El presidente Sebastián Piñera ha realizado un cambio de gabinete que es el tercero desde el estallido social. Un cambio mayor, que considera también al tercer ministro del Interior y consolida el proceso de regresión autoritaria, de cristalización política y cierre definitivo a las demandas de la ciudadanía. Piñera, que desde octubre solo había reforzado su gobierno para intentar sobrevivir a las permanentes crisis, sociales y económicas, busca con este cambio de ministros reparar la crisis política desatada en su propia coalición.

 

El presidente ha reforzado y profundizado la trinchera ante la ciudadanía. Ha acudido a algunos personajes clave y aparentemente incombustibles de la derecha. Como el antiguo cacique de Renovación Nacional Andrés Allamand y viejo aliado de Piñera, nombrado hoy como canciller, y al UDI Víctor Pérez, varias veces presidente de ese partido y que hunde sus raíces políticas como alcalde designado por la dictadura cívico militar. Ambos exsenadores han mantenido su lealtad con las bases de la dictadura y el orden neoliberal y son abiertos activistas por rechazar un cambio de constitución en el plebiscito de octubre.

 

Todas las piezas que ha movido el presidente tienen como únicos objetivos el repliegue y blindaje de su gobierno. Si la respuesta a las demandas del 18 de octubre y a los efectos sociales y económicos de la pandemia son conocidas, este cambio es una respuesta a la coalición Chile Vamos, en rebelión con la aprobación del proyecto, hoy ley, del retiro del diez por ciento de los fondos de trabajadores y trabajadoras. Gonzalo Blumel en Interior, ni Ignacio Briones, en Hacienda, ambos de Evópoli, lograron contener la rebelión en los grandes bloques de la UDI y Renovación Nacional. Con el ingreso al gobierno de Mario Desbordes, presidente de RN, que integra la cartera de Defensa, y del peso completo de Allamand en Relaciones Exteriores, más el permanente Víctor Pérez en Interior, las fuerzas entre el parlamento deberían apuntar a una mayor proporcionalidad. Esa es supuestamente la idea. Pero es un equilibrio precario que solo busca la armonía interna para salir de una crisis sistémica que en poco tiempo cumplirá un año.

 

El nuevo diseño de gobierno confirma la emergencia. No hay cambios de contenidos, de programas ni de un vuelco ante la fuerza de las demandas ciudadanas. En este sentido, lejos de aportar en soluciones en los problemas reales del país, aumenta los niveles de error en los que ha caído y tiene toda la apariencia de ser la expresión de las escasas herramientas que le quedan a Piñera para mantenerse a flote. Estas figuras, duros entre los duros, representan el deseo de Piñera de aumentar las políticas y los recursos empleados para sortear la mega crisis desatada desde octubre pasado.

 

Hay una señal que es de gran inquietud. El 90 por ciento de la ciudadanía, según las encuestas, está esperando la realización del plebiscito de octubre para iniciar el proceso de un cambio constitucional. El gobierno, que accedió en noviembre pasado a dar curso al proceso constituyente prescindiendo de una postura, entrega con el nuevo diseño de gobierno la señal contraria. Dos de los nuevos ministros, pero especialmente Andrés Allamand, ha ido una pieza clave para el rechazo a un cambio de la constitución de Pinochet.

 

Paul Walder

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