La renuncia al Ministerio de las Culturas y las Artes del escritor ultraderechista Mauricio Rojas cierra un micro ciclo político de escasos cuatro días pero deja en suspensión un ciclo de varias décadas aún abierto. Aquel proceso político y social denominado transición a la democracia, iniciado con el traspaso del gobierno desde Pinochet al primer representante de la Concertación, no sólo está lejos de cerrarse sino tiende a la regresión, a las tensiones propias de sus orígenes. A casi treinta años del plebiscito del SI y el NO, y a 45 del golpe de Estado, todos los dolores, humillaciones, odios y demonios siguen presentes.

 

Las declaraciones de Mauricio Rojas a un periodista de la CNN con motivo de la publicación del libro Diálogo de Conversos, en coautoría con el también ministro Roberto Ampuero, fueron emitidas hace un par de años. Unas afirmaciones en las cuales expresó toda su aversión, como buen converso, a la cultura de izquierda, a la memoria de los crímenes de la dictadura y al Museo de la Memoria.

 

Pero aún más grave que las ofensivas declaraciones, con rasgos de negacionismo y justificación de los crímenes de lesa humanidad, ha sido su nombramiento, que sin duda -y afortunadamente- tendrá un efecto nocivo en un gobierno que marca una creciente tendencia hacia la desaprobación. Una designación que expresa la nula comprensión por parte del gobierno y su presidente de los procesos sociales y de la historia chilena reciente. La derecha, que ha justificado el golpe, la dictadura y los crímenes,  parece seguir entendiendo los procesos políticos en términos de una guerra fría y enemigos internos.

 

Existe también otra explicación al nombramiento de Rojas. Semanas previas, la Sala Penal de la Corte Suprema otorgó la libertad condicional a siete condenados por crímenes de lesa humanidad, decisión avalada por el gobierno.

 

Estos dos eventos nos delinean la actual escena, de clara regresión en la cultura del respeto a los derechos humanos. Presenciamos una nueva aparición pública de la derecha más dura, aquella que levanta la tesis del empate para la justificación del golpe de 1973 y las violaciones de los derechos humanos cometidos por el estado chileno. En esta escena se inscribe el discurso del ultraderechista José Antonio Kast y no pocos grupos que operan en la oscuridad.

 

Este reeditado contexto político, con claros tintes fascistas y de una no siempre embozada violencia, parece filtrarse en decisiones de un gobierno conformado por una clase dominante que desde todas las esferas del poder observa con incomodidad el resurgimiento de una sociedad organizada y crítica con un modelo económico y político claramente excluyente. Esta derecha tradicional es indudablemente más cercana a posturas fascistas que a posiciones inspiradas en la valoración de los derechos humanos y sociales.

 

Hay otro elemento que sin duda favorece la extensión y amplificación de esta posición política. El escenario externo, desde Europa a América, con Donald Trump a la cabeza y con numerosos representantes en la región, se ha escorado a la extrema derecha, expresada desde la repulsión a los inmigrantes al permanente asedio al gobierno venezolano. Esta corriente, que naturaliza la exclusión, inflama el nacionalismo y demoniza a los socialismos en todos sus matices, está separada por una tenue línea al abierto odio.

 

En este contexto, altamente riesgoso y regresivo, la sociedad chilena ha reaccionado. Afortunadamente desde inicios de esta década asistimos a una reinstalación -esperamos que irreversible- de organizaciones sociales y territoriales que expresan las demandas de las personas. Es eso precisamente lo que hemos observado en estas semanas. Primero con las reacciones al fallo de la Corte Suprema y en estos días con la nominación de Mauricio Rojas, que alcanzó a estar en el cargo de ministro escasos cuatro días. En ambos casos han sido acciones espontáneas, canalizadas por redes sociales, por la prensa de internet y por algunos líderes de opinión, como fue la columna del rector de la UDP, Carlos Peña, publicada no sin sorpresa en el derechista El Mercurio llamando a la renuncia de Rojas. Ante este vendaval social, el gobierno de Piñera tuvo que poner marcha atrás. Aun cuando podemos ver un triunfo de la sociedad civil, queda también la inquietud del camino que intentan tomar las elites.

 

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