El dicho reza que se pilla más fácil a un mentiroso que a un ladrón. Y así ocurrió este año en nuestro país. Desde el Presidente Sebastián Piñera, pasando por parlamentarios y comunicadores, hasta funcionarios de Carabineros, quedaron al descubierto tras realizar graves afirmaciones falsas que -en teoría- debieran al menor poner en cuestión la credibilidad de dichas instituciones o personas.

 

Y hay de todo, partiendo por aquellas que dado su falta de verosimilitud o su evidente construcción en base a la ignorancia, han caído por su propio peso. Ahí está la diputada Camila Flores (RN) afirmando que la Brigada Ramona Parra -dedicada a la creación de murales- era un «grupo extremista»; el comunicador de Radio Agricultura Gonzalo de la Carrera acusando a la parlamentaria Camila Vallejo (PC) y a la escritora feminista Simone de Beauvoir de defender la pedofilia; el colega evangélico de Flores, Leonidas Romero (RN), asociando el aumento del VIH/Sida en Chile a la llegada de inmigrantes; o el ex senador del mismo partido Renovación Nacional, Carlos Larraín, asegurando en el programa de debate político de TVN Estado Nacional que el comunero Camilo Catrillanca murió en medio de un enfrentamiento y a plena luz del día.

 

Que todos ellos pertenezcan o adhieran a la derecha está lejos de ser una coincidencia; el objetivo es el mismo: darle cuerpo, ponerle cara, personificar los miedos y prejuicios de un sector que sigue necesitando de un «enemigo interno» para llegar al poder y gobernar. Hay ahí un innegable fin electoral al que la verdad está supeditada. No por nada Sebastián Piñera llegó a La Moneda gracias a la ficción de «chilezuela».

 

Foto: Prensa Presidencia

¿Qué opinión de los mapuches va a tener un electorado moldeable, permeable políticamente hablando, si es el propio Presidente de la República quien aparece afirmando en medios nacionales y extranjeros que en la Araucanía «se queman iglesias muchas veces con mujeres y niños dentro»? Un hecho que lisa y llanamente no ocurrió, pero que -consciente de ello- Piñera además acrecienta instalando la idea de que no se trata solo de una vez -el del ‘caso Iglesias’ al que hace referencia el mandatario- sino que de muchas y en varios templos.

 

«Si miente el Presidente, ¿qué esperamos de Carabineros?», escribió alguien en un post justamente a propósito de esta preocupante fake news salida desde el corazón de La Moneda. De ahí que en vez de convertirse en un escándalo o traducirse en un llamado a la seriedad de parte de algún parlamentario, solo haya quedado en una simple anécdota la afirmación que realizara el entonces general director de Carabineros Hermes Soto a la Comisión de Seguridad Ciudadana de la Cámara de Diputados en cuanto a que el uniformado que grabó el operativo en donde se asesinó a Catrillanca había roto la memoria de la cámara porque esta contenía imágenes íntimas.

 

Junto a la exigencia de la responsabilidad inherente e ineludible que conlleva un cargo público, es también tarea de la ciudadanía demandar lo mismo de los medios de comunicación, así como asumir la propia a la hora de contribuir a propagar una afirmación falsa.

 

Además de afectar la honra y el derecho al acceso de justicia de las personas mancilladas por las mentiras realizadas por funcionarios públicos, la gravedad de lo obrado tiene que ver igualmente con los nocivos efectos electorales que esto inevitablemente acarrea. El desequilibrante rol que cumplieron las fake news en la elección de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos, debiera ser para nuestro país un antecedente con forma de tatuaje mental, considerando que los blancos de estas afirmaciones en nuestro país son justamente aquellos a los que los adherentes de nuestras propias versiones de Trump «temen».

 

 

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