El derrame de petróleo en uno de los lugares del planeta que aún goza de las aguas más limpias, como lo es la Patagonia, ha sido un accidente informado por todo el mundo aun cuando en Chile no ha tenido la relevancia necesaria. El derrame es sin duda de gravedad por el lugar en que ocurrió y por la identidad del responsable. Se trata de la minera CAP, que realizaba en la zona trabajos de exploración de piedra caliza, actividad que amplifica responsabilidades y perjuicios. La minería, si de por sí es una de las actividades más invasivas y contaminantes, aumenta sus efectos en zonas que hasta hace poco se consideraban protegidas por su lejanía a las áreas urbanas e industriales.

 

 

El gobierno, a través de sus autoridades regionales y sectoriales, ha dicho que la situación está bajo control, que se está trabajando en ello y se están aplicando los protocolos del caso. Una declaración propia de los departamentos de comunicaciones del gobierno local y nacional que abiertamente, como en tantas otras oportunidades, protege a las empresas.

 

El incidente austral no es el único episodio que nos expresa la crisis ambiental que sufre Chile. Esta semana la zona de sacrificio Quintero Puchuncavi nuevamente ha alcanzado niveles de alarma por los altos niveles de dióxido de azufre en la atmósfera, que obligaron a tomar medidas como suspensión de clases y actividades físicas. Un nuevo episodio que se suma a más de 26 durante este mes y que nuevamente expresa la falta de una política clara que ponga a la salud sobre el lucro industrial. Las medidas, después de la grave y prolongada crisis del 2018 en esta misma zona, no son más que la paralización temporal de las actividades industriales, laborales y sociales.

 

Estos dos episodios en un periodo de pocos días son solo un ejemplo de la enorme tensión que sufre el país por políticas que han favorecido el crecimiento económico por sobre la protección ambiental y la misma salud de la población.  Territorios como zonas sobresaturadas, que sufren de forma evidente la contaminación y degradación ambiental, pero también el país en su conjunto está viviendo de forma creciente las consecuencias de políticas que no pusieron un freno en su momento al lucro y la codicia de inversionistas y apostadores bursátiles. Chile, y esta es otra información conocida en estos días,  tiene la mayor cantidad de desechos mineros tóxicos del mundo.

 

 

Santiago será sede en diciembre de la próxima reunión de la ONU sobre cambio climático. La COP 25, que marcará una etapa más del difícil proceso en lograr acuerdos para rebajar el alza de las temperaturas planetarias como consecuencia de la liberación a la atmósfera de dióxido de carbono (CO2), tal vez no será una de las reuniones más cruciales pero sí es relevante en cuanto mantenga la continuidad de los acuerdos. Bien sabemos que el tiempo apremia para la reducción de las emisiones en un 50 por ciento de aquí al 2030. Y también sabemos que esta es nuestra última oportunidad para que la temperatura no suba más de 1,5 grados durante este siglo. De lo contrario, con un aumento de tres grados más, nos espera el colapso climático.

 

En este escenario de extrema gravedad, sin duda es el cambio climático derivado del aumento de CO2 en la atmósfera es el efecto más nefasto y extenso por sus derivaciones en los deshielos, en los hábitat de millares de especies, en su expresión planetaria. Pero también están los efectos de la explotación desenfrenada e innecesaria de recursos naturales, partiendo, por cierto, por el carbón y el petróleo, los diversos minerales hasta llegar al agua. En este proceso sin freno que nos ha llevado a la actual degradación territorial y oceánica, hay un causante bien determinado e identificado: el capitalismo desregulado.

 

La obsesión y necesidad en el crecimiento económico que tiene este modelo es sin duda la causa del desastre. Una obsesión, que es también delirio irracional. Porque el capitalismo a ultranza, tal como lo entienden hoy en día los Trump y Bolsonaro de este mundo, no acepta ni críticas ni razones. El negacionismo climático, levantado por industriales petroleros, sus referentes políticos y aparatos comunicaciones, como lo ha denunciado Naomi Klein en su libro del 2016 Esto lo cambia todo, es posiblemente la corriente más peligrosa para nuestro futuro. Un Trump que prefiere retirarse de la Cumbre del Cambio climático para seguir contaminando, como si el territorio de Estados Unidos no formara parte de este planeta, es la representación de la crisis política y moral que hoy tiene en riesgo al mundo. No solo es sus propios territorios, sino en todos los rincones del mundo.

 

Sebastián Piñera no es un negacionista climático. Y no está enfrentado de forma directa, como esos otros gobernantes, con el movimiento ambiental chileno. Pero es sin duda un neoliberal, que tiene claras cuáles son sus prioridades, las que comienzan y terminan en el crecimiento económico. Entre estas, una legislación ambiental que frene lo menos posible las inversiones.

 

Esta es la escena de última hora. Por un lado, no hay duda que la COP25 estará rodeada de una retórica ambiental con elementos reciclados y programas que incluso sean un buen negocios para las empresas, como ya los hemos conocido. Un gran evento que, en los hechos, no cambiará todavía en nada la extrema gravedad del momento climático y nuestro deterioro territorial y oceánico. Pero sí será una gran oportunidad para que la inminencia de un colapso ambiental y climático se levante como la principal preocupación ciudadana, que debiera recoger una clase política que hasta ahora se ha dedicado a solo observar.

 

PAUL WALDER

 

Artículo publicado en POLITIKA