Que viva la Teletón,
que atiende al necesitado
niño discapacitado
que abunda en nuestra nación!
Apelando al corazón,
es decir, al sentimiento,
aparece un regimiento
de figuras “estelares”
sonriendo en los comerciales
en la “previa” del evento.

En estas horas de amor
“pasan cosas increíbles”:
mostrando hasta lo indecible
las carencias de un menor.
Veintisiete horas de horror,
en que empresarios notables
donarán sus deleznables
ganancias de un cuarto hora,
mientras dona una señora
la plata que va a faltarle.

Hay que hacer la Teletón
para otros niños también:
Para aquellos que no ven
o les falla el corazón.
Pa’l que precisa un pulmón
artificial en su casa;
para el niño que lo pasa
de confinado en un catre
porque no cubre su ISAPRE
lo que se paga de tasa.

Para el niño abandonado
que no conoce de escuela;
pa’l que sufre otras secuelas
y está en la calle botado.
Pa’l que no tiene abogado
que defienda sus derechos;
pa’l que carece de un techo
y duerme bajo los puentes,
mientras la gente “decente”
ve Teletón desde el lecho.

Pa’l que a los siete trabaja
desperdiciando su infancia.
Pa’l que no tiene importancia
porque su cuna fue baja.
La Teletón es la caja
que se llena, indiferente
al destino de otra gente
que agoniza a nuestro lado
y que le alivia al Estado
su obligación más urgente.

¡Que viva la Teletón!
porque hace publicidad:
“¡su compra va a financiar
nuestra gran contribución!”
Y corre la población
a comprar ese producto
que va a ser el usufructo
de los niños desvalidos,
sin saber que lo invertido
quedará en otro reducto.

Hablar mal de Teletón
es un riesgo en estas horas:
lagrimea la señora
y lagrimea el señor.
Se enternece a la Nación
llamando a la caridad,
y puesta la cantidad,
queda libre la conciencia
pa’ enfrentar con opulencia
la próxima Navidad.

Llena el alma de alegría,
(después de pasar por caja,
y cambiar el amor por plata),
vamos a la pizzería.
Cuando la masa está fría
(es decir: está incomible)
una voz inconfundible
grita frases lacrimosas:
“¡Esta Patria es tan hermosa,
PASAN COSAS INCREÍBLES!”.

¡Que viva la Teletón!
que nos alivia la carga
de una realidad amarga:
el tema de la inclusión.
No contrata usted, patrón,
al que tiene sus carencias,
y sosiega su conciencia
al obsequiar su limosna,
y al Estado lo soborna
comprando sus indulgencias.

¿Y el Estado dónde está?
¿Por qué no hay leyes, de modo
que nos protejan a todos
sin pedir “por caridad”?
¡Es mala esta “sociedad”
que a sus socios no proteje!
No va a brotar el esqueje
del niño sin marraqueta.
Dirán: ¡”se alcanzó la meta”,
aunque la Verdad se queje!

 

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