El gobierno de Sebastián Piñera, cuyo programa se basa en un núcleo apoyado en un alto crecimiento de la economía, más una serie de efectismos de toda índole que en los hechos son eventuales consecuencias del mismo factor económico, ha ingresado a escasos cinco meses de rodaje en un terreno lleno de contradicciones. La primera de ellas surge desde la misma macroeconomía: el crecimiento alto es un horizonte difuso y lleno de oscilaciones. La segunda: no hay creación de empleo. Y hay otras: los salarios no crecen y tampoco las exportaciones.

 

El alto crecimiento económico es la base de sustentación para cualquier gobierno no sólo neoliberal. Lo ha sido también para las variadas socialdemocracias latinoamericanas, que han recurrido a la explotación de materias primas exportables para salvar programas de inclusión social. Sin crecimiento, en especial en las administraciones neoliberales, no hay inversión privada, ni ventas, ni crédito, ni empleos, ni alto consumo y tampoco recursos fiscales. Es el caos para el gran capital y para su Estado afín.

 

Sebastián Piñera accedió al gobierno bajo el eslogan Tiempos Mejores, una expresión que en una sociedad de consumo como es la chilena sólo tiene una interpretación: mejores salarios, más empleo y, en especial, más consumo. Una promesa que en estos pocos meses no ha cumplido y, posiblemente, tampoco cumplirá. La economía, aun cuando exhibe tasas de crecimiento, éstas no son ni relevantes ni estables. Aun cuando durante el primer semestre el producto chileno fue el más alto desde el 2012, hay demasiados nuevos obstáculos que impiden una tendencia. El PIB chileno crecerá este año bajo el cuatro por ciento, y el 2019 tenderá a caer.

 

La cara más real de la economía es bastante más pálida que aquellos guarismos. Durante los últimos meses han quebrado varias grandes empresas, algunos de ellas en sectores estratégicos, dejando a cientos, sino miles,  de trabajadores sin empleos. Caída de ventas, competencia exterior, importaciones baratas pueden llevar a un encadenamiento de los fenómenos hacia sus proveedores. La tasa de desocupación a junio marcó 7,2 por ciento, guarismo que esconde varias otras falencias. La pérdida de puestos laborales ocurre en las empresas como empleo asalariado, resta que se ha visto compensada por el trabajo por cuenta propia, compuesto por emprendimientos variados y abultados por ventas ambulantes en las calles. Hay pérdida en el número de empleos y hay también una precarización del empleo, con una tasa de informalidad cercana al 30 por ciento.

 

Este fenómeno tiene su expresión en los salarios, estancados o decrecientes. El índice de remuneraciones real (descontada la inflación) cayó en los últimos doce meses con una baja mayor hacia finales del primer semestre, caída que tendrá a su vez consecuencias en los ingresos familiares y personales, ya de por sí muy mermados.

 

El ingreso promedio en Chile es de 554 mil pesos (820 dólares), cifra distorsionada en un país con unas de las mayores desigualdades de ingresos del mundo. Al desagregar el dato, tenemos que el más del 70 por ciento de los trabajadores y trabajadoras (que perciben un 30 por ciento promedio menos que los varones) está bajo el promedio nacional y el 50 por ciento percibe ingresos menores a 380 mil pesos (567 dólares).

 

Ante el citado fenómeno de estancamiento y regresión económica, el discurso de Piñera basado en el crecimiento económico, la creación de empleos y mejores remuneraciones palidece, con efectos ya claros en sus niveles de aprobación. Los últimos sondeos  de agosto muestran un descenso continuo en la aprobación de Piñera en tanto su gabinete muestra cifras en torno a un escaso 30 por ciento. El motivo, la economía. El 64 por ciento de los chilenos estima que la economía está estancada o en regresión.

 

Esta percepción muy probablemente aumentará en el futuro. Con una de las economías más abiertas del mundo, el torbellino que afecta las bolsas mundiales, la oscilación y especulación en las materias primas, las guerras comerciales y el regreso de crisis financieras, desde Turquía a Argentina, incidirán en la economía chilena.

 

 

Chile, que ha sido levantado como modelo económico (neoliberal) por organismos financieros globales y por el marketing estatal exhibe una realidad muy diferente. Aquel modelo descansa sobre unas élites, con niveles de vida y consumo similares a las naciones más ricas. Bajo esta cúpula dueña del capital, un sistema que aplasta al resto de la población que ha de sobrevivir vía endeudamiento para gastos corrientes, como la misma alimentación, para llegar a fin de mes.

 

La reducción de la pobreza, que ha sido una de las banderas levantadas por los oficiantes del mercado para justificar los modelos liberales, no sólo se ha estancado sino viene en retroceso. Una reciente encuesta oficial reveló que los pobres son cada vez más pobres, situación que aumenta las contradicciones extremas de la desigualdad. Otro indicador, que mide la pobreza multidimensional con diferentes variables, la establece en más de un 20 por ciento, proporción que se acerca más a estudios independientes, que ubican el nivel de pobreza sobre el 30 por ciento.

 

Esta es la población que votó, no sin desesperación, por Piñera y sus promesas económicas, ya diluidas en la atmósfera económica.  Un escenario que tenderá a oscurecerse bajo la misma lógica del modelo. Como solución, el gobierno ya tiene la receta tradicional neoliberal: recortes en programas sociales, en el sector público y una reforma tributaria que favorecen a las corporaciones y facilitar la inversión. Una vez más el gran capital impone sus reglas. Como diferencia, podemos afirmar que esta vez se estrellará con una sociedad más organizada y atenta.

 

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