¿Habrá algo peor que un virus descontrolado, transformado en pandemia, que amenaza la vida de millones?

 

Lamentablemente sí.

 

Un cartel de sinvergüenzas, mentirosos, corruptos e ineptos a cargo de su control. Hay varios ejemplos y Chile es uno de ellos.

 

El origen de la enfermedad dará para editoriales, estudios, novelas y películas. Desde ya, el gobierno chino y el norteamericano se enfrentan para adjudicarse mutuamente las culpas.

 

Portavoces anónimos de la Casa Blanca informan que Trump conocía desde mucho antes el peligro que se cernía. Y según Noam Chomsky, reputado intelectual norteamericano, el COVID 19 es un tipo de guerra de baja intensidad dirigida a detener el ímpetu de China

 

Como sea, Trump actúa tarde. Y ahora en Estados Unidos se han disparados los infectados, los muertos… y la venta de armas.

 

Los chinos, por su parte, han controlado ejemplarmente el virus desplegando las medidas necesarias para que la ciudad foco ya no registre sino algunos casos importados.

 

En América Latina las medidas que cada país difieren en forma e intensidad. Muchos han declarado distintos grados de bloqueos de ciudades, otros Brasil y Chile, resisten esa medida. De Cuba, de la que se habla tan poco y que tiene controlados sus pacientes locales, despliega su cultura internacionalista y se apresta a ayudar a la Lombardía Italiana, a Granada y a Surinam.

 

Hasta estas horas en Chile se registran 537 infectados y al parecer la ineptitud del gobierno hará que aumenten. Aun así, con un tono de optimismo que no se sabe de donde viene y una soberbia que es propia de su talante arrogante y autoritario, el ministro Mañalich apuesta a que el virus “se ponga buena persona…”.

 

El supuesto mejor sistema de salud del mundo, o del universo según sea, ha quedado de manifiesto como una real estafa para los ciudadanos.

 

La cultura neoliberal, para la que todo es negocio, incluidas la seguridad y las vidas de las personas, no ha hecho nada que viole la constitución. Desde la ocupación de las clínicas privadas, hasta el más vergonzoso, descarado e inmoral aumento de precios en artículos que se transformaron en primera necesidad: clorogel, mascarillas, etc.

 

Del mismo modo, el gobierno, sobrepasado por los alcaldes, la presidenta del Colegio Médico, la experiencia internacional, el sentido común y los vecinos que se han tomado las calles para evitar que sus pueblos se vean colapsados por quienes entienden el aislamiento necesario como días de vacaciones, ha debido responder tarde, mal y erráticamente.

 

Y cuando lo ha hecho a tiempo, ha sido para avisar el despliegue de militares que nadie sabe con exactitud qué harán esos hombres armados en las calles casi desoladas. ¿Meter miedo? ¿Reprimir la comprensible rabia de la gente? ¿Matar a unos cuantos para escarmiento? ¿Lavar la imagen de las Fuerzas Armadas?

 

Cuando, aburridas y contagiadas, las tropas se retiren, el virus aún estará ahí.

 

Para el gobierno, la irrupción de la peligrosa enfermedad es tratada como una oferta caída de cielo, la que en el actual escenario de crisis política de profundos efectos en el mediano y largo plazo, deberá ser usada por ellos tanto para ganar tiempo, como para desincentivar la protesta que ya cumplió cinco meses sin atisbos de parar.

 

La idea es sostenerse en la emergencia virulenta y emerger al otro lado como los héroes de la jornada. Apelan para el efecto a la unidad de los chilenos, a superar las diferencias, a dejar pequeñeces y egoísmos y a apaciguar los ánimos.

 

Pero el gobierno va a poner su real preocupación en el costo que deberá pagar la economía chilena por el colapso del dólar, la caída de cobre y demás materias primas de las que vive el país.

 

Los ingentes recursos del dos por ciento constitucional reservados para catástrofes, será dirigido a salvar a la gran empresa. Al final, los trabajadores quedarán a expensas de sus patrones, los que como se ha visto más de una vez, socializan las deudas y privatizan las ganancias.

 

El caso dramático que aún no detona con toda su gravedad es la ostensible baja en los fondos de quienes imponen en las AFP, las que han tenido pérdidas inéditas.

 

Lo que realmente va a importar al final de la crisis es que el sistema saldrá incólume, Piñera habrá aumentado sus números, la rebelión popular se habrá extinguido, habremos dado un ejemplo en salud pública a países desarrollados y el caballo del general Baquedano volverá a lucir su jaez de conquistador. Es la barbarie en toda su inhumana expresión.

 

Pero lo que realmente debería quedar en la historia es una crisis en manos de un gobierno inepto, mentiroso, corrupto, cuyos efectos los volverá a pagar la gente sencilla, esa que sí pone todo su empeño a salvar al otro mediante su solidaridad, la que le viene de lo más profundo de lo humano.

 

Por Ricardo Candia Cares

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