Para quienes escriben de urbanismo parece que la obligación es escribir sobre “joyas de la arquitectura”. Pero esa obligación me da la sensación de irrelevancia (a pesar del indudable mérito del ejercicio), porque la mayor parte de la población no vive en joyas, o al menos no en las que el común de los mortales define así. Es decir, los escritores del área pudiesen pecar de frivolidad en muchísimos casos.

 

 

Por ejemplo, el urbanista promedio no escribe de campamentos ni de tomas, y eso que en Chile la pobreza dura es una permanente realidad. Todo aquel que se halla sin casa, en cualquier parte del mundo, ha pensado tomarse un terreno y a veces lo lleva a cabo. Así ocurre, por ejemplo, en los que asientan bajo las pasarelas de las autopistas.

 

 

Para el chileno más modesto, tomarse un terreno es una costumbre casi ancestral, y como resultado se observan campamentos desde Arica a Magallanes.

 

 

 

LAS PRIMERAS TOMAS

 

 

 

En los primeros años de la dominación española, la cuenca del Mapocho tuvo un poblamiento dado por una dualidad entre la institucionalidad española y el remanente indígena que decidió quedarse y entre estos últimos había soldados del inca y sus familias. Se construía en base a los materiales del sector y a las herramientas que cada uno disponía. El uso del hierro por parte de los europeos fue un elemento decisivo. Debemos considerar que el elemento indígena se constituía básicamente de aquellos que no huyeron al sur, después de la derrota indígena en la Guerra de los Lonkos. Esta derrota se consumó en 1550 por los estragos que causaron las enfermedades winkas.

 

En términos constructivos, la ciudad española dejó rápidamente el aspecto transitorio, para pasar a edificaciones de mayor durabilidad. Durante los primeros años, la casa santiaguina era del tipo mediterráneo, cuyo origen era la casa hispano-romana, la que, a su vez, se remonta a Grecia. De ahí que las casas fuesen de tres patios, en un recuerdo del atrio, el peristilo y el xistus (o jardín). Esta distribución general, con muy pocas variantes, permaneció durante tres siglos como el modelo de la casa chilena. Sin embargo, no se sabe si la arquitectura tradicional indígena se mantuvo en Santiago, ni hasta cuándo. Urge la historia de esa evolución o degradación.

 

Se ha dicho que el elemento indígena se mantuvo principalmente al norte del Mapocho, pero también se registra en Vitacura, en Ñuñoa y Macul, aunque la mayor parte se instaló al sur de la actual Alameda. Muchos cronistas e historiadores llaman a ese sector «la ciudad bárbara». Los primeros asentamientos irregulares fueron conocidos en Chile como «rancheríos». De esto se da cuenta en épocas ya tan antiguas como 1598. En esa época los arrabales estaban habitados por indígenas, zambos y algunos españoles, con un ordenamiento de calles «intrincadas y sin dirección». Con eso se da un criterio para determinar donde estaban ubicadas las viviendas transitorias en el Santiago colonial. El primer plano que se atrevió a representar calles «intrincadas e irregulares» es el de Manuel de Amat, de aproximadamente 1760, puesto que los anteriores (como el de Ovalle) tenían objetivos casi propagandísticos y mostraban una perfección en la construcción de la ciudad que no se daba en la práctica. El siguiente plano, de 1793, da una idea global de dónde se hallaban ubicadas los sectores “bárbaros”:

 

 

En él se representan los barrios de la Chimba y la Ollería como los lugares a los que había sido desterrada la población marginal santiaguina. La Chimba era lo que había quedado de la vieja ciudad inca («el tambo grande») y las Ollerías era un sector de artesanos que fabricaban ollas de greda, actualmente al oriente de calle Portugal, recibiendo agua desde La Alameda, que en esos años era aun un riachuelo. Allí convivían indígenas, mestizos y mulatos. También era importante el Zanjón de la Aguada. Luego, la apertura del canal San Miguel, generó nuevos asentamientos espontáneos, moviendo la pobreza más al sur.

 

 

ENCONTRAR DONDE VIVIR

 

Según los historiadores, parece que la forma más antigua de ocupación no era gratis y se basaba en el llamado «arriendo a piso», proceso que consistía en la división de una propiedad rural, por parte de su propietario, y este terreno era arrendado a una familia, quienes debían construir artesanalmente su propia vivienda. Aun existían las viejas técnicas de construcción indígenas ahora traspasadas al mestizo. Antes de la independencia, a los «rancheríos» se les llamó guangualíes. Y guangualí era el genérico que desde muy antiguo se le daba a las aldeas constituidas por los «indios». Como señala Armando de Ramón, la etimología de la palabra es heterogénea y posee elementos mapuche, quechua y aymara, aludiendo a conceptos como ladrón, ruidoso, estiércol y necesitado. Los mismos estereotipos que suelen asociarse actualmente a los pobladores. En más de 500 años nada ha cambiado.

 

Dentro de los planes de los primeros años de la república resalta la «erradicación» de los «guangualíes» la que consistía en llevarse a los pobres lo más lejos posible, y así dar otro uso a los terrenos que ellos habían ocupado. Así fue como se construyó (y/o fundó) la villa San Bernardo y, posteriormente, Buin. Pocos años después, estos asentamientos se constituyeron en pequeñas «ciudades satélites». Se mantenía un espíritu de «fundación de ciudades». Un caso que tuvo relativo éxito fue el de Ñuñoa, porque allí ya existía algún nivel de industria artesanal en los alrededores. Todos los demás, pasaron a convertirse en poblaciones de sobrevivientes. Dentro de los más famosos están los construidos en los alrededores del río Mapocho, como El Arenal y cerca de la Estación Central, como Chuchunco.

 

Pero a principios del siglo XX, el sistema de arriendo «a piso» empezó a decaer: había menos espacios disponibles y los dueños de los predios agrícolas prefirieron construir poblaciones para la clase media, obteniendo mejores ganancias. Los pobres no tuvieron más alternativa que arrendar piezas o instalarse en las riberas del Zanjón, del Mapocho o cualquier otro canal de regadío.

 

TOMARSE UN TERRENO

 

Según Armando de Ramón, existía un férreo control de parte de la autoridad central para evitar la ocupación de terrenos de manera ilegal. Solamente fue tolerada en terrenos cuya propiedad no era clara o que correspondía a bienes nacionales de uso público (BNUP), como las riberas de los ríos o los canales de desagüe. La precariedad y el hacinamiento era un hecho conocido por todos. Una editorial de Zig Zag de 1914 señalaba «en los arrabales de la ciudad hay lodo y lágrimas. Se deslizan las gentes como espectros. Salen de la oscuridad y entran en la oscuridad, sin ruido, lentamente«.

 

Pero esas primeras tomas eran, en general, improvisadas y sin mayor organización: una familia se instalaba en algún sitio y si no tenían problemas, llamaban a otro familiar o a otra familia y al cabo de un tiempo eran 20 viviendas precarias. Por eso surge la denominación de poblaciones «callampas», lo que era un chiste de humor negro: surgían rápidamente y casi siempre después de una lluvia. Algunos estudiosos del tema se resisten a llamar «toma» a las «callampas», pero en rigor todos esos fenómenos son continuidad de lo mismo: si no tengo donde vivir, me voy donde esté desocupado, sin importar si tiene dueño o no. Porque siempre estaba la esperanza de que si el terreno tenía dueño, se podía negociar. Uno de los lugares emblemáticos de este fenómeno es el Zanjón  de la aguada. Y fue un lugar de vivienda transitoria (y precaria) desde la colonia. Pedro Lemebel fue uno de sus habitantes. Según cuenta en una entrevista a raíz de la publicación de su libro que se llama justamente Zanjón de la Aguada, señala «tal vez alguien nos dijo que existía el Zanjón y para no quedarnos a la intemperie llegamos a esas playas inmundas (…) por unos pesos nos vendieron una muralla, ni siquiera un metro de terreno, solo era un muro de adobes». Es sorprendente lo que cuenta: en el mundo de los «sin casa» hasta un trozo de muro tiene un valor.

 

Hay muchos autores que señalan que la primera «toma organizada» fue La Victoria, el año 1957. Pero es un error, porque la primera documentada fue 10 años más antigua: la «toma Zañartu». Organizada en gran medida por pobladores pertenecientes al PC, se origina cuando 80 familias que habitaban conventillos en la esquina de Santa Elena con Maule son, simplemente, expulsados a la calle, iniciándose la demolición del lugar. Todas estas familias eran arrendatarias e increíblemente, casi todos eran funcionarios de la Municipalidad de Santiago. Esos datos revelan un nivel de indolencia muy superior a nuestros días, en que las redes sociales o la TV habrían visibilizado de inmediato una injusticia como esa.

 

Se trasladaron a terrenos en las cercanías del Estadio Nacional. La historia de esa toma recuerda la fundación de una ciudad: reglas de convivencia, asignación precisa de terrenos, ordenamiento de calles, espacio para plaza central, etc. Sin embargo, el intendente (que era comunista) fue removido de su cargo por apoyar la toma y la gente fue enviada a terrenos que poseía el Estado en avenida Las Industrias: era al norte de la población La Legua, naciendo así la Legua Nueva, para diferenciarla de La Legua original o «vieja» que se había construido 15 años antes, principalmente con inmigrantes del salitre. Se les proporcionó una urbanización mínima. Santa Rosa era un camino rural y no existía conexión con el resto de la ciudad. Los habitantes debían caminar una hora para llegar hasta el barrio Matadero, donde pasaban tranvías y carretelas. Después de unos años, en base a la gran unión que tenían los vecinos, se logró conseguir que algunas carretas llegaran a la población.

 

Desde ahí se inicia otra etapa, que da para varios libros. Pero esa etapa está ya terminando: ya no hay espacios disponibles en la ciudad y salvo los sitios eriazos (11% de la superficie de Santiago) la alternativa ha sido crecer hacia arriba. Poblaciones en altura, en una imagen adelantada por las distopias ochenteras, aunque también puede decirse que hemos entrado a la etapa de las cuevas artificiales. Pero una cosa es clara: todo aquel que se instala en un nuevo lugar (terreno, intersticio o cueva) posee la estirpe del fundador. Y cuando son varias familias, es claro que la fundación alcanza una expresión real.

 

De todas maneras, el PC, después de 70 años, parece que ya no tiene las cosas tan claras: en octubre del 2017 se supo de una demanda que interpuso contra ocho familias asentadas en un terreno que el partido posee en Lo Barnechea, además de otra demanda semejante contra pobladores en un terreno en El Tabo, demandas que incluían el desalojo y el pago de las costas del juicio. El PC emitió una declaración pública intentando aclarar la situación, pero en la práctica las familias declararon a The Clinic que los acercamientos han sido escasos.

 

Por Ricardo Chamorro

 

 

 

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