Si usted camina por el centro de la ciudad, cualquiera que sea, dos cosas llamarán su atención: que no haya un solo policía o militar controlando a los innumerables peatones, y las largas colas en las puertas semicerradas de tiendas como Hites, Falabella, Ripley, entre otras, y en todos los bancos que existen.

Si quiere salir de dudas, pregunte para qué son esas largas filas. Doble contra sencillo, en todas esas tiendas y bancos en esas interminables filas es gente que quiere pagar. Ni siquiera para comprar.

Se trata de una multitud de personas debidamente enmascaradas y cumpliendo con la distancias de rigor pleno, tratando de pagar su condición de clase media.

La cultura de la clase media es la cultura del crédito, de la deuda eterna e impagable. Ese mecanismo perverso pero gratificante que permite pagar otro crédito, que a su vez se pidió para pagar el anterior que ya pagaba uno.

La clase media es una farsa creada por la dictadura para debilitar el sentido solidario de los trabajadores, concepto mal visto, y como una ofensa clasista, una diatriba que intenta disminuir a la persona de trabajo por su condición.

Por alguna razón se subentiende que la clase media no trabaja, solo se esfuerza, emprende, se levanta muy temprano y se acuesta muy tarde.

En el discurso pútrido de la derecha, quien trabaja no genera riqueza sino que lo hace el patrón que lo explota. Hay que cuidar a los ricos, dicen, repiten, se convencen, porque son quienes dan trabajo.

Para decir las cosas como son, aquellos ciudadanos que viven del crédito como cultura, como cepo inevitable no son sino trabajadores explotados como cualquiera a los que les han vendido la idea de que vivir con cierta holgura lo cambia de clase social.

Como si la clase a la que pertenece no esté definida por rol en la producción, sino porque tiene TV cable, un auto en la puerta, el último celular y un viaje al Caribe de vez en cuando.

Lo que no le cuentan es que esa holgura, ese vivir decente y cómodamente es un derecho que tiene toda persona en tanto se gana la vida haciendo uso de su fuerza laboral, y no debiera para el efecto, estar endeudado en un par de vidas.

Y si a lo anterior sumamos el hecho evidente que esas ideas falaces han hecho pie en el arribismo que los sistemas culturales se han preocupado de instalar mediante una educación formal rasca, por medios de comunicación vergonzosos y chabacanos y por modelos culturales que relevan el tener por sobre el ser, la ecuación es perfecta.

En este como en otros campos, la izquierda ha perdido la pelea, entre otras razones porque una fracción de ella emigró de conceptos y certezas y se convenció que efectivamente este es un país de clase media, que Pinochet tenía razón: Chile es un país de propietarios, no de proletarios.

La pandemia ofrece instalar discusiones que demuestren la falacia cultural de la post dictadura.

Si consideramos que la rebelión popular de octubre desfondó el modelo para llevarlo a una crisis terminal que está en animación suspendida, virus mediante, se hace necesario que la gente que encarna ese ánimo octubrino se dé a pensar que hay más allá de los camotazos y a toma permanente de la plaza.

No hay tal modelo económico imbatible. Y no existe clase media sino una inmensa mayoría de trabajadores, profesionales o no, algunos con sueldos mezquinos, otros haciendo malabares por cuenta propia, boleteando y/o a contrata y muchos otros sin ninguna formalidad, al día a día, salvándose como puedan.

Y prácticamente todos, atrapados en el cepo de la deuda, de la sagrada deuda que lo permite casi todo y a la que hay que servir sin falta so pena de salir de la clase media y caer en la vergonzosa condición de asalariado.

 

Ricardo Candia Cares

 

Deja una respuesta