La irrupción de la pandemia ha sido para el sistema político casi por completo, un salvavidas del que estarán muy agradecidos.

 

Es cosa de recordar cuál era el estado de las instituciones del sistema político, luego que la gente hiciera saber su opinión política con la fuerza de la rabia contenida por decenios, a partir de octubre. Nadie daba un peso por el Congreso, el gobierno, las policías, los tribunales o las Fuerzas Armadas.

 

Había miedo.

 

Solo un evento con la fuerza planetaria del virus lograría amainar la tormenta perfecta que se cernía sobre las cabezas de los poderosos.

 

Pero el SARS COV 2, dejaría todo en animación suspendida a la espera de tiempos mejores.

 

El sistema leyó rápidamente que este evento ofrecía un respiro del que había que sacar provecho. Ni cortos ni perezosos, el gobierno se dotó de un estado de catástrofe y sacó a las tropas a las calles nadie sabe bien para qué, y comenzó a ofrecer curas milagrosas y sistemas de salud perfectos y de rango mundial.

 

En adelante la misión de las oficinas secretas fue como sacarle el máximo de provecho a la contingencia mundial.

 

La epidemia, eso sí, dejó al desnudo algo que tampoco estaba previsto: demostró que la rabia de la gente tiene bases fundadas en la desigualdad, en la corrupción generalizada y una cultura que reproduce la pobreza y la marginalidad como una necesaria materia prima para fabricar ricos.

 

Ya no se trataba de vándalos, anarquistas y violentistas como cacareaban desde los partidos políticos, el gobierno, y por sobre todo, la canalla televisada de los canales.

 

La dramática realidad demuestra que la mayor afección del virus ha sido en las personas más pobres, incluido ese sector que desde el tiempo de la dictadura se considera parte de ese inefable estrato que el arribismo inoculado desde el jardín infantil en adelante, ha instalado con la fuerza de las cosas ciertas: la clase media.

 

La pregunta en palacio sería recurrente: ¿Qué hacer?

 

Y la respuesta no demoró en llegar con su terrible sencillez: la pandemia se alzaba como una oportunidad para ganar tiempo y en lo posible, arreglar la carga desestibada por la rebelión popular de octubre.

 

Por eso nos asiste el convencimiento que la caída del Ministro Mañalich no tiene que ver con un manejo erróneo de la enfermedad.

 

Al contrario, el supuesto manejo errático de las variables intervinientes en el movimiento y efectos del virus no ha sido sino una criminal maniobra para alargar sus efectos inmovilizadores, de control social y de temor.

 

Otra cosa no explica la desidia, la aparente contradicción, el cambio metodológico cada dos semanas y la tardanza en tomar las medidas que luego se tomarían como cosa novedosa, cuando ya era muy tarde. La curva plana, el tomar café o cerveza, la nueva normalidad ¿Recuerda?

 

Numerosas y autorizadas voces han venido pidiendo medidas que el sentido común y la ciencia han venido aconsejando como necesarias. Sin embargo, se han aplazado con un criminal sentido de la manipulación.

 

Para la historia secreta de la conspiración maquiavélica, Mañalich ha salido por la puerta ancha, desde el punto de vista de los criminales que han manipulado el miedo de la gente. Hizo el trabajo sucio de administrar la epidemia de manera que sus efectos ocupen gran parte del período presidencial de Sebastián Piñera.

 

A partir de ahora cobra sentido lo obrado por Mañalich y su salida, porque se trata de cambiar actores para administrar la salida de la epidemia de la mejor manera.

 

Ya dejó el país infectado para los efectos necesarios. Evitó, exprofeso, aplanar la curva, aplicó irrisorias cuarentenas móviles, saturó los hospitales, nada dijo sobre la ausencia de control callejero, mantuvo los carros del Metro repletos a las horas punta. Finalmente, con los números existentes se justifica el restablecimiento del estado de catástrofe en la que la derecha se mueve como pez en el agua.

 

Ojalá no existiera otro.

 

Y ahora, entonces, vendrá la segunda parte del plan de Sebastián Piñera: el salvador que llevará a su país a salir de la epidemia; la generosidad que repartirá dineros; la visión de Estado que olvidará las diferencias; abordará las soluciones y medidas sin importar el costo; y llamará a la unidad de todo el espectro político porque Chile y su gente está primero.

 

Es hora de sumar y no de restar, se le ha escuchado a una eminente exministra bacheletista.

 

Todo bien.

 

En adelante podremos ver como se implementan medidas que mucho antes se ofrecieron como más juiciosas y efectivas.

 

Habrá un cambio en las comunicaciones. Y la visión de Estado campeará en el Congreso y no nos extrañemos si se promulguen leyes cocinadas entre gallos y medianoche, que intenten adelantarse al escenario que se verá el día siguiente que se declare el fin de la emergencia.

 

Tampoco nos extrañemos que haya más cambios en un gabinete que puede llegar a ser de unidad nacional con personajes venidos de la ex Concertación, como es el caso, sin ir más lejos, del entrante ministro de Salud.

 

Al aguaite, además de Christian Warnken, debe haber muchos más.

 

Por Ricardo Candia Cares

 

 

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