La clase media es un concepto sociológico difuso, con fecha de nacimiento imprecisa e incubada en la sociedad capitalista en el inicio de la Revolución Industrial en Inglaterra en el Siglo XVIII, para algunos y, para otros, más bien desarrollada en el resto de Europa, especialmente en el Siglo XIX. Sin embargo, su definición es algo en lo que todavía no existe una opinión compartida por todos los especialistas en la sociedad actual.

El sociólogo alemán Max Weber dedica especial atención al estudio de la composición social a comienzos del Siglo XX, en que señala una serie de variables que inciden en su conformación, entre las que destaca: las clases sociales, grupos de estatus y partidos políticos. En lo que se refiere a la clase media la considera como una instancia más bien transicional que favorece la movilidad social.

Desde la perspectiva marxista, en cambio, con base en el materialismo histórico se sostiene que la sociedad funciona en base a una contraposición de intereses de clases, entre quienes venden su fuerza de trabajo (el proletariado) y quienes emplean esa fuerza en la producción de bienes y servicios (los dueños del capital). No obstante situar la dinámica económica de la sociedad en la pugna de clases se reconoce la existencia de otros grupos denominados estratos sociales intermedios que no se enmarcan en las categorías antes mencionadas, compuesta por pequeños comerciantes, artesanos, intelectuales y artístas, entre otros, y que se ubican, circunstancialmente, entre las clases sociales en pugna.

Si se analiza el concepto de clase media en la actualidad, la definición resulta cada vez más difícil de precisar, debido a que la sociedad se ha tornado cada vez más compleja y que han surgido grupos diversos que escapan a las categorías tradicionales que servían para construir las clasificaciones de antaño. Cada día son más los segmentos socio-económicos que emergen en la sociedad, como por ejemplo, trabajadores por cuenta propia, contratistas y subcontratistas, distribuidores, asesores o consultores privados en distintas áreas de la vida económica y social y profesionales independientes o asociados en distintos rubros económicos. Por otra parte, las categorías tradicionales asociadas a la clase media han ido perdiendo casi la totalidad de los atributos que le eran distintivos. Por ejemplo, los llamados trabajadores de cuello y corbata (funcionarios públicos y empleados particulares) que en el pasado eran considerados pertenecientes a la clase media, ya que poseían un cierto prestigio y remuneraciones acorde con un nivel social reconocido. Un lugar especial en la clase media tenían los profesionales universiatarios – que de hecho eran pocos- y que constituían una categoría privilegiada en la sociedad, en tanto sus remuneraciones, cuota de poder y prestigio social eran incuestionables. Hoy día, para muchos profesionales que ejercen en el mercado laboral en Chile, eso parece una historia inventada por los abuelos.

 

El tamaño hipertrofiado de la clase media en Chile, en las últimas décadas, fue el constructo ideológico del neoliberalismo. Hasta hace poco en Chile la gente se definía como perteneciente a la clase media en un rango extremadamente alto. Las encuestas situaban esas cifras entre 70%-90%. De acuerdo a eso, la pobreza habría desaparecido del mapa nacional por arte de magia y también por secretaría.

 

La clase media, como concepto, es un tema que va asociado al manejo del poder en la sociedad y reside en manos de quienes ostentan ese poder. Su definición, su utilización y manejo comunicacional es un tema fundamentalmente ideológico. Por tratarse de algo dificil de definir deja un importante espacio para ser instrumentalizado y distorsionado con fines político-ideológicos. A las variables antes mencionadas, se debe adicionar el factor subjetivo que complica aún más su definición, porque cada persona tiene una forma distinta de percibir la realidad, dependiendo de su propia experiencia que, además, está fuertemente condicionada por la ideología hegemónica en la sociedad.

El tamaño hipertrofiado de la clase media en Chile, en las últimas décadas, fue el constructo ideológico del neoliberalismo. Hasta hace poco en Chile la gente se definía como perteneciente a la clase media en un rango extremadamente alto. Las encuestas situaban esas cifras entre 70%-90%. De acuerdo a eso, la pobreza habría desaparecido del mapa nacional por arte de magia y también por secretaría. Algo muy similar al «logro» obtenido por el ex Ministro Mañalich en el primer periodo de Piñera cuando terminó con las listas de espera en el sistema de salud.

 

En un país próspero, pocos aceptaban definirse como pobres, aunque en la realidad no fueran capaces de vivir de su salario, sin recurrir al endeudamiento. La gente sentía terror a ser percibida como pobre, porque pertenecía a un país de «ganadores». En un país de ganadores, nadie quería ser «perdedor», que era lo mismo que ser pobre. En un país lleno de oportunidades, el ser pobre era atribuible a su propia responsabilidad. En un país que se definía de «clase media» era dificil ubicarse en los extremos.

 

Nada de lo que ha ocurrido en el país -administrado por la dictadura neoliberal- es producido por efecto del azar. El modelo necesitaba de una propaganda fuerte, motivadora para poner en marcha la maquinaria de una economía que debía ser potente y mostrar buenos índices macroeconómicos que era en definitiva lo que interesaba. Todo había funcionado aparentemente bien, de acuerdo a lo planificado. La ideología dominante había logrado instalar en el inconsciente colectivo la percepción que el país había dejado atrás la mediocridad propia de esta parte del continente. Chile se había levantado como paradigma para las naciones en desarrollo. «Chile era una oasis», a decir de Sebastián Piñera.

En un país próspero, pocos aceptaban definirse como pobres, aunque en la realidad no fueran capaces de vivir de su salario, sin recurrir al endeudamiento. La gente sentía terror a ser percibida como pobre, porque pertenecía a un país de «ganadores». En un país de ganadores, nadie quería ser «perdedor», que era lo mismo que ser pobre. En un país lleno de oportunidades, el ser pobre era atribuible a su propia responsabilidad. En un país que se definía de «clase media» era dificil ubicarse en los extremos. La mimetización social llegó a tanto que, incluso, algunos ricos comenzaron a decir que pertenecían a la clase media. De esa manera: «todos éramos iguales». Las enormes diferencias sociales se escondieron tras el endeudamiento extremo en muchos casos, «democratizando el consumo y también el consumismo» que se veían favorecidos por el espiral del endeudamiento. La tarjeta de crédito ayudó a realizar el milagro, con una expansión más rápida que la venta de celulares. Los pobres en Chile desaparecieron por arte de la magia neoliberal; entonces nacieron los grupos de «carenciados», «vulnerables», «clase media emergente» y la más reciente versión, «los que no llegaban a fin de mes», aunque todos tienen un denominador común; no puede vivir de sus bajos salarios, sin ser subsidiados por el Estado o tener que trabajar hasta niveles inhumanos. El endeudamiento actual en Chile alcanza al 75% de los ingresos de los trabajadores y con una cifra de deudores morosos cercano a los cinco millones de personas.

La percepción de pertenencia a la clase media desapareció con la fuerza con que se recogen las aguas después de un cataclismo. Porque el Estallido Social de octubre 2019 fue semejante a eso y los efectos de la actual pandemina vinieron a desnudar aún más una realidad que había estado oculta bajo el manto de la propaganda neoliberal difundida en Chile y en el exterior.

Hoy, tanto el gobierno como la oposición hablan de sectores vulnerables, mucho más que de clase media. Para los políticos negacionistas de la realidad la palabra pobre no existe. Se han sumado a una tendencia creciente de «aporofobia» (rechazo o aversión al pobre). Ese antiguo fenómeno social que bien definió Adela Cortina Orts, filósofa y catedrática de la Universidad de Valencia, España, hace algunos años. Pero más allá de eso, lo importante es que la propia gente hoy día le ha perdido el miedo a esa palabra. Porque tienen claro que no es la palabra la que humilla, sino la condición injustificada de pobreza en que los ha sumergido el sistema. Hoy día son muchos los que han asumido que la realidad es más fuerte que cualquier construcción ideológica que pretenda «tapar el sol con un dedo».

La gente no vive de definiciones semánticas, ni se alimenta de propaganda. La gente ha comprendido que la dignidad de las personas está por sobre cualquier palabra que designe su realidad socioeconómica, sea ésta permanente o transitoria. Lo importante es asumir la realidad para cambiar una situación de injusticia social y atropello a la dignidad de las personas. Y eso es lo que la gente viene haciendo, con fuerza, desde el 18 de octubre del año pasado.

 

Higinio Delgado Fuentealba.

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