No ha habido jamás alzamiento de un pueblo en contra de sus opresores que se haya dispuesto con mantel blanco, galletitas y buenas maneras. Siempre ha habido violencia aguda, saqueos, vandalismo, destrozos y muchos delitos asociados a momentos de desorden social.

 

Ha sido la única forma de enfrentar la violencia primera, la de la explotación, de la servidumbre, del trato inhumano, de la esclavitud en todas sus formas, del colonialismo, de la humillación, de la tortura, la desaparición y la muerte.

 

Los alzamientos populares y su respectiva cuota de violencia, siempre han sido como reacción natural y necesaria a la violencia que los poderosos.

 

Una cosa es la violencia como respuesta y otra es la barbarie como cultura.

 

Quienes han conseguido y afirmado su poder mediante masacres, torturas, desapariciones, mutilaciones y asesinatos, de vez en cuando han debido sufrir el corcoveo del pueblo que ha ido por su venganza, sana y casi siempre escasa.

 

Las matanzas con las que los poderosos han dado sus opiniones respecto de cuestiones sociales, religiosas y políticas, se pierden en la noche de los tiempos. La relación entre opresores y oprimidos ha estado desde siempre marcada por la violencia de los primeros para asegurar la sumisión de los segundos.

 

La ultraderecha chilena es la heredera directa de las más abyectas, criminales y crueles formas de dominación, desde que se alzaron en el horizonte los tercios de España.

 

La aristocracia chilena no desciende precisamente de los últimos esclavos africanos o de los mapuche esclavizados luego de la conquista. Al contrario, fueron sus amos, explotadores y exterminadores.

 

La historia de Chile es la historia de los perseguidos y los perseguidores, de los esclavos y los esclavistas, de los terratenientes y los campesinos, de los burgueses y los obreros. De las Fuerzas Especiales y los estudiantes secundarios.

 

Las matanzas han sido siempre soluciones políticas.

 

Persecuciones que duraron años, centenares de miles de personas conculcados sus derechos civiles, campos de exterminio y concentración, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, fosas comunes, mutilaciones crueles, lanzamientos de seres humanos al mar, violaciones como forma de tortura, han sido recurrentes en la historia de Chile como método de acción política solo por parte de la derecha.

 

Esa misma que ahora luce el más torpe de los presidentes y brama por más muertos, mutilados y presos como forma de responder a las exigencias populares.

 

Cada una de esas trágicas veces han sido los poderosos quienes han descargado su crueldad en contra de los dominados. Jamás se le podría adjudicar  al pueblo hechos de semejante brutalidad e inhumanidad.

 

A lo sumo, la gente se ha defendido, como se defiende hoy.

 

La violencia en todas sus expresiones ha sido la herramienta favorita de los poderosos para la entronización de sus creencias e intereses que retrasaron el avance de la ciencia, del arte y del desarrollo humano, solo por su codicia enferma y sin sentido.

 

América Latina ha sufrido siglos de explotación y muerte. Gran parte de la Europa que conocemos fue tapizada por las riquezas que se sacaron de este continente, también de otros, dejando un reguero de millones de personas asesinadas.

 

De tarde en tarde, la gente explotada y despreciada se sacude de sus amos y esos estallidos no pueden ser con la textura de la seda. Los pueblos son esencialmente pacíficos, pero de vez en cuando hacen saber el rigor de su odio.

 

Cuando sucede que la gente se revela y se rebela, los poderosos dueños de toda la violencia y sufrimiento, reaccionan golpeándose el pecho y los cuarteles, y declamando preces salvadoras.

 

La gente sencilla no quiere explotar a nadie ni robar el sudor de otros. No tiene como lo intentan imponer los poderosos, esa especie de atracción por la violencia y la barbarie. Su bronca no es producto de mentes perturbadas ni es creada  por una incomprensible vocación agresiva propia de resentidos sociales.

 

La violencia la impone el capitalismo y se expresa de una manera dramáticamente cotidiana, tanto como inhumana y despiadada.

 

La violencia que roba al trabajador el producto de su trabajo. Esa que desprecia a la mujer. La que se ejerce en contra del niño desde que aún no nace. La que embrutece en los vicios que crea como variante del negocio. La que margina en guetos en los cuales se reproduce la cultura que impera en medio de pobreza, tráfico y violencia. Esa que  margina de la belleza del conocimiento y del amplio mundo que hay más allá, a millones de pobres.

 

La violencia primigenia, la madre de todas, es la que convive con el moribundo en el hospital miserable. La que financia una pensión de vergüenza y dolor en el pensionado que va a morir en la pobreza. La que ha segregado, castigado y asesinado al indio por ser indio y por lo tanto un ser sin derechos, poco más que un animal. La que dictamina nacer, vivir y morir pobres. La violencia que desprecia a todo lo que no sea blanco, macho, milico o rico.

 

La violencia que enseña al niño a creer en santidades que le obligan a bajar la cabeza y santificar al amo y al patrón.

 

Ante esa violencia original, el pueblo no solo tiene el derecho sino el deber de defenderse y golpear con las manos duras de los que lo construyen todo. Esa es la violencia legítima que aún no despliega toda su magnificencia.

 

 

Por Ricardo Candia Cares

Deja una respuesta