Mala foto será la de quien afirme que la pandemia llegó a su último día.

 

Durante ya algunos meses hemos visto nacer curanderos, gitanos con cartas marcadas y encantadores de serpientes tratando de sostener un modelo que se cayó. Chile se cayó a pedazos. Un país que no dio el ancho sencillamente porque la autodenominada clase política es sencillamente precaria, y precaria de verdad.

 

El 18-0 dejó  un país al descubierto, carente de derechos, millones de chilenos aceptando que un modelo convertido en una religión posibilite todos los meses meter la mano en el bolsillo de millones para robar bajo el amparo de una legalidad que se ha dado el 1% más rico de Chile. Entonces, al parecer ha llegado la hora, pero qué hace el otro 99.

 

Escribe Manuel Cabieses acertadamente que “la historia universal del hambre es un polvorín social”. Sin saber fecha, este polvorín hay que necesariamente adjuntarlo a todas las deudas que se levantaron muy justamente el 18-0, esa irrupción/levantamiento que toda la clase política no logró venir.

 

La derecha instaló el modelo neoliberal impunemente bajo dictadura, y han trabajado para seguir sosteniéndolo  evidentemente con la ayuda de concertacionistas que no son fantasmas: demócratas cristianos, socialistas, pepedistas y algunos otros con banderas de un pasado chiquito con algo de gloria rancia.

 

Notable cuando Cabieses describe que el hambre no es condición para que hayan revoluciones. Chile es un país con  hambre desde siempre. La falta de un sistema de salud digno, de calidad y gratuito,  o cuando el modelo educativo se convierte en una fuente de ingresos a los bancos bajo el modelo ideado por el gobierno de Ricardo Lagos. Cuando la violenta realidad deja a los viejos en la mitad de una lluvia sin paraguas como la que se constata en estos días, entonces todos tienen la razón, menos los que se preparan para la foto de La Moneda con Piñera para el día siguiente del término de la pandemia.

 

Las condiciones de pobreza y desigualdad son asuntos muy viejos en la memoria de Chile. El callamperio  sencillamente ha pintado la fachada de las casas y sigue viviendo del fiao. Ese país que algunos sostienen que no lo vieron, y que justamente ahora les duele. Es que para muchos siempre el país pobre ha sido la preocupación fundamental. Es por eso que se ganaron las elecciones en 1970 y el que las ganó combatió hasta que llegó su hora, la más digna. Es por eso que tiene su estatua frente a La Moneda como Jean Molan en Partenón, esa es la altura que debe colocarse el hombre.

 

Me parece notable Manuel Cabieses cuando sostiene que si el hambre desatara revoluciones en un mundo con algo más de 800 millones de hambrientos y de aquellos un elevado número están en América Latina donde necesariamente tenemos que colocar a los nuestros, los desarrapados ya hubieran ocupado la casa de los presidentes. Los asuntos no son tan sencillos y hay muchos que posiblemente lo entiendan.

 

¿Ha almorzado la gente?

Estamos en la mitad de una crisis no solamente sanitaria agresiva, hay millones de pobres que salieron debajo de la alfombra sencillamente para clamar que le ayuden a bajar el ruido de las tripas.

 

Es meridiana verdad cuando Cabieses afirma que Chile es un país hambriento, desnudo de los falsos oropeles que el yugo neoliberal ata a su cuello. Así es sencillamente. Todo un país cruzado amarrado a los bancos con sus créditos para llegar a viejos y después de aquello la continuación de la inequidad a la que me condena la AFP.

 

Así sencillamente no es posible la vida.

 

Los cambios en la historia, esa urgencia por alterar el oprobio necesita de construir la luz que se observa al final del túnel y este es un asunto que no está claro o no se hace evidente. No serán los actuales duendes neoliberales opositores los que estén a la altura de encabezar un concreto y masivo levantamiento de los que tienen hambre.

 

Es la hora justa para salir de la condena de ser pobre para siempre.

 

Chile un país convertido en toda una comedia con Piñera y su derecha repartiendo una gota de agua en la mitad de un desierto. Eso es un insulto, aquello merecería estar colgado en la mitad de la plaza pública.

 

Notable cuando Cabieses expone que hay un estado de insurrección latente en espera, dispuesto a saldar las deudas sociales a las que los ha condenado todo un modelo. Se debe agregar que a la derecha le gusta la paz de los cementerios.

 

El pinochetismo está presente en Piñera y es así porque nunca nadie quiso realmente matarlo. Ya no se trata que la ministra de la Mujer sea nieta del inefable Daniel López, tampoco que la UDI ande clamando piedad para con los asesinos de delitos de Lesa Humanidad que a buen recaudo están en Punta Peuco, notable regalo de la concerta, sencillamente es que en el proyecto Piñeirano está la esencia económica del sistema con todas sus consecuencias.

 

No hay duda que en estas horas reclamadas es cuando deberían ponerse a la altura de los acontecimientos los que nacieron en las calles, como los que dieron la batalla al reformismo y a los revisionistas. Duele constatar verlos sentados en sus poltronas.

 

No queda duda eso sí, que cuando se haya salvado la vida de esta crisis sanitaria, las calles volverán a vestirse de todo y con los pobres por sus derechos que lo sepa la derecha, los traidores y rendidos.

 

Nada más ni nada menos.

 

 

“El pueblo, aún a costa del riesgo de su vida desconfía de toda autoridad institucional a la que no reconoce legitimidad” Manuel Cavieses. 

 

Por Pablo Varas

 

 

 

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