¿La izquierda en cuarentena?

La pandemia que sufre el mundo ha devenido en una estupendo salvataje no solo para el casi fantasmal gobierno de Sebastián Piñera, sino que para todo un orden económico que se sostiene solo porque del otro lado no hay quien diga esta boca es mía.

 

Digamos, con cierto sentido de lo político. En las calles la gente hace historia, pero eso no es suficiente.

 

En Chile el sistema ha seguido haciendo lo suyo en el ralentí propio de  tiempos de epidemia, como si antes de declarada la emergencia sanitaria no hubiese pasado nada.

 

Así, en el Congreso se ventilan leyes y dimes y diretes con la normalidad de los tiempos  buenos, el gobierno manipula las cifras de la epidemia con un aguzado sentido de la oportunidad y la gente se ve obligada a no juntarse una con otra.

 

La oposición, o casi toda ella, sigue jugando a que es de verdad una oposición y no esa cosa rara que a veces es más oficialista que el mismo oficialismo Y sigue cada cual sacándose y poniéndose chaquetas según sea lo que deben aparentar.

 

No hay oposición u oficialismo, sino intereses de unos y otros, menos los de la gente.

 

Se ha dicho. Un sujeto como Piñera y la coalición que lo sustenta no se explican en la historia sin el rol de muchos partidos y políticos en lo que se llamó falsa y traidoramente como Transición.

 

Pero ¿Qué opina la izquierda de todo esto que pasa? ¿Cómo ve esta etapa crucial en que el capitalismo pondrá a prueba su capacidad de reinventarse? ¿Habrá algo diferente como propuesta luego de pasada la crisis o como forma de superarla?

 

¿Saldrá de su larga cuarentena?

 

Para decir las cosas como son, la izquierda ha estado al margen de todo. No ha existido una izquierda de perfil nítido, con musculatura orgánica y una propuesta atractiva. De eso no hay nada. Ni siquiera poco.

 

La gente va a demostrar su frustración y bronca a las plazas y a sus calles por su extraordinario sentido de lo digno. No por alguna convocatoria precisa y encantadora.

 

Y no significa que no hayan razones como para que la izquierda levante su voz indignada. Al contrario, la evidente crisis del neoliberalismo ha logrado lo que ningún discurso ni líder ni doctrina había podido nunca: que la gente común se haya levantado con una fuerza de tal magnitud, que en poco tiempo logró las más masivas movilizaciones de las que se tenga memoria, que dejaron en un rincón no solo al gobierno, sino que a todo el sistema.

 

Parte de la izquierda se ha parapetado en la llamada Mesa de Unidad Social que no ha dado el ancho. Ni el largo. Ni el alto. Y habría que sumarla entre las primeras víctimas de la epidemia. Esa articulación de organizaciones no tuvo capacidad para jugar un rol en estas condiciones.

 

La izquierda no ha sabido navegar en estas aguas en que las cosas ya no son como fueran. Muchos insisten en acomodar la realidad a las teorías sin atinar que esta realidad es mucho más loca y mucho más indisciplinada como para mecanismos que no consideran que ni el enemigo no es el mismo que hace un par de décadas, ni lo es la misma gente.

 

Muchos predicen la crisis económica que sobrevendrá a la pandemia. ¿No es la hora de proponer un mundo diferente? De a poco comienza a quedar claro que la pandemia demostró los pies de barro de un orden que ha despreciado a la gente y ha elevado a condición de deidad inmutable al dinero.

 

Hará falta pensar un mundo diferente en que el respeto de los derechos de las personas permita la defensa de la vida, aun en condiciones de una peste como la que nos amenaza. Los que están muriendo y los que se mantienen en permanente peligro, son precisamente aquellos que el neoliberalismo considera seres sin derechos.

 

Por eso aquello que impulsó el movimiento de la rebelión popular de octubre y los movimientos sociales debe proponer un cambio. Ya no es suficiente la defensa eterna de la Plaza Dignidad. Hace falta un horizonte que ordene y haga soñar.

 

Una de las grandes fortalezas de la rebelión de octubre, luego de su masividad y el carácter seductor de su manifestación, es a la vez su gran debilidad: no hay política.

 

Siempre será mejor que no mande nadie si no manda el pueblo, pero cuando el pueblo comienza a mandar, la cosa debe contar con dirigentes, estructuras, propuestas y horizontes.

 

 

Por Ricardo Candia Cares

 

 

 

 

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