Octubre fue ciertamente el peor mes de Pinochet: en 1988 su derrota en el plebiscito se tradujo en su expulsión de La Moneda a donde había llegado a sangre y fuego; y en 1998 fue detenido en Londres por múltiples delitos terroristas contra millones de compatriotas tras el derrocamiento de un gobierno legítimo, pero ni él mismo imaginaba contar con el apoyo del propio presidente de la República que se esforzó por su pronto regreso al país libre de polvo y paja, a salvo de la justicia internacional que lo requería para mandarlo a prisión por el resto de sus días.

 

Dice el juez Garzón que aquí no hubo falla de la justicia sino de la política, porque Eduardo Frei Ruiz-Tagle se negó a reconocer la jurisdicción universal en crímenes de lesa humanidad. Demócrata cristiano y pinochetista desde joven, Frei festejó el «11» y como ejecutivo de Sigdo Kopper acudió raudo al llamado de la junta militar para regalarle dineros y joyas. Frei jugó y ganó en esa pasada, y junto con ello se llevó el repudio masivo de las innumerables victimas de la dictadura, o sus familiares, y de todos los sectores democráticos de Chile y el mundo que interpretaron ese gesto como una señal de conciliación o admiración al genocida o de temor, quizás, de que éste quisiera interrumpir su periodo presidencial, el segundo de la Concertación.

 

En su gobierno Frei cometió otros tantos desatinos que se pagan hasta el día de hoy. Cuando todavía algunos esperaban la llegada de la «alegría», comenzó la era de las privatizaciones en el tiempo concertacionista: se privatizaron los servicios sanitarios (actualmente el agua que se consume en Chile es la más cara de América Latina) y los puertos (hoy en manos de consorcios empresariales); se profundizó la desnacionalización del cobre, y entraron capitales privados a las cuatro empresas eléctricas estatales sobrevivientes de la dictadura. En ese período, 1994 – 2000, se acentuó el proceso de desmantelamiento del Estado y de menoscabo de lo público.

 

Tras el régimen tiránico la Concertacion o Nueva Mayoría gobernó por 24 años a través de cinco mandatos presidenciales. En todo ese tiempo esa coalición fue incapaz de rescatar a Chile de lacras como la Constitución pinochetista, la desigualdad social, la entrega de las riquezas naturales a transnacionales, la injusticia tributaria, las tenazas de las leyes laborales o de la dictadura de los medios de comunicación manipulados por la oligarquía. La salud, educación, vivienda y previsión continúan en manos privadas, luego de que el Estado fuera invisibilizado. Es el neoliberalismo en su máxima expresión.

 

Mientras en la gente sin recursos o con lo justo, o menos de ello, en los pobres y menos pobres, en la calle, barrios y poblaciones van en aumento la frustración y la indignación, quedan en el aire las declaraciones de Frei Ruiz-Tagle en su última visita al país. Sus palabras fueron: «A quienes nos vienen a decir que la alegría no llegó, yo solamente les digo que éstos son por lejos los mejores 30 años de la historia d Chile»… Cualquiera con dos dedos de frente se pregunta con qué autoridad moral este político emite tan categóricas aseveraciones.

 

Una de dos: el ex mandatario padece de una miopía que le impide ver mas allá de sus narices o su identificación empresarial le mantiene adherido al andamiaje antipopular que es rechazado por las mayorías de a pie. De una u otra forma no percibe que Chile vive de las apariencias, porque los servicios se han convertido en negocios y la pobreza se disimula con endeudamiento. Las retóricas discursivas no bastan para sofrenar las cifras de desposeídos, que van a la par con las del desempleo, la morosidad y la delincuencia, productos exclusivos del sistema.

 

Frei no menciona que en estos «30 años mejores de la historia» el maridaje política-negocios condujo a una repulsiva corrupción cuyo hedor alejó a la ciudadanía de los gobiernos, del Congreso y de los partidos. La casta política se niega a asumir la ira surgida de la base social que hace sentir su malestar con una insólita abstención en las jornadas electorales. La corrupción es una gangrena que ha escalado a los más altos niveles de la institucionalidad legada por la dictadura.

 

En este país de mezquindades salariales que promueve un consumismo irracional y un endeudamiento superlativo, el bienestar social ha sido relegado a un segundo o tercer plano. Los pobres carecen hasta de expectativas, en tanto una minoría acaudalada acumula bienes y riquezas con fruición, y no hay señales de que se vayan a introducir en el léxico diario los verbos compartir, solidarizar o distribuir para conjugarlos a corto o mediano plazo.

 

El conglomerado partidista que una vez llevó a Frei Ruiz-Tagle a la presidencia de la República dejó de existir por causas naturales – falta de adhesión popular – en diciembre pasado. Aunque se le quiera rebautizar con otro nombre de fantasía, son insuficientes las palabras del ex mandatario para intentar reanimarlo: quedó fuera de foco, su vida se extinguió sin vuelta y hoy está reducido solo a un ingrato recuerdo marcado por el fracaso y la decepción.

 

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