En estos instantes ¿en quién creer?

A expensas de mentirosos a quienes no les interesa la vida de la gente común, muchos menos su muerte, los pueblos se debaten en medio del temor que ronda cercano y el no saber a qué atinar, a quién creerle.

 

Nuevamente los poderosos harán que sea el pueblo llano el que pague los mayores costos de la pandemia. Quien vive de su trabajo, debe salir a trabajar incluso en condiciones muy duras y riesgosas. Y el que no puede o no quiere, queda sin sustento.

 

Queda al desnudo la infinita inhumanidad del poderoso. La crueldad homicida del millonario.

 

No queda más que esperar que la buena suerte haga lo suyo, mientras los poderosos, millonarios hasta más allá de los mentalmente sano, no son capaces de ofrecer de un trasporte seguro o detener procesos productivos para asegurar la vida de la gente.

 

El no gobierno chileno ha recibido como maná del cielo la desgracia de esta pandemia que tiene al mundo desesperado. Le ha calzado con sus mentiras y manipulación, con sus ministros desvergonzados y sus funcionarios inútiles tanto como crueles.

 

El manejo de las cifras y de los tiempos que son variables determinantes para adelantarse a los acontecimientos y obrar con la mayor prontitud si se quiere salvar vidas, se han transformado en herramientas del miedo y la manipulación. ¿Alguien cree lo que se informa?

 

Que la gente no se junte, más que una sugerencia sanitaria, parece una consiga de la derecha. No fue casual que la primera medida en plena emergencia fuera rescatar la plaza Baquedano.

 

El manejo de las cifras y de los tiempos que son variables determinantes para adelantarse a los acontecimientos y obrar con la mayor prontitud si se quiere salvar vidas, se han transformado en herramientas del miedo y la manipulación. ¿Alguien cree lo que se informa?

 

A la derecha jamás le ha interesado la vida de la gente. Para los poderosos la gente es un recurso como cualquier otro y como una cosa cualquiera debidamente prescindible. Y fusilable, si las condiciones se salen de madre.

 

El pueblo está solo. Otra vez. Ni siquiera aquellos que dicen representarlo han dicho esta boca es mía. Digamos, con algo de sentido.

 

A partir de la agudización de la crisis política cuya mejor expresión fue el estallido del dieciocho de octubre, se evidenció la enorme distancia que hay entre la gente común y las organizaciones, partidos y dirigentes que dicen ser sus representantes.

 

Hasta la pausa imprevisible impuesta por el COVID 19, fueron inútiles los esfuerzos de las más importantes organizaciones sociales, para acercarse así tantito a eso que vibra en la plaza y que se extendía a todo el país. No hubo caso.

 

La Mesa de Unidad Social, ¿qué será de ella?, jamás entendió cuál debe ser el rol de ese grupo de organizaciones en el contexto que se comenzó a perfilar como inédito en la historia. Hoy, simplemente desapareció.

 

Y es precisamente esa sensación de orfandad en que está la gente trabajadora en plena crisis que puede costar la vida de muchos, la que confirma esa tremenda lejanía entre esos dirigentes y lo que vibra en la vida cotidiana de la gente común, de los trabajadores. No están.

 

La gente más castigada por la economía ha debido arreglárselas solas, afirmada en sus vecinos, en sus amigos y compañeros. En lo que quedó como rastro señero luego de octubre: la organización de los barrios, las calles, los pasajes, las villas y poblaciones.

 

Queda el caceroleo tímido que resuena más allá de las calles vacías y el miedo comprensible.

 

Queda una esperanza anclada en un futuro que el sistema insiste en mostrar mucho más oscuro que lo que es para bajar las más mínimas ansias de volver a recuperar las calles, la voluntad, el valor y la esperanza.

 

Quedan algunas voces que intentan decir algo por sobre la infamia de la mentira, la manipulación del miedo al hambre, a la enfermedad, a la muerte.

 

¿Habrá que creer en Cristo, en la paz o en Fidel? ¡Qué válida la pregunta de Filio!

 

 

Por Ricardo Candia Cares

 

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