La prensa funcional al aparataje institucional no ha podido ocultar esta semana lo evidente: la aprobación por la Cámara de Diputados y Diputadas de la reforma que permitirá el retiro del diez por ciento de los fondos de pensiones ha sido un tremendo golpe político al gobierno. No solo porque se ha tratado de un proyecto pergeñado por la oposición parlamentaria sino porque contó con la aprobación de trece diputados y diputadas de Chile Vamos. Con este evento la crisis iniciada en las calles el año pasado ha llegado al centro de la política.

 

Lo que observamos y padecemos es una crisis sistémica. Aquello que se inició con una detonación social de proporciones nucleares mantiene todas sus causas intactas y en latencia. Como el malogrado gobierno no ha logrado aplacar los motivos sino actuar solo sobre sus efectos, como es el creciente control policial y recorte de libertades, los meses bajo pandemia y cuarentena le han jugado en contra. El freno de las movilizaciones no respondía al cansancio social sino al miedo al contagio.

 

Desde octubre a la fecha para el gobierno, y para gran desgracia de los chilenos, ha sido un periodo de decadencia, hundimiento y paralización. Un proceso históricamente breve pero de alta intensidad, que ha mostrado de manera impúdica las tremendas contradicciones que sostienen la institucionalidad neoliberal. Si en octubre había conciencia de que aquello no funcionaba para gran parte de la población, hoy la evidencia es palmaria. Las salidas del pantano que se demanda en las calles, y también de manera creciente entre la banal y resbaladiza clase política, es la desinstalación de todo el andamiaje neoliberal.

 

De la detonación social al mal manejo de la pandemia. El vergonzoso primer lugar mundial en número de contagios por millón de habitantes es consecuancia del plan de control del Covid-19, que no pudo haber sido peor. En pocos meses Chile logró establecer esas tristes marcas de morbilidad y mortalidad a la vez que las erráticas cuarentenas móviles han sumergido la economía a pisos no vistos desde la década perdida de finales del siglo XX.

 

A la crisis social, sanitaria y económica había que agregarle el descalabro político para tener la tenebrosa escena en perspectiva panorámica. Una crisis de gobernabilidad para ser más exactos: es necesario apuntar que las elites lograron administrar sin mayores ruidos el país durante décadas aplicando desmedidas políticas neoliberales, precisamente la incubación del desastre actual.

 

La crisis de gobernabilidad estaba en gestación durante meses, aun cuando análisis más profundos hallan sus orígenes en los pactos de las elites socialdemócratas y democristianas con la derecha golpista desde la temprana postdictadura. Un deterioro progresivo que Sebastián Piñera y su gobierno logran contener durante los últimos meses del año pasado con la ayuda poco entusiasta del Congreso, pero sin duda un necesario apoyo.

 

La pandemia llega a Chile durante la reactivación de las protestas y movilizaciones. Y a partir de entonces, un caos silencioso e invisible. La tragedia del Covid-19 y la paralización de la economía han disparado las quiebras de emprendimientos y pymes, con tasas de desempleo no padecidas desde la profundidad de la dictadura hace más de 40 años. Una catástrofe económica que muta diariamente en un drama social y humanitario expresado en caídas de los ingresos familiares, parciales y totales, cifras de morosidad en marcas históricas, comienzos de desalojos y ollas comunes en los barrios, la visión más cruda de la pobreza, que es hambre.

 

Piñera ha intentado resolver este drama con bonos, entrega de cajas de alimentos y créditos blandos, todas medidas insuficientes que no resuelven el problema estructural sino tampoco consiguen restaurar el quiebre producido a partir de octubre pasado entre el presidente, su gobierno, y la ciudadanía. Sebastián Piñera se ha consolidado desde el 18 de octubre como presidente chileno más repudiando por el pueblo de toda la postdictadura. Una marca infame que ninguna de sus medidas de apoyo ha logrado modificar.

 

La aprobación del proyecto de retiro del diez por ciento de los fondos de pensiones, que hasta el momento no es ley, ha dinamitado la coalición oficial de Chile Vamos y le ha dado un nuevo golpe, cual bola de demolición, a la institucionalidad neoliberal. Se trata de un proyecto de urgencia para cubrir demandas a las que el gobierno no responde. Un mal proyecto, no hay duda, en cuanto se usan esos ahorros destinados a la vejez para gastos corrientes, pero una solución de emergencia ante la precariedad y el hambre.

 

El rechazo abierto y casi desesperado que ha hecho el gobierno al proyecto de los diputados y diputadas ha sido también un nuevo y determinante error político. Ha transparentado de forma obscena su relación con el gran capital exportador, comercial y financiero, favorecido por las ingentes inversiones de los fondos de pensiones. Poco se ha cuidado Piñera y su gente en abrazar públicamente a los representantes del gran capital, finalmente sus socios y amigos. Un espectáculo vergonzoso que ninguna retórica política ha podido filtrar.

 

Al proyecto le queda todavía el paso por el Senado, cámara conservadora que ha cristalizado el torvo espíritu de la política chilena de los últimos treinta años. Y si  llegara a ser aprobado, Piñera todavía tendría mecanismos para frenarlo, como un requerimiento ante el Tribunal Constitucional, un veto u otra figura.

 

Pero el cerco ya se ha corrido y Piñera está al borde del abismo. Por ello, si llegara a parar el proyecto la victoria sería pírrica. ¿Qué triunfo podría levantar con un país en llamas?  El Congreso por mayoría, junto a ese grupo de diputados oficialistas, ha visto que el clima del 18 de octubre arma la escena de estas semanas y meses, un ambiente que pese a su densidad y evidencia ni el presidente ni su gobierno se muestran dispuestos a aceptar.

 

Chile está en una crisis sistémica con un gobierno que se ha instalado y atrincherado en el centro de este trance. Durante estas últimas semanas carabineros ha estrenado modernos equipos antidisturbios, que patrullan en las noches en toque de queda junto a militares y miembros de las otras fuerzas armadas.

 

La obstinación de Piñera en su alianza con el gran capital y en la defensa del orden neoliberal ya no resiste matices. Su condición de inversionista y especulador, como un primus inter pares, ha cortado todas las vías de comunicación, con las organizaciones, con el pueblo y con los partidos. Un momento crítico y peligroso que ha estrechado aún más la democracia chilena. La perseverancia por la defensa a ultranza de la institucionalidad de mercado es hoy un factor de alto riesgo que puede hacer saltar por los aires los pobres espacios que restan de democracia.

 

Por Paul Walder

 

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