Warnken y la violencia venga de donde venga

Cristián Warnken

El articulista de El Mercurio reduce la violencia desatada a partir de octubre, al vandalismo y al saqueo, a la acción irracional de una turba inconsciente que solo quiere ver correr sangre y arder el fuego. Nada más.

 

Es el argumento manoseado hasta el hartazgo por Sebastián Piñera, el presidente supuesto.

 

Para empatar, Warnken también dispara, aunque tibiamente, contra la que ejerce la policía. Y las ubica como equivalentes.

 

Se define como de izquierda y abomina de la violencia venga de donde venga. Recuerda que durante la dictadura lanzó panfletos un primero de mayo y que nadie quemó la iglesia en la que se refugió minutos después de su acción temeraria.

 

Al parecer, después de esa memorable oportunidad nunca más pisó las calles.

 

Ser de izquierda, dice, es “aspirar a más democracia y eso supone aceptar convivir con el adversario y no convertirlo en un enemigo a destruir”.

 

Y para confirmar su aserto, alude a los casos de Mandela, la  resistencia francesa al nazismo y de los argelinos ante la ocupación francesa, como ejemplos de un pacifismo  fértil.

 

¿Es que la independencia de Angola y Namibia, el fin del apartheid en Sudáfrica, la liberación de Francia del fascismo alemán y la expulsión de los colonialistas franceses de Argelia, respectivamente, fue sin disparar un tiro?

 

Resulta difícil creer que Warnken no sepa que Mandela estuvo preso 27 años por formar una guerrilla que se enfrentó al régimen racista cuando se dio cuenta que su pacifismo no funcionaba.

 

Del mismo modo, ¿se habrá informado Warnken que la resistencia a la ocupación nazi en Francia fue liderada por guerrilleros que combatieron al nazismo a tiros?

 

Y es raro que aluda a Argelia donde el Frente de Liberación Nacional combatió a la ocupación francesa mediante una bien organizada guerrilla urbana, que enfrentó a los colonialistas en sangrientas batallas que serían determinantes para que, finalmente, los franceses se retiraran de ese país.

 

Warnken tiene pleno derecho a considerarse de izquierda y estar en contra de toda violencia, venga de donde venga. No traiciona a nadie con su postura. Son sus convicciones. Que coincidan con las de El Mercurio, es una mera casualidad.

 

En fin, cada maestrito con su librito.

 

A lo que no tiene derecho es a levantar su discurso bien alimentado para criticar a quienes hacen uso de su sagrado derecho a rebelarse contra las injusticias, la represión, el abuso, la violencia de la que son víctimas cotidianamente y de la que el columnista no dice ni pío.

 

Para Warnken lo que revienta violentamente casi todos los días en las calles y plazas, es una incomprensible sed de violencia irracional que se despliega solo por gusto. Una especie de horda sedienta de saqueos, fuego y golpizas.

 

Y pare de contar.

 

Para el hombre parece no haber más violencia que esa a la que alude en tono espantado.

 

Para el izquierdista Warnken no es violencia lo del SENAME y su reguero de niños abusados, torturados, violados, asesinados.

 

Tampoco alude como una forma terrible de violencia las miserables pensiones que los viejos reciben luego de decenios de trabajar. Y cómo no saber de la violencia cotidiana de los guetos de las márgenes de las ciudades en los que campea el tráfico, la delincuencia, la falta de horizonte, la vida dura  y la muerte prematura.

 

¿Cómo no entender los sueldos miserables y una salud de mierda como una forma de violencia en contra de los más desposeídos? El robo del agua y la privatización de los mares, ¿no son una forma de violencia?

 

Para el pacífico izquierdista, el vivir en lugares en el que el cáncer se respira a diario y ofrece enfermedades y muertes prematuras solo por la codicia, ¿violenta?, de los poderosos, no juega en la ecuación policías desatados/manifestantes odiosos.

 

Las condiciones de las escuelas municipales que sobreviven por la porfía de sus profesores y estudiantes, muertos de frio o de calor, según sea, con mobiliario que da pena, baños insalubres y un futuro que se despliega como una cosa negra que jamás se disipa, ¿no violenta a nadie?

 

Esas formas que adquiere la violencia cotidiana del sistema en contra de la personas, es lo que estalla con rabia en las calles y plazas.

 

Es la que hay que tomar en cuenta a la hora de explicar lo que pasa en Chile en estos cinco meses. Y no es que el articulista mercurial no sepa de estas cosas. Solo que no las considera tan graves como lo que sí le hace escocer el perineo: la Primera Línea que tanto le molesta.

 

Para Warnken, desde su izquierdismo pacífico, violencia es solo la que ejercen esos encapuchados de la primera línea, obvio que lumpen irracional, en contra de negocitos pequeños. Lo afirma así no más, sin dar un ejemplo o mostrar una prueba. Qué más da. A lo Piñera.

 

Faltaba más. Tiene legítimo derecho a decir lo que le venga en ganas.  Recordemos que se lo ganó en esa mítica oportunidad en la que lanzó panfletos.

 

Lo que no debería olvidar eso sí, es que hay otra gente menos suertuda y pacífica, a la que le asiste el derecho a defenderse de la represión, a rebelarse ante la injusticia, a pelear por lo que le corresponde y que le niegan.

 

Para algunos es difícil  entender que lo que pasa en el país es la suma de todas esas violencias cotidianas, que de tan presentes y reiteradas parece que no fueran.

 

Pero son.

 

Por Ricardo Candia Cares

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