreso de las familias chilenas», basándose en el crecimiento (de unos pocos) y en las cifras manipuladas del IPC el desempleo y la pobreza, que aparentan lo que no es. La farsa montada por los poderosos es reafirmada por el Ministro de Hacienda, al aseverar que «ya están llegando los tiempos mejores» y que «muchos países quisieran tener una economía como la chilena». En realidad la bonanza traducida en muchos ceros a la derecha es para los corruptores y corruptos, los mercaderes, los especuladores y los delincuentes de cuello y corbata, que actúan con la certeza de saber que ninguno de ellos irá a la cárcel.
   El modelo neoliberal ha decaído y resurgido en distintos países de la región, pero ha tenido en Chile una continuidad permanente. Aplicado a ultranza, aquí se han cancelado los derechos ciudadanos y se ha llevado a la clase trabajadora a un empobrecimiento progresivo que los políticos tradicionales observan  impertérritos, sin señales de querer revertir esta situación angustiosa para las mayorías.
   Los trabajadores han sido y son explotados y esquilmados, y en momentos en que hay un gobierno de derecha y el modelo de desigualdades somete con perversión a la gente común y corriente todos los días, es sorprendente e injustificado este interminable letargo. Hay que dejar de lado la pasividad, hay que reaccionar, reposicionarse y volver a movilizarse por tantas demandas pendientes, con convicción y cuanto antes.

HUGO ALCAYAGA B.

VALPARAISO

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