¡Cómo se atreven! les espetó Greta Thunberg en la sede de la ONU en Nueva York a todos los gobernantes, altos funcionarios y poderosos del mundo el 23 de septiembre. Un día triste, sin acuerdos importantes para el proceso de descarbonización, con solo declaraciones de intenciones y bajo el peso de dos nuevos informes elaborados por relevantes climatólogos: la temperatura promedio del planeta alcanzó nuevas marcas durante los últimos cinco años, periodo que coincide con un alza en las emisiones de dióxido de carbono.

 

El breve discurso de Greta en la asamblea de la ONU fue preciso, concitó la atención de los medios, pero la indiferencia de los políticos. El riesgo ambiental sigue desde este lunes tal como estaba porque las acciones que pidió el secretario general de la ONU, el portugués António Guterres, no generaron compromisos sino palabras que a partir de hoy saldrán de los medios. En el caso chileno, aun cuando Sebastián Piñera habló de reforestación no fue al fondo del asunto, que en su caso y como anfitrión en diciembre de la COP25 en Santiago, es la descarbonización. Piñera, como la mayoría de los gobernantes, políticos, funcionarios y las elites, privilegia el crecimiento económico por sobre el recorte de las emisiones de carbono, algo que significa más emisiones en economías atadas a la quema de combustibles fósiles. El mismo Piñera que habló en Nueva York de reforestación tolera en su país zonas de sacrificio como Quintero Puchuncaví asfixiadas por dióxido de azufre, que es otro gas liberado por la quema de fósiles, mantiene el agua como un recursos entregado al mercado y al lucro, sigue negando la firma del acuerdo ambiental  de Escazú en tanto se la juega por el TPP, un tratado que busca más crecimiento económico basado en las mismas bases que nos tienen al borde del colapso.

 

El caso de Piñera es solo un ejemplo, aun cuando para nosotros y nuestro pequeño país es relevante. Porque claro, las reales amenazas son un Trump que niega el calentamiento global como consecuencia de la quema de combustibles fósiles, un Bolsonaro cuya finalidad es quemar los bosques tropicales de la Amazonia para plantar soja y todas las grandes corporaciones que de una u otra manera basan sus economías y utilidades en el carbón. El peligro es un mundo que requiere de un crecimiento económico permanente alimentado por la energías fósiles.

 

Nuestro horizonte es el 2050. Solo 30 años más o cuando la generación de Greta Thunberg y de mi hija también cumplan o estén muy cerca de los 50. Una fecha que espero ellas puedan no solo vivir sino disfrutar pese a sus actuales temores. Porque la fecha no es la de una película más de catástrofe, sino el momento del definitivo inicio del colapso, si es que no se adelanta. Un proceso de degradación climática gradual, que se irá extendiendo por otras áreas, desde la gobernabilidad, el comercio, la extinción masiva de especies y la escasez de recursos naturales. Todo eso ya está más que estudiado y registrado aun cuando no sea titular de medios ni tema de políticos.

 

Existe un movimiento impulsado por los intereses petroleros que se apoya en los temores y la ignorancia de la población. Tal como Cambridge Analytica logró a través de campañas millonarias en las redes sociales dar vuelta elecciones, plebiscitos y poner temas en la agenda pública, firmas de comunicaciones corporativas trabajan para desvincular el cambio climático con la quema de combustibles fósiles. Las campañas están muy documentadas por Naomi Klein en Esto lo cambia todo, las que son impulsadas por el cinismo de políticos, la codicia de los accionistas de estas corporaciones y periodistas inescrupulosos que se venden al mejor postor. Para estos fines cualquier argumento es posible y funciona según el segmento. Que los ambientalistas son una banda de izquierdistas trasnochados, que están financiados por el Estado Islámico o que el cambio climático es un fenómeno asociado a ciclos solares con presencia de extraterrestres incluidos. Y para la izquierda, indignados con todo y mareados varios, que Greta está financiada por el capitalismo verde que busca controlar el mundo con las nuevas tecnologías. Todas estas campañas destacan, si nos tomamos la molestia de ver un poco las redes sociales, por su gran efectividad. Diariamente son estos temas generados por bots y trolls los que instalan los hashtags más seguidos.Y ahora el objetivo es Greta. Sin poder atacar su discurso, esta vez se lanzan contra ella, por su depresión, su asperger, su condición de niña y hasta de mujer.

 

No hace falta darle más importancia a esta forma de manipulación de la población. Las mismas personas capaces de repetir un argumento hoy pueden cambiar según sus propias condiciones en otro momento. Más importancia tiene el futuro que se abre tras los pocos avances en la Cumbre de esta semana.

 

Naomi Klein acaba de publicar este 17 de septiembre un nuevo libro titulado On Fire: The Burning Case for a Green new Deal. Aún no ha sido traducido a otros idiomas, pero adelantó parte del contenido en una reciente entrevista aparecida en The Guardian. Hay aquí ensayos anteriores, pero parece ser un texto que apunta hacia adelante. El conflicto con los intereses del uno por ciento más rico será bestial (pone un ejemplo hasta divertido: ante la propuesta del New Deal verde la Fox News le advierte a su público que hasta sus  hamburguesas estarán en peligro), el miedo de la izquierda a asumir en toda su dimensión el peso de la amenaza y, lo que es más aterrador, el auge del supremacismo blanco hacia lo que ve un ataque a sus intereses y cultura bien expresado en las matanzas de Christchurch en Nueva Zelanda y de El Paso. Pero sin duda es rescatable una cierta esperanza necesaria para seguir adelante en la lucha, su admiración por Greta como individuo que hace de su vida una emergencia,  pero más que nada por su generación. Un trance en los límites que requiere de la resistencia y la movilización. No en las redes sociales contaminadas, sino en las calles donde nos veamos las caras, un lugar para acumular fuerzas y esperanzas.

 

PAUL WALDER