Quienes observamos el devenir político del mundo sentimos escalofríos ante las noticias sobre los disturbios protagonizados por neonazis en Alemania, quienes al grito de A la caza de extranjeros agredieron a población que identificaron como “no alemana”, enfrentándose con el gobierno en acciones masivas y coordinadas.

 

La preocupación no se refiere sólo al silencioso resurgimiento de uno de los movimientos más peligrosos del siglo XX, también se relaciona con una escalada que  saca a los movimientos fascistas de ultra derecha de los márgenes y los ubica en el mainstream político en toda Europa.

 

Para muchos este fenómeno está impulsado por el racismo arraigado en gran parte de la población del bloque. Eso cree el cineasta alemán Faith Akin, quien trabajó con Hark Bohm (colaborador de Werner Fassbinder) en su último filme EN PEDAZOS. Un  trabajo donde aborda en clave de ficción  los atentados ocurridos entre el 2000 y el 2007, que se saldaron con 10 personas asesinadas. La mayoría de las víctimas eran ciudadanos de origen kurdo o turco.

 

La responsabilidad de los crímenes, originalmente adjudicados a grupos de la mafia turca, fueron esclarecidos once años después cuando se estableció la autoría del NSU, un grupo neo nazi que operaba en el norte del país.  Sin embargo el filme de Akin no aborda el proceso judicial o  la investigación policial. Se centra en la odisea de una mujer alemana, cuyo esposo de origen turco y su hijo de 5 años mueren en un atentado que recrea la forma de operar de los atentados reales.

Akin es un destacado cineasta alemán de origen turco, premiado y valorado en el mundo como un realizador con una aguda mirada sobre los procesos sociales y culturales de la Europa actual. Nacido en 1973 en Hamburgo hace parte de las generaciones que se desarrollaron en el proceso de la unificación y del posicionamiento de Alemania como potencia dentro del bloque. Sin embargo su mirada está marcada por el lugar de la mixtura cultural germano/ turca, y en esa clave despliega su mirada a la vida política de su país. Una mirada cargada de intensidad, identificada con la vida del ciudadano común.

 

EN PEDAZOS vuelve a trabajar en torno a las emociones y con una protagonista femenina para contar una historia sobre el racismo.

 

La historia se organiza en tres capítulos. Su punto de arranque es el atentado que le cuesta la vida al esposo y al hijo de la protagonista. La investigación policial se centra en la idea de un ajuste de cuentas entre traficantes. Esto supone un violento escrutinio sobre la vida de la sobreviviente, que el realizador pone también como una expresión exacta del prejuicio racista de las autoridades alemanas cuando las víctimas son “los otros alemanes”.

 

Esa certeza marca la tragedia personal de la protagonista, que ve el carácter volátil que tienen los hechos para el sistema de justicia cuando las víctimas están asociadas con espacios no normalizados (el esposo es un ex convicto rehabilitado, ella tiene un historial de consumo de drogas).

 

Cada uno de los tres episodios que componen el filme corresponden también a géneros diferentes, que desembocan en un epílogo en clave de  thriller. Para parte de la crítica este giro narrativo en el desenlace, traiciona el registro íntimo de la tragedia en beneficio de la proclama política.

 

Lo que algunos juzgan como la desintegración del filme es efectivamente una arriesgada opción narrativa, que busca hablar a la masa. Si bien es cierto que la actuación de Diane Kruger habría permitido trabajar con mayor profundidad la devastación provocada, no es menos cierto que el tema del racismo requiere poner la mirada en la debilidad de la reacción de una sociedad cuyas instituciones están superadas por una dinámica cada vez más asfixiante. Y el impactante final logra ese objetivo.

 

Efectivamente en la última parte el filme se vuelve una trama de venganza. Lo interesante es que a cuenta de la sólida actuación de la actriz alemana cada parte de la historia esta marcada por la desolación y la intensidad emocional que marcan la reacción a una tragedia que intercepta la vida de víctimas que son personas comunes, que constituyen  objetivos de una acción política indecente.

 

Es efectivo que el filme no se centra en la ambigüedad ética con que actúa la protagonista. Tampoco en el dilema que enfrenta ante la denegación de justicia. También es cierto que se organiza en un mixtura narrativa no tradicional que compromete un registro más profundo. No permite pensar en redenciones de ningún tipo. Pero no es menos cierto que expone la ira y el dolor de una manera tan contundente             que cumple con atraer nuestra  atención  a lo que el cineasta quiere decir: El racismo es el enemigo y no sólo el de Le Pen, de Alternativa para Alemania o el de la  extrema derecha turca, también el que permea a todas las instituciones y la vida cotidiana.

 

Vidas en pedazos ese saldo es lo que dejan las dinámicas del odio. Desgraciadamente los últimos sucesos ( y toda la historia del siglo XX)  le dan la razón.

 

Deja una respuesta