El manejo de la epidemia ha sido un continuo de mentiras, metódico y sistemático, propaladas desde el Presidente Sebastián Piñera, sus ministros y funcionarios, y reproducidos por los ultraderechistas y defensores del modelo de todo el espectro.

 

Mentiras, contradicciones, manipulaciones que se amplifican vía cadena nacional cada mañana y que son asumidas acrítica, sumisa y vergonzosamente por periodistas rastreros y cómplices. Salvando eso sí, excepciones notables.

 

Luego que el exministro Mañalich entregara la posta a su continuador, la segunda fase del plan estratégico considera el fin del proceso de contagios inducidos por las políticas de apariencias erráticas, débiles, inexistentes, falaces, inútiles, pero todas debidamente planificadas.

 

La certeza llega sola: de haber tomado más y mejores medidas mucho antes, la cosa no sería tan grave.

 

Es cosa de recordar que si no es por la insistencia de los alcaldes y profesores, las clases del sistema educacional se habrían suspendido mucho más tarde, con efectos aún más devastadores.

 

Y para qué decir las insistentes solicitudes de esas mismas autoridades locales en orden a tomar medidas de cuarentenas completas, atinadas y útiles. El gobierno insistió increíblemente en cuarentenas parciales, sesgadas políticamente, sin  ninguna racionalidad, casi al reverendo lote.

 

Súmese las innumerables medidas que anunciaban el pronto retorno a una nueva normalidad, el carnet de alta, la posibilidad de juntarse con los amigos a tomar cerveza o café, la curva aplanada, etc.

 

Y, por cierto, la famosa e indesmentible estrategia de rebaño que demuestra que la opción era dejar que muchos se infectaran en el menor tiempo posible. Tal como ha sido.

 

Lo que se buscaba, precisamente, era la infección de muchos compatriotas porque esa estrategia cumplía con objetivos múltiples y simultáneos.

 

El primero, justificar y legalizar tropas de comandos en las calles cuya utilidad aún no se ha demostrado. Luego, asegurar medidas económicas de apariencia solidaria pero que más bien han ido a beneficiar a los grandes empresarios. Después vendría la manipulación de los estados socioeconómicos de las familias para que muy pocos alcancen los bonos ofrecidos. Las cajas con mercadería, medida que ningún otro país ha tomado, más parece una actividad de campaña electoral.

 

Finalmente, dejaron la cancha libre a la delincuencia que se ha tomado barrios completos sin que las tropas de comandos o los carabineros siquiera aparezcan. Y cuando lo hacen, ya han pasado dos, tres o cuatro horas desde el asalto, el robo o el portonazo.

 

Contagiar a la gente conscientemente, se relaciona además con la idea de suspender el cronograma plebiscitario que ellos mismos propusieron para intentar desactivar la rebelión popular de octubre.

 

Y sume el hecho evidente que el conjunto de leyes y medidas administrativas que aparentemente intentan aumentar la seguridad de la gente, tendrán una fuerte componente contrainsurgente que pretende adelantarse al escenario que les espera: un estallido aún mucho mayor y más extendido que el de octubre del año pasado.

 

¿Qué otra cosa será el monitoreo masivo a los teléfonos celulares, sino una sofisticada forma de control de los ciudadanos?

 

El objetivo más caro y claro en la estrategia gubernamental, es que el gobierno de Piñera sortee la emergencia entre vítores y aplausos y la historia le reserve un lugar como el que salvó el país. Pronto habrá voces que propongan una estatua suya en la Plaza de la Ciudadanía.

 

En esa operación tendrán el apoyo solapado y miserable de quienes se proponen como progresistas, cristianos y buenas personas y no son sino responsables primeros de un orden que ha quedado al desnudo. Cuando se escucha a sujetos como el expresidente Lagos y sus designios, la bronca sube varios grados.

 

Resulta aventurado predecir escenarios, pero es posible que el plan secreto siga su derrotero y  veamos que en breve comiencen a bajar las tasas de contagio. Habrá comenzado la segunda etapa.

 

Y la pregunta fantasma seguirá su derrotero infructuoso: ¿Por qué entonces no lo hicieron antes?

 

Por Ricardo Candia Cares

 

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