«Me violaron con penetración anal y vaginal. Eyaculaban en mi boca. Me introducían palos, fierros y botellas por la vagina y el ano. Me obligaban a tener sexo oral con ellos (…) Comenzaron a cortarme la piel con una gillette y encima de los cortes me echaban alcohol y luego me colocaban electrodos con descargas eléctricas». Lo anterior corresponde solo a parte del relato que Luz de las Nieves Ayress, ex integrante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), narró a los tribunales de justicia chilenos respecto a lo que padeció como prisionera política en el centro de torturas y exterminio de Tejas Verdes en la ciudad de San Antonio durante la dictadura cívico militar.

 

Y ese es solo uno de los crudos testimonios que el periodista e investigador Javier Rebolledo reprodujo en su libro El despertar de los cuervos. Tejas Verdes, el origen del exterminio en Chile (Ceibo ediciones, 2013)y en donde se da cuenta de las aberraciones llevadas a cabo sistemáticamente por el régimen encabezado por Augusto Pinochet en la ciudad puerto.

 

Argandoña, Maldonado y Cordero en afiche de ‘Las Indomables’

Finalmente son esas historias de dolor y muerte, ese vergonzoso historial, lo que hoy tiene a los noticiarios y programas de televisión hablando de San Antonio, de Llolleo, de las funas a «Las Indomables». Y es que si bien la dictadura violó los Derechos Humanos a lo largo de Chile, el recuerdo de ese período tiene una connotación especial para este puerto.

 

A aproximadamente 10 minutos de Establecimientos Providencia -donde durante febrero se han presentado Patricia Maldonado y Raquel Argandoña, férreas defensoras de ese oscuro período-, se encuentra justamente Tejas Verdes. Un recinto militar que lleva encima el desgraciado timbre de haber sido la cuna de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), uno de los aparatos represores estatales más sádicos de los que tenga memoria nuestro país. Por allí pasaron el general Manuel Contreras y el coronel Cristián Labbé, ambos acusados de ser responsables de la aplicación de torturas en contra de presos políticos.

 

El horror en las Cabañas de Santo Domingo

 

Ana Becerra era militante del MIR. El 16 de septiembre decidió entregarse a la policía luego de ser requerida por un bando militar y fue llevada a las Cabañas de Rocas de Santo Domingo, donde junto a otras mujeres fue sometida a vejaciones aberrantes donde la violación era lo ‘mínimo’ que alguna de ellas enfrentaría. No ha podido estar presente en las funas a las defensoras de Pinochet, pero es probablemente una de las voces más autorizadas a la hora de hablar del horror que se vivió en esa ciudad durante la dictadura. Tenía 17 años y dos meses de embarazo para entonces.

 

«Es demasiado duro recordar, incluso pasado el tiempo. Pensamientos e imágenes escondidas o guardadas como una parte íntima; el lugar donde es mejor no llegar. Cerradas con una llave que a veces se abre sin previo aviso. Entonces la sensación de encierro vuelve y también las amarras en las muñecas y los tobillos, como si estuviera en ese momento otra vez ahí. Son los recuerdos del cuerpo», se lee en el testimonio que Ana entregó para El despertar de los cuervos.

 

Ana Becerra. Foto: Daniel Labbé

«Estas señoras toda la vida han sido pinochetistas, hablan de su admiración hacia el general (Pinochet); o sea, no tienen respeto hacia los Derechos Humanos, o hacia las víctimas que existieron. Y vienen a Llolleo, un lugar donde la represión fue brutal hacia el pueblo de San Antonio, teniendo a Manuel Contreras como comandante en jefe del Ejército, donde se crea la DINA en las Rocas de Santo Domingo, donde la gente aún tiene miedo porque no olvida la represión», sostiene en conversación con Politika Becerra.

 

Como la violencia que vivió Olga Letelier. «Fierros helados adentro de la vagina (…) Se empezaron a separar. Su vagina se abría con un par de tenazas y el dolor de nuevo. Luego, algo entrando, pellizcando el interior. Una especie de tijera o pinza, tirando hacia afuera, sacándolo de la vagina, eso que todavía estaba pegado a su piel. No sabía qué era, si el útero, la matriz o qué», narra el periodista Javier Rebolledo en su libro. «Hasta entonces nunca había sentido nada igual a ese dolor. Como si te estuvieran rajando, mordiendo, tragando desde el interior. Una y otra vez», recordó para la publicación Olga. Tenía tan solo 16 años para entonces y aún no había comenzado su vida sexual.

 

Cosme Caracciolo también fue un preso político en ese mismo recinto militar. En 2016 relató en una entrevista para El Ciudadano parte del infierno que vivió a manos de un sujeto que más tarde sería electo por la ciudadanía como autoridad. “Lo que hizo conmigo al golpearme fue dar una clase de cómo se debía tratar a personas que pensaban en forma distinta. Fue una clase de tortura que les hizo a los militares que estaban en ese momento a su lado y al lado mío”, sostuvo. Se refería a Cristián Labbé Galilea, ex coronel del Ejército al que reconoce como uno de sus torturadores en Santo Domingo. «Los guardias, los celadores que nosotros teníamos, lo miraban como un superior y como un ejemplo (…) Decían que Labbé sí sabía hacer las cosas. (…) Si hablaban eso era porque Labbé era un buen torturador y un buen ‘profesor’”, recordó el dirigente de la pesca artesanal sobre el paso del otrora alcalde de Providencia por San Antonio.

 

«San Antonio aún está herido»

 

Ana Becerra recuerda hoy que la mano dura de los militares afectó a gran parte de la población de la comuna. «A los estudiantes se les sacó de sus colegios para que todo el mundo viera; a los profesores se les hizo exactamente lo mismo; médicos y enfermeras fueron sacadas del hospital; a los curas se los llevaron; a las mujeres de las pesqueras las sacaban de las empresas y llegaban a Tejas Verdes con sus trajes de trabajo; se asesinó a los dirigentes del puerto, de las fábricas, del agua potable», recuerda. Junto con ello advierte que esto significó también el cierre de industrias, de la universidad técnica que nacía para los habitantes, de los cines. «Después de la dictadura, San Antonio -una ciudad que estaba naciendo al progreso- quedó convertida en absolutamente nada», añade.

 

De ahí que para ella la acción en contra de las defensoras de la dictadura tenga un incalculable valor respecto del rescate de la memoria. «Toda esta represión está en la memoria de los más viejos, de quienes la vivimos, y los jóvenes se han ido interiorizando cada vez más sobre qué es lo que pasó y por eso tienen dispuesta toda su energía en estos momentos para no aceptar que estas mujeres vengan a San Antonio. No es lugar para que personas tan pinochetistas se vengan a meter. San Antonio aún está herido, tiene presente la dictadura hasta el día de hoy», apunta Becerra.

 

Patricia Maldonado junto a Pinochet

 

En ese sentido, la ex presa política plantea que «la funa es un reflejo de la profundización del conocimiento de los jóvenes respecto de los hechos». «Si tú ves, la gente que participa, la mayoría son jóvenes. Todo esto es producto de un trabajo de años que se ha hecho con la juventud, contándoles lo que se pasó, lo que se une a su cansancio por todo lo que está pasando», enfatiza Ana.

 

«Es difícil encontrar un sanantonino que no conozca a alguien que haya sido detenido o torturado»

 

Tania Meza Jaque es una de las manifestantes que ha participado de las funas a «Las Indomables». Su padre estuvo en la ex Cárcel de Valparaíso dos años en calidad de preso político. Su madre también tuvo un breve paso por la prisión política, con ella en su vientre. «San Antonio tiene una particularidad y es que acá fue extremadamente fuerte y potente la dictadura. Acá se formó la DINA y todos los horrores que pasaron después en el resto del país se pensaron, se orquestaron y se probaron acá», destaca Tania para explicar el simbólico escenario en donde se dan las protestas contra Maldonado, Argandoña y Cordero.

 

«Es súper difícil encontrar un sanantonino que no tenga un familiar o que no conozca a alguien que no haya sido detenido, torturado o que esté desaparecido. Entonces cuando pasan cosas así, nos duele el corazón a todos», añade en ese mismo sentido la manifestante.

 

En su función del 9 de febrero, «Las Indomables» debieron ser sacadas por FFEE desde Establecimientos Providencia

Tania repara en que las integrantes de «Las Indomables», sobre todo Patricia Maldonado, «han hecho un llamado al odio, nunca se han ido de la tele, han ocupado esa tribuna para burlarse de los familiares de las víctimas, de las personas que estamos en contra de los crímenes de los Derechos Humanos que se cometieron en dictadura; o sea, ni siquiera hablan de dictadura».

 

De ahí que Tania considere que «no se puede seguir dando espacios a personas así», rechazando de paso las críticas que las defensoras de Maldonado y compañía han emitido en contra de quienes las repudian. «Lo que ellas hacen no es libertad de expresión y simplemente no debiera tener más cabida en el país porque genera odio, dolor, burlas», postula.

 

Junto con ello, Meza desestima el argumento de que la edad sería una condición para poder referirse a los hechos del pasado y niega que todo se haya orquestado a partir de órdenes de algún partido político, destacando el valor orgánico de la manifestación autoconvocada.  «Esto tiene que ver con convicciones de vida y uno no puede esperar a que las instituciones hagan algo, porque Chile ya ha demostrado que en ellas no se puede confiar», concluye.

 

 

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