Chile pandemia: No es todavía una dictadura, pero se parece

Si la economía chilena venía dando tumbos desde el año pasado e incluso antes, el registro de marzo constata y proyecta su hundimiento. La caída del 3,7 por ciento en la actividad económica se empalma con el derrumbe de noviembre pasado (menos cuatro por ciento) y conecta dos eventos. La rebelión social contra el modelo de mercado y la pandemia, que apenas se ha comenzado a expresar en los registros y estadísticas. De la anunciada gran recesión hemos pasado a la gran depresión mundial, sólo comparable con aquel evento que cambió el curso de la economía planetaria hacia finales de la tercera década del siglo pasado. Historiadores de los procesos económicos destacan que Chile, en aquel entonces abierto a los mercados internacionales y dependiente de exportaciones de materias primas tal como hoy, fue el país más afectado en el mundo. Cuando la historia se repite es porque no hemos aprendido nada o es porque a alguien le interesa repetirla. Chile representa sin duda el segundo caso.

 

El guarismo de la actividad económica está compuesto por otros múltiples. En marzo los trabajadores y trabajadoras perdieron miles de millones en sus fondos de pensiones, la actividad industrial y comercial se trancó y las empresas, pequeñas, grandes y corporaciones, despidieron a millares. Un vistazo que nos sugiere que los efectos de la crisis han comenzado, nuevamente, a pagarlos los y las trabajadoras.

 

Un dato que nos afirma en esta observación es la bolsa de valores de Santiago. En marzo los precios de las acciones se fueron al suelo, y explica en parte la caída de los fondos de pensiones de las AFP. Pero en abril los precios volvieron a subir, con un ímpetu que destacaron con fruición los diarios especializados en finanzas. Por qué, si en abril también hubo cuarentenas y gran parte del comercio y otras actividades cerradas o casi en coma. La respuesta, por lo menos para las grandes empresas que cotizan en la Bolsa de Santiago, es porque redujeron costos bajo la ayuda del gobierno y la denominada Ley de Protección al Empleo y los intentos para forzar el proceso de la epidemia con anuncios sobre una nueva normalidad. Los mercados de valores, como siempre lo han hecho, sólo son la expresión de una realidad ajena a los cursos de la economía real y aún más al mundo social. Por un lado un organismo como la Cepal proyecta una caída inédita en el PIB de la región latinoamericana, aumentos históricos en la tasa de desocupación y en los niveles de pobreza, en tanto, en una realidad aparte, las bolsas suben por unas supuestas ganancias futuras de las corporaciones.

 

Los inversionistas buscan rentabilidad donde siempre la han hallado. En estas latitudes y rincones en la industria extractiva, la energía, el comercio, el sector financiero y algo más. Tras la caída de marzo, lo que observamos en que aquella nueva normalidad transcurre de forma paralela al resto del país, tal como un tuit que circulaba este jueves de un conspicuo economista que le pedía a Jaime Mañalich la apertura en Las Condes y La Dehesa de los campos de golf.

 

La pandemia, según lo que podemos observar, profundiza y amplifica aquellas contradicciones del modelo económico aún en vigor. Más pobreza y contrastes. El uno por ciento posiblemente en estos días esté aumentando por estos lares su tajada del PIB, tal como ya se conoce que sucede en Estados Unidos con las fortunas de los multimillonarios Forbes.

 

Hay otras áreas que son también inquietantes, tanto como el aumento de la pobreza, no solo por este remoto Cono Sur, sino que tiene visos planetarios. Es la suspensión de derechos y la militarización de la sociedad, que en nuestro caso es un proceso que estaba adelantado desde el año pasado. En marzo, en plena reactivación del movimiento social, Sebastián Piñera la primera medida que decreta ante los primeros casos de Covid-19 es el estado de catástrofe y el toque de queda. Un refuerzo a la jaula policial y política que sin duda le será muy útil cuando la economía se hunda en el pantano y la crisis social mute en calidad de hambruna. En este sentido, el gobierno, bien arropado por toda la clase política, levanta esta semana la vara militar con el estreno de los boinas negras en las calles. Qué hace este cuerpo de “elite” del Ejército chileno en el combate del virus es una pregunta legítima cuyas respuestas no convencen. Aquí hay más elementos simbólicos, de muy libre interpretación, que solo podemos observar. Con una población encerrada, confinada, asustada y deprimida, las autoridades imponen no solo su programa sanitario, sino también su agenda política. La doctrina del shock se aplica nuevamente. No es todavía una dictadura, pero se parece.

 

PAUL WALDER

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