El gobierno está haciendo todo lo posible para generar las condiciones de un nuevo estallido social. Malas y contradictorias  decisiones políticas, un pésimo manejo de la pandemia, que tiene a Chile como el país con más casos de Covid-19 medidos en proporción a su población, un desesmpleo que ha roto todas las marcas de las últimas décadas, pobreza desatada y problemas de alimentación diaria han llevado a un deterioro no visto desde la dictadura de las relaciones políticas y sociales. Bajo esta atmósfera, el gobierno de Sebastián Piñera insiste en conducir al país en esta misma dirección. Hacia un muro o hacia el abismo en un viaje enceguecido por mantener las bases económicas y culturales de un modelo que por donde se mire tiene fracturas y grandes grietas. Las advertencias hechas por la población a partir del 18 de octubre pasado, aunque sea increíble, parece no haberlas escuchado.

 

Piñera y su gobierno se protegieron por la pandemia para gobernar desde marzo pasado. El Covid-19 aplacó con miedo las movilizaciones que habían comenzado a reactivarse y expandirse en marzo. Han pasado desde entonces ya casi cuatro meses de torpezas, bandazos y, en especial, de desprecios. El gobierno de Chile Vamos no solo ha demostrado una incapacidad de gobernanza en tiempos complejos sino ha transparentado, de forma obscena, sus intereses, difícilmente ocultados bajo su retórica.

 

Represión sistemática, largos meses en estado de catástrofe bajo toque de queda y el rechazo abierto y desesperado a alterar la lógica mercantil. Bajo estos criterios llegamos a caídas monumentales de la actividad económica, según las mismas palabras del ministro de Hacienda, a quiebras de millares de emprendimientos y pymes, a una tasa de desempleo que podría elevarse hasta un treinta por ciento, como sucedió durante la dictadura, a suspensión de pagos y desalojos.

 

Esta no es una recesión económica. Es una catástrofe social que apunta a ser una crisis humanitaria. Una escena que ha sido despreciada por el gobierno en cuanto ha privilegiado la mantención del actual orden económico en desmedro de las demandas de la población. A partir de ahora y bajo las mismas circunstancias, no hay espacio para nada más. No será posible salir de este abismo con un gobierno tan repudiado. Piñera se ha convertido en la figura política chilena más aborrecida desde tiempos de Pinochet.

 

La pandemia cristalizó las políticas oficiales pero calentó el malestar, latente desde octubre pasado. Larabia, una condición que ha derivado en una actitud creciente y colectiva. Las movilizaciones, las cacerolas, las barricadas y otras expresiones de la deseperación está presentes y en pleno desarrollo. Pasaron más de seis meses y todo sigue suspendido en un aire que tiende, como en la primavera pasada, a volverse espeso e irritante.

 

El rechazo abierto al proyecto que faculta el retiro del diez por ciento de los fondos de pensiones ha confirmado cuál es la verdadera política del gobierno. Estamos muy lejos, si alguna vez fue diferente, de considerar la política como la realización de un proyecto societal común, percepción que se consolidó tras las grandes traiciones de los socialdemócratas devenidos en neoliberales. Lo que tenemos hoy es la vieja política descrita por Marx: la más cruda lucha de clases y todos los mecanismos puestos en marcha para asegurar los privilegios de la clase propietaria.  La democracia, tutelada, burguesa, sesgada para los tiempos de crecimiento. La represión, el recorte de libertades y, eventualmente, la dictadura en sus variadas formas para tiempos revueltos.

 

Es eso lo que estamos viviendo desde octubre pasado.  Pero esta tarde se ha corrido una nube en esta escena oscura. La votación de la Cámara de Diputados a favor de la reforma que permite el retiro del 10% de los fondos de pensiones es el inicio de un proceso largamente deseado por gran parte de la ciudadanía. Es un golpe a las AFP, pero principalmente un golpe al orden económico y al gobierno, que llevó una propuesta parlamentaria al terreno de la confrontación. Y en ese lenguaje, ha perdido.

 

Es la primera victoria que ha logrado el pueblo movilizado. Es el inicio de la desmantelación del modelo.

 

Por Paul Walder

Deja una respuesta