Latinoamérica será la región del mundo más golpeada por la pandemia. No basta el número de enfermos, los muertos y sus familiares desolados, no solo les miles de viudes y huérfanes, sino las millones de vidas con sus ilusiones arrasadas por el derrumbe de un sistema económico. Las proyecciones del Banco Mundial, institución conservadora en sus estudios y ligada al establishment financiero global, nos esboza una escena tenebrosa de dimensiones históricas. No hay referentes en la historia económica inmediata para hallar hundimientos similares. El banco busca más lejos y solo encuentra comparaciones en la Gran Depresión de 1929 y en la crisis económica de 1873 que afectó al capitalismo de entonces.

 

No hemos asistido a una caída de la actividad económica de estas magnitudes. El desplome estimado por el Banco Mundial para la región latinoamericana es de -7,2 por ciento, aún más profunda que la crisis de la deuda de los años 80 que dio origen a la conocida como década perdida, por tanto las comparaciones se hunden en la profundidad del siglo XX y el XIX.

 

Para el mundo las estimaciones son similares. El producto mundial se contraerá un -5,2 por ciento, la reducción más aguda desde la segunda Guerra Mundial, en tanto el PIB per cápita se encoge -6,2 por ciento y tiene como único precedente la crisis de 1873. Estamos sin duda en el momento de conmociones únicas que necesariamente ha de conducir a grandes cambios. Tras las dos crisis citadas la economía capitalista tuvo que dar giros para continuar su avance y crecimiento. La economía del último tercio del siglo XIX es empujada por las innovaciones de la Segunda Revolución Industrial (gas, petróleo, automóviles, electricidad) hasta 1914, en tanto es el keynesianismo del New Deal del presidente Roosevelt el modelo que impulsa al capitalismo durante los años centrales del siglo pasado.

 

A diferencia de entonces, el capitalismo no ofrece hoy salidas. Sigue atrapado en la trampa neoliberal globalizante sin propuestas ni alternativas. La economía, que ha funcionado con una fuerza centrípeta durante las últimas décadas creando multimillonarios que exhiben cifras escabrosas, en estos momentos excluye y expulsa a millones y millones de trabajadorxs como desempleadas y pobres. Las nuevas tecnologías, que han cambiado los modos de trabajo y consumo en el hiper capitalismo del siglo XXI han terminado por destruir todas las construcciones políticas que soñaron con una mayor integración social. Por el momento, no hay salida. Tendremos que esperar al verano septentrional y ver si logra levantarse el capitalismo o si continúa en su rodada al abismo.

 

En nuestras latitudes australes, aun cuando vivimos en crisis permanentes, nos esperan las tinieblas. Estamos en un proceso de regresión y hemos comenzado a ser testigos del mayor colapso en la historia contemporánea. El caso chileno, que no es el único, nos puede ofrecer un claro diagnóstico porque el capitalismo criollo venía dando tumbos desde hacía no años sino décadas. La rebelión de octubre del 2019 fue un estallido por acumulación de tensiones de larga data, tal vez durante los últimos 30 años o desde la instalación del modelo hipercapitalista de mercado desregulado. A partir de marzo y abril del 2020 con la paralización de actividades por una pandemia fuera de control la combinación de estos factores nos coloca en un estado de regresión con la presencia de los más horrendos fantasmas de las últimas décadas, aquellos que representan la miseria, el hambre, las desilusiones, la desesperación, la enfermedad y la muerte.

 

Hay en Chile, pero no solamente en este país, hambre, que aumentará con el correr de las semanas y los meses. Sondeos informados por la oficina de la FAO para la región exhiben cambios dramáticos en hábitos alimentarios y de consumo de productos básicos. Unos 20 millones de personas estarán en situación de “inseguridad alimentaria”, que no es otra cosa que padecer hambre. La Cepal augura aumentos insostenibles de pobreza e indigencia en nuestros países, condición que golpeará al menos a 80 millones de personas durante estos años.

 

El hundimiento no solo es económico. No solo perdemos en este maldito trance nuestros trabajos, sino también, como en una guerra, a nuestros familiares y amigos. Perdemos nuestros sueños mientras nuestros proyectos caen destrozados. El hundimiento, y esto es probablemente lo más grave, es también político y ético. Estamos a la deriva en una escena desolada, a cargo, o bajo el peso, de una clase política que no ha desperdiciado momento para mostrar su miseria en cuanto su única razón de estar en el poder es cautelar sus propios intereses. Es en las emergencias cuando el ser humano demuestra su verdadera naturaleza, que en este caso se puede llamar calaña.

 

¿A dónde vamos? Con ellos a ninguna parte. El pueblo, movilizado y reorganizado desde octubre pasado, tiene su agenda. Ollas comunes, compras compartidas, redes solidarias para soportar el chaparrón y lo que venga. En eso estábamos cuando vino la pandemia y en eso estaremos cuando salgamos.

 

PAUL WALDER

 

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