La evolución de la epidemia, la real, es decir no de la que informan las autoridades y replican los medios de comunicación, sino lo que realmente sucede con contagiados y muertos, ha demostrado que todo no ha sido sino un plan perfectamente orquestado en la cabeza enferma del megalómano presidente, que jura que es el más vivo de todos los chilenos y más allá.

 

Nada de lo hecho por el exministro fue producto del azar, de un error o de una táctica que resultó errada.

 

En esto, como en casi todo lo demás, se quiere confundir a la gente con versiones endulzadas o desprovistas de dolo, como que Mañalich se equivocó, no quiso ser blanco de críticas o tomó malas decisiones. Nada más falso.

 

A contrario de lo que se dice, en la afiebrada cabeza tiránica del presidente, su idea es y ha seguido siendo que el manejo de la pandemia le permita no solo sortear los efectos de la mayor rebelión popular desde la dictadura, sino que salir desde La Moneda airoso y entre vítores, sino que quedar en los anales epidemiológicos como el que salvó al país.

Y para eso necesita que la emergencia dure mucho. Y para lo anterior, es necesario que haya mucho contagiados.

 

No debemos olvidar que la pandemia fue un trágico evento que salvó el desfonde definitivo no solo de un gobierno corrupto, ilegítimo, inmoral y vencido, aunque perfectamente legal, sino de todo un orden que hizo agua por todos los costados.

 

Y debemos recordar que la institución que sostuvo el andamiaje institucional, fue el Cuerpo de Carabineros, por medio de sus tonton macoutes, las Fuerzas Especiales.

 

El orden institucional se ha aprovechado de la pandemia para mantenerse en sus cargos con la actitud del que tiene el convencimiento que la gente los quiere y los respetara.

Causa risa cuando no rabia, ver el cometido de los parlamentarios como si no hubiese pasado nada a partir de octubre del año pasado.

 

Como todo el mundo sabe, la cosa se viene dura, quizás como nunca antes. La rabia de la gente ha aumentado en cada uno de estos días de castigo y desprecio.

 

Entonces el plan no confesado del sistema es adelantarse a un escenario mucho más complejo una vez que escampe la niebla de la epidemia, por la vía de contagiar al máximo posible de habitantes.

 

¿No resulta extraño que ahora comience a bajar la infección, que recién ahora se implementen medidas pedidas, exigidas, rogadas, todos hace meses, que se hagan ahora los test necesarios para saber el comportamiento de la infección?

¿Negligencia inexcusable, irresponsabilidad, olvido, inoperancia? Nada de eso. Solo que se están utilizando los dramáticos efectos de la pandemia como un arma de la política.

 

A lo anterior debe sumársele el esfuerzo oficial para promulgar leyes que legalizan actuaciones propias de las dictaduras: reforzamiento de los sistemas de espionaje, castigos a los movimientos y líderes sociales, atribuciones a militares, policías y guardias municipales, penas desmesurados a quienes osen protestar.

 

El recientemente nombrado ministro de Salud, Enrique Paris, no llega a modificar críticamente lo hecho por su antecesor. La suya es una misión complementaria con lo anterior. La responsabilidad de Paris es encabezar la segunda fase de un plan urdido para intentar evitar lo que se vendrá el día después de la epidemia.

 

¿Los muertos? A la derecha siempre le han dado lo mismo si los que mueren son del pueblo despreciado y explotado

 

 

Por Ricardo Candia Cares

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