La derecha vive en el mundo que siempre soñó: los milicos legalmente en las calles, a la gente distanciada unas de otras, toques de queda, recursos financieros del Estado dispuestos a su discreción y utilizando el miedo para el control de la gente. Y, por cierto, a la “oposición” sin ser oposición y a la izquierda en hibernación.

 

Subidos por el chorro del coronavirus y sabiendo que en el Congreso tiene amigos de sobra, Piñera está tirando el globo sonda para saber si tiene piso para suspender el plebiscito que idearon cuando el agua les sobraba en el cuello.

 

Recordemos que el mentado plebiscito en el que se deberá dirimir si la gente quiere cambiar la constitución y por qué medio, no estuvo entre las exigencias primeras de la rebelión popular de octubre.

 

Más bien fue sacado de la manga desesperada de la derecha y sus socios de la ex Concertación, sabiendo unos y otros que en ese terreno, el de la manipulación y el engaño, tenían más opciones de salvarse.

 

E interesados en descomprimir la enorme presión que se suscitó con la gente en la calle como nunca antes, ofrecieron semejante itinerario electoral, como una forma de mirar para otro lado mientras la gente exigía pensiones humanas, salud digna, educación decente y justicia social.

 

Entendámoslo bien: no es que la gente quiera seguir con esta constitución pinochetista. Lo que está en el centro de las exigencias son cuestiones de la vida diaria que empujan todas las otras luchas.

 

Salvo para los pinochetistas abiertos y encubiertos, esta Constitución es legítima y democrática. La mayoría de este país sabe que no es sino el andamiaje de la cultura pinochetista que aún pervive, por gracia de las Ex Concertación y la parálisis de la izquierda.

 

Pero también es necesario saber que mientras sean ellos los que tienen la sartén, el mango y todo lo demás, los resultados de ese proceso es predecible: en algún momento van a trampear la voluntad ciudadana.

 

Ya sea en el proceso electoral mismo, o en la conformación de la Convención Constituyente.

 

Lo adelantamos ahora: la gente, el pueblo, la calle, la plaza, no va a estar representada en esa asamblea.

 

A menos que creamos que la derecha es un sector democrático y respetuoso de la voluntad popular y no un hato de golpistas, mentirosos y criminales.

 

No perderse: la derecha está utilizando la pandemia como herramienta cotidiana de la política local.

 

Es su oportunidad y la van a aprovechar para terminar con aquello que sueñan desde octubre: desmovilizar a la gente, agudizar el control de los desordenados y de paso, deshacer su compromiso constitucional y, tanto mejor, entregar el dinero del Estado a los empresarios de siempre.

 

Un mundo ideal.

 

Por Ricardo Candia Cares

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