La entrevista al abogado UC Carlos Peña González, que el domingo último nos brindó El Mercurio, es sintomática sobre cierta visión de sociedad que permanentemente aparece en el Chile ganador actual.

 

Por una parte, su adhesión a la racionalidad como medida de todas las cosas.  Por la otra, sentirse poseedor de la verdad (vaya uno a saber qué entiende por ello).

 

Su estilo evoca a un feligrés de las verdades reveladas, figura de la cual el propio rector recurrentemente huye. Porque es la devoción a cualquier dogma lo que fustiga semanalmente con el látigo del escarnio, poder que le entrega ser columnista destacado de uno de los principales y más influyentes medios del país.

 

En gran parte de la entrevista, Peña declara su amor incondicional a la razón, donde no cabe otra herramienta que la racionalidad, desconociendo que las verdades son una construcción que dura hasta que llega la siguiente, por tanto son “verdades temporales” o “relativas”.    Por cierto que esto enmarcado en el ámbito sobre el cual el rector hace su crítica, que es la acción política.  No se refiere al debate sobre el color de una puerta, más allá de toda la gama de interpretaciones que ello pueda tener.

 

No, se refiere a las discusiones sobre lo público.

 

Veamos algunos ejemplos.

 

“A menudo, y las cartas al director son una muestra, se cree que lo mejor de lo humano son las emociones, el sentimiento. Nada de eso. Lo mejor de lo humano, a lo que debemos las cosas más estimables en la esfera pública, es la racionalidad” nos dice en un párrafo.  “A ella debemos muchos excesos, es cierto; pero también debemos las libertades, los derechos humanos, los límites del poder estatal, el respeto recíproco” pontifica en otro.

 

“Los líderes políticos, los partidos, en vez de ajizar el malestar, van a tener que recuperar la tarea amarga de contener las expectativas, de mostrar la realidad, de contener las emociones en un camino de racionalidad” plantea.  “Sin la racionalidad, la delgada capa de civilización se rasga y asoma lo peor” dictamina en el titular del cuestionario, aunque es preciso reconocer que tal frase no está consignada en el texto. Pero vamos a confiar en que son suyas tales palabras.

 

El problema es que la racionalidad, sin una pizca de esos sentimientos de los cuales tanto reniega el abogado, no sirven para vivir en sociedad.   Porque esa es la racionalidad a la cual apunta Peña, a una racionalidad sustentada en ciertas lógicas de reflexión y apegada a lo que él llama la realidad.  Por ello critica el “utopismo” y exige desde lo alto “evitar los sueños utópicos y vérselas con la realidad, no con los sueños ultramontanos”.

 

El problema es que racionalidad sin emoción bastantes problemas genera.

 

Síganme en la reflexión:

 

El médico nazi y Dr. en Antropología Josef Mengele fue un destacado genetista.  Pero, ¿para qué sirvió todo ello? ¿Qué final tuvo su racionalidad de excepción?  Para experimentar con niños judíos y gitanos, los cuales fueron asesinados en sus investigaciones.

 

El concepto de derechos humanos no nace solo de la racionalidad política. Se origina, también, del sentimiento de reconocer al otro como sujeto legítimo.  El amor de madre no se basa solo en la racionalidad, hay algo ahí instintivo que la razón aún no ha podido develar.

 

Porque racionalidad sin valores no de mucho sirve (así como emocionalidad sin una pizca de razones).  Más aún, apegarse exclusivamente a ella en sí es ideología y construcción colectiva.

 

Carlos Peña avanza, en su acorazado mercurial, contra viento y marea.  Su confianza, fe en este caso, mueve, extirpa más bien, trabas, muros, montañas.  Eso lo sabemos cuando nos confiesa su principal virtud: tener la razón.

 

Su respuesta a una consulta en específico es definitoria.

 

“¿Lo ha hecho reflexionar o le ha importado alguna crítica en estos años?” le pregunta el periodista.

 

“No” es la breve, rotunda respuesta del rector de la Universidad Diego Portales.

 

No, dijo el articulista/entrevistado.   Una palabra completa, sin grieta alguna.  Declaración que si es honesta, es muestra de cómo existen en esta tierra seres que desconocen la relevancia del debate, la crítica y la discusión pública en la generación del conocimiento propio y colectivo.

 

En el fondo, sus dichos cobijan la arrogancia que no conversa.

 

Algo que, en última instancia, es bien poco digno de quien apela, constantemente, a la importancia del diálogo.  Porque, que yo sepa, para dialogar se necesitan, por lo menos, dos dispuestos a considerar (reflexionar sobre aquello) lo que el otro tiene que decir.

 

Por Patricio Segura

Deja una respuesta