Lo del Presidente de la República legitimando en su calidad de primera autoridad del país el quebrantamiento de un protocolo en medio de una pandemia, no es por supuesto el primer episodio de ese tipo protagonizado por Sebastián Piñera, ni será tampoco el último. Un repaso rápido por su actuar nos recuerda desde su fuga en los años ‘80 en medio del fraude al Banco de Talca, hasta el no pago de las contribuciones de una de sus casas de veraneo durante 30 años, pasando por priorizar en un viaje de Estado a China a sus hijos para que estos pudieran ir a hacer negocios. 

 

Pero el sujeto siempre, siempre, sale victorioso. Con esos antecedentes ha sido electo democráticamente Presidente no solo una vez, sino que dos, y continúa en el poder incluso siendo responsable de las violaciones a los Derechos Humanos más brutales cometidas después del fin teórico de la dictadura cívico-militar chilena.

 

Contra Piñera se debe accionar penalmente y ocupar todas las herramientas a nuestro alcance para intentar estrechar su margen de acción. Todo bien y necesario. Hoy y mañana. Sin embargo, aquella será una tarea perdida -o en el mejor de los casos insuficiente- si uno de sus principales legados no se ataca culturalmente. 

 

Lo que Sebastián Piñera ha logrado en el último tiempo ha sido subvertir con un éxito preocupante un sentido común cuya importancia la sociedad -en un porcentaje relevante- había comenzado a revalorar, a resignificar, a reconstruir, a dibujar nuevamente en conjunto y a través del diálogo, sobre todo luego del 18 de octubre de 2019. 

 

Identificar, hacernos conscientes, analizar y dialogar sobre aquel ejercicio público permanente del mandatario, que tiene que ver con desdibujar los acuerdos sociales más básicos y elementales, es esencial a la hora de matar a Piñera. 

 

Se trata de bloquear y de denunciar el relajo y la normalización con que él, sus autoridades, los medios de comunicación tradicionales y una parte no menor de la sociedad, intentan legitimar su comportamiento. En lo más cotidiano, si se quiere, se traduce finalmente en que sea la propia vergüenza, el pudor y el temor a un ajusticiamiento político público lo que no solo impida un abuso de poder y de privilegios como el ocurrido en el funeral de Bernardino Piñera, sino que también arrebate el piso desde donde al otro día de ese hecho un sujeto como él se sienta con la seguridad y el respaldo para advertirle al resto con voz golpeada que “nadie está por sobre la ley”…

 

PIñera debe ser -sin temor a estar quebrantando aquel respeto sagrado que aún en una sociedad revolucionada como la nuestra se le guarda a la autoridad- el ejemplo en la educación de las futuras generaciones respecto a lo que no queremos ser. Nunca más.     

 

Una de las principales derrotas -porque hay muchas que le podemos asestar- es impedir que su legado respecto a la forma infame en que se maneja deje de tener la legitimidad que insólitamente todavía conserva.  

 

Y esa no será por supuesto tarea de una clase política que en general se mueve con prácticas muy parecidas a las del mandatario, y que reduce su supuesta oposición a ese comportamiento a mensajes en Twitter. 

 

Son los niños y los adolescentes los que llevan años demostrándonos que son ellos los agentes de cambio cultural que no solo impedirán que en Chile un Presidente abuse patológicamente de su poder, sino que correrán también el cerco cada vez más hasta que sean muy pocos los que se atrevan a justificarlo. Adiós adultocentrismo. 

 

Foto: Prensa Presidencia

La forma, los verbos y adjetivos que se utilicen, los hechos que se destaquen, la memoria respecto a cómo un Presidente como el actual pasará a la historia, es todavía un terreno en disputa, y es urgente y obligatorio ganarlo y enterrar la bandera de la verdad en el corazón de ese campo de batalla: Sebastián Piñera es el enemigo poderoso que no respeta a nada ni a nadie.      

 

Ese debe ser nuestro legado. Si queremos vivir en un país distinto, tendremos que ser los tábanos en el oído social, defender y promover la memoria, el juicio crítico y el derecho a decirle delincuente al condenado a clases de ética y asesino al que ordena disparar a los ojos, porque de lo contrario estaremos replicando el molde de aquellos que solo vociferan cuando el que delinque es pobre.

 

Debemos ser todos nosotros los que logremos que la única tapa que un mandatario como Piñera u otro pueda abrir sea la del ataúd de su propio legado.

 

Por Daniel Labbé

 

Deja una respuesta