¿Soporta el pueblo otros dos años de piñerismo?

Al llegar a duras penas al segundo aniversario de su mandato presidencial el empresario Sebastián Piñera confundido, sobrepasado por el movimiento social, vapuleado por las encuestas, sin más apoyo que el de sus propios ministros a los que mantiene fascinados,  surge la interrogante de que si la paciencia del pueblo se prolongará aún más, por otros dos años, o si se intensificará su presión para que la actual administración finalice antes de lo previsto.

 

Está claro que el programa de este gobierno terminó con el inicio del estallido el 18 de octubre último. Sin programa, relato ni sustento relevante alguno, con muchas piedras en el camino y en medio de una suerte de cogobierno con el Parlamento – aun con menor adhesión de la gente – el objetivo de la oligarquía parece ser únicamente que el mandatario complete su periodo constitucional para evitarse un bochorno mayor.

 

Mientras Piñera deja pasar el tiempo, que es lo que le conviene, va  anunciando un paliativo tras otro sin recuperar terreno porque en el fondo todo es insustancial e insuficiente para las demandas multitudinarias  que se reciben con desidía. Se confirma así que las políticas gatopardistas son una especialidad de la casa, en este caso  La Moneda.

 

Desde el 18-O solo es rescatable parcialmente el proceso constituyente que debe culminar con una Constitución democrática en reemplazo de la Carta Magna elaborada en dictadura por una especie de “panel de expertos”, entre cuatro paredes y en terrorismo de Estado.  El anuncio de noviembre no correspondió a una iniciativa del Ejecutivo, que actuó  bajo el peso de las muchedumbres que repletaban las calles y creyendo que ello acabaría la insurrección popular.

 

La calle, mayoritaria en Chile aunque ni se le menciona en el discurso oficial,  tiene inalterable la idea de que el país vive un momento histórico. Este es el tiempo preciso para comenzar a desmontar un modelo económico que ha reducido los derechos sociales a mercancías de alto costo, ha privatizado los recursos naturales y concentrado las riquezas en manos de muy pocos, a la vez que la inmensa mayoría de chilenos trata simplemente de subsistir.

 

El presidente y su gobierno permanecen encapsulados a sideral distancia  en una burbuja desde la cual no se alcanza a ver, porque no se quiere, la actual rebelión popular  que responde a causas profundas y estructurales. Tampoco escuchan el descontento de millones de excluidos que al cabo de décadas dejaron atrás su letargo conformista y están en la lucha  por una  vida de dignidad y bienestar, y una sociedad de oportunidades y expectativas de un futuro mejor.

 

Chile es escenario de una confrontación de clases sociales  en que ha salido a la luz el descontento sordo de los perdedores de siempre, soterrado desde la dictadura. La crisis no ha sabido ser encarada por Piñera, que aun contra las cuerdas insiste en desconocer a los sectores desposeídos cansados de una larga sucesión de atropellos, abusos,  despojos,  vulneración de sus derechos esenciales, represión brutal mucho después  de la tiranía, entrega del país a las transnacionales y negación de la soberanía popular.

 

Porque no había nada que celebrar, el gobierno no quiso ni acordarse de su reciente aniversario  – 11 de marzo – y prefirió amplificar la fecha en que,  hace 30 años, un civil asumió la presidencia luego de la expulsión del poder de la patota de generales y almirantes golpistas que había trepado indebidamente. En el acto conmemorativo el jefe de Estado se explayó sobre los desafíos del futuro, pero no se refirió a los desafíos inmediatos que las masas reclaman con urgencia.

 

Cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta a estas alturas que haber colocado a este empresario multimillonario en la primera magistratura, fue un error monumental que la ciudadanía de a pie está pagando caro. El actual mandatario está obsesionado con el “orden público” y cada 24 horas respalda a Carabineros en su sostenida violación de derechos humanos de innumerables manifestantes, muchos de los cuales caen sin volver a levantarse.

 

Aferrándose con dientes y muelas al sillón que ocupa, Piñera dice que está “perfectamente capacitado, por lo que es mi deber seguir ejerciendo la presidencia de la Republica”… De 10 chilenos, 9 muestran disposición para liberarlo de ese deber y relevarlo de tal responsabilidad,  fríamente, sin emoción alguna, a la brevedad.

 

 

 

Hugo Alcayaga Brisso

Valparaíso

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