Sebastián Pîñera cumplirá en estos días los primeros seis meses de su segundo mandato, un periodo opaco caracterizado por una falta de identidad y de un proyecto claro. Numerosos analistas, columnistas y observadores de diversas procedencias, han coincidido en esta percepción: un gobierno que no termina de instalarse, enredado en el discurso y centrado, como también aterrado, por el curso de las encuestas.

 

La semana pasada Piñera vivió con certeza su peor episodio público en estos seis meses. Una protesta de residentes de la bahía de Quintero se ha convertido en una muestra palmaria de la realidad. La sorpresiva visita de Piñera a la zona, que en esos momentos sufría una crisis ambiental con niños intoxicados y hospitalizados, fue abortada por un grupo de personas desesperadas que golpeó los cristales del vehículo. Piñera no pudo ni descender del furgón, en una secuencia de imágenes que a los pocos minutos circulaba por todas las redes sociales. Si su intención era alterar la tendencia a la deriva, el resultado ha ido desde el bochorno a la perplejidad.

 

Un gobierno obsesionado por el movimiento de las encuestas, que irrumpe sin complejos en las redes sociales, ha ocupado también no pocos eventos y episodios en acciones efectistas. Una política que en estos seis meses ha derivado en medio de aforismos y expresiones aisladas, arriesgada retórica y frases de 280 caracteres. A la mitad del año, la cuenta no es muy favorable: Piñera deja, semana a semana, día a día, valiosos puntos de su inicial popularidad y su caudal de votos.

 

Una merma que es un efecto. Analistas locales prevén varias causas, desde la postergación del programa de reformas, que desinstalará las realizadas hace pocos años por la administración de Michelle Bachelet, la lógica, tan arraigada en la derecha liberal, del laissez faire y su devoción por los mercados, y, por sobre todo, la conformidad en la actual institucionalidad. La derecha política y sus representados económicos y financieros, no pueden estar más cómodos y satisfechos con el actual statu quo. Cualquier proyecto de cambio es una mera representación, un acción performativa para dejar las cosas tal cual están.

 

Hay otra causa levantada por analistas de la prensa hegemónica chilena. El gobierno de Piñera, que es en la inspiración y los hechos una continuidad del modelo de mercado instalado por la misma dictadura cívico militar y mejorado más tarde desde los consensos de Washington con toda la fanfarria del FMI, sólo tiene un perfil, una identidad, basada en el contraste. El programa de Piñera se levantó a partir de la crítica a las reformas de sesgo socialdemócrata de Bachelet, transformaciones que fueron durante cuatro años el blanco, persistente y sistemático, de todo el aparato político y financiero expresado a través de la prensa hegemónica. Este trabajo de denostación mediante escándalos bastante amplificados logró inocular la idea que el gobierno pasado fue la peor administración de la postdictadura. ¿Por qué? No respetó los ritualizados consensos en el mercado.

 

La articulación de estos argumentos que levanta la prensa no tiene gran importancia. Son parte de la gobernanza y sus observadores y críticos. Los hechos, las causas del desgaste anticipado del gobierno de Piñera son otras: es la erosión de un modelo político económico ya vaciado de posibilidades. El modelo liberal extremo, tal como ha sido durante décadas en Chile, se ha invertido como una prenda, como un guante, para exhibir hoy todas sus costuras y zurcidos. El modelo de crecimiento, que ha logrado niveles de inequidad planetarios, con concentraciones de la riqueza impúdicas, se ha cerrado sobre sí mismo.

 

El incidente de la bahía de Quintero es la mejor expresión de aquella fractura. Contaminación que intoxica a escolares y a sus madres y una indignación ciudadana que moviliza y organiza. ¿Contra Piñera? No sólo contra él y su gobierno. También, y especialmente, contra una institucionalidad, un orden que las élites han querido convertir en parte de la naturaleza. El espacio político y económico nace y termina en el modelo de mercado.

 

Esta es la pesada y artificial montaña que hoy aplasta y carcome a los chilenos. Un orden basado en los mercados concentrados con rasgos de monopolio que compra políticos, medios de comunicación, opiniones y conciencias. Un mecanismo fusionado con el Estado que no requiere conductores ni gobernantes. Ante ello, Piñera y su comparsa que distrae es un simple accesorio.

 

Chile parece un gran parque temático puesto en marcha sobre el capital industrial y financiero.  Una puesta en escena del neoliberalismo en su fase más extrema que hoy pierde su geometría y sus equilibrios. Ha pasado de la aparente inclusión ciudadana a través de los mercados, del consumo y el crédito a la aspereza de la deuda, el abuso y el cierre de las expectativas. Un momento inestable que puede echar abajo a un orden artificialmente levantado.

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