La mamá de Forrest Gump le enseñó de pequeño que tontos son los que hacen tonteras. Es el caso del alcalde Las Condes Joaquín Lavín, quien a fuerza de hacer tonteras, ya parece tonto. Tiene cara y caminar de tonto.

 

El rol se le adhirió a la piel y a la cara.

 

Su intención fue dar el aspecto de un sujeto que no necesita de tanta galanura física ni bonitura de cara para ser una persona brillante. Uno como cualquiera. Pero le falló el cálculo.

 

Es el caso que cuando el personaje se adentra en el actor, de ahí no hay quien lo saque.

 

A Lavín le importa un rábano hacer el ridículo con tal de que, aunque sea en el arranque, la gente como él, los medios de comunicación y su propia claque de incondicionales lamebotas y todo lo demás, le diga que eso es lo que le gusta a su público.

 

Su meta en la vida, junto con ganarse el cielo, es interpretar lo que quiere el sentido común promedio.

 

Por mucho tiempo se recordarán como eventos tanto ridículos como absurdos, fracasados y caros, algunos de ellos cuando fue alcalde de Santiago: una playa absurda que duró un suspiro, un ridículo centro invernal con nieve y todo, botones de pánico que daban risa, su proyecto de reinserción social que violaba todos los derechos y luego su risible proyecto para hacer llover en Las Condes.

 

Lavín, en su medianía intelectual, se disfraza de inteligente por medio de discurrir proyectos que cree originales. Si a nadie se le ocurrió, se le ocurrirá a Lavín. O lo copiará, para qué pensar tanto.

 

Hay que decir que con la plata que tiene Las Condes, algún alcalde que discurra solo un poco más haría cosas con más sentido de lo útil y con menos exposición al ridículo.

 

Durante lo que va de epidemia, no ha dejado mañana en que no sale en la TV.

 

Da lo mismo de lo que hable, da lo mismo lo que haga, da lo mismo todo. El edil tiene un espacio asegurado todos los días en las pantallas en donde un hato de miserables, muchos con título de periodistas, le practicarán felaciones matinales al edil con un placer difícil de simular.

 

Digan al tonto que tiene fuerza. La sabiduría popular lo tiene claro. Al tonto que se adula le crece el músculo y se le agranda la imagen en sus espejos.

 

Es lo que pasa con Lavín.

 

Un producto estéril construido por la televisión, acicalado por los conductores de matinales televisivos que a todo le dicen que sí, qué lindo, qué bueno.

 

Y esos mismos conductores de TV a la semana siguiente se sorprenden con la posición del alcalde en las encuestas que ellos mismos aúpan artificial y tramposamente.

 

Pero cuidado.

 

El diputado Diego Schalper viene remontando por los palos. Y viene dispuesto a dejar bien puesto su nombre en el panteón de los tontos, con capirote y luces led de modo que sea visible desde todos los ángulos.

 

Comprobado. La tontera hace escuela.

 

 

Por Ricardo Candia Cares

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