Chile sigue siendo un país demasiado hostil para quienes -por las razones que sea- no practican ese deporte cotidiano llamado fascismo, pero el vaso medio lleno dice que los Usain Bolt, los Pelé del arte ese de andar jodiéndole la vida al otro, ya no caminan tan despreocupados como antes. Como que se les achicó su margen de acción y entraron a desesperarse.     

 

Los fachos, los viejos y viejas fachas de Chile son probablemente los mismos de allá y de este otro lado del mundo. Los que han levantado murallas cerebrales que no les permiten entender la legitimidad de la otredad, de lo “distinto”, y por eso no lo respetan, no lo consideran algo con derecho a chocarte el hombro sin querer en el Metro, a existir. 

 

Y como continúan en esa lógica cavernaria, no digamos que están cayendo a la cárcel o siendo puestos frente a un pelotón de fusilamiento, pero están teniendo problemas. En la calle, con sus hermanas, con sus esposas, en sus trabajos, con sus hijos, en las iglesias, en las juntas de amigos, con sus madres.

 

Foto: Daniel Labbé

 

No están pudiendo ejercer libremente, con la tranquilidad de antes, su derecho a echar de sus playas privadas al roterío, a gritarle ‘maricón culiao’ al vecino del barrio, ‘maraca culiá’ a la chica que no los pescó en el bar, a pegarle una patada en el hocico al perro que se les metió en el jardín, a expulsar por inmoral del restorán a la mina esa que mostró una teta para dar pecho, a aforrarle un charchazo a su hijo porque el ‘cabro culiao’ se sacó un rojo en Matemáticas.    

 

Como que se les anduvo acabando la fiesta. Y por eso se la pasan rabiando. Como cuando el Presidente de la República se quejó públicamente de que hoy, frente a problemas como los tics que él padece, a los niños los mandan al psicólogo, les dan todo tipo de medicamentos, están sobrediagnosticados”, cuando en sus tiempos “una patada en el traste era santo remedio y además gratis”.   

 

Es como cuando en el colegio al eterno matón del curso se le acababa el festín de violencia que se daba diariamente porque desde otro colegio llegaba uno más grande y poderoso que él. Ese al que solo había escuchado por nombre, invocado por alguna víctima que le decía que por qué no se metía “con uno de su porte”. 

 

Foto: Daniel Labbé

Como que los viejos fachos están siendo hostigados. Les prohibieron el acoso callejero y ahora, más encima, los hueones enfermos esos de los animalistas quieren arrebatarles las pocas distracciones que les van quedando para satisfacer su inclinación orgásmica al abuso: el rodeo, las carreras de perros galgos.  

 

Sospecho que se están organizando, pensando en alertar a las autoridades sobre el peligro de extinción de su especie. Esperando a un Bolsonaro, a un Duterte, a un Trump, a un Kast. Necesitan una solución rápida, sin esa tontera amariconá del diálogo, de la reflexión. Perro, gato, casa. Que la explicación de su rechazo estomacal al cola, a la hueona feminista, sea tan rápida y sencilla como el combo, la patada, el disparo que busca silenciarlos.

 

Están juntando odio.

 

 

Deja una respuesta