Se transformó en la noticia del día y se postula a la del año. Ofuscado por un presunto abuso de su padre en contra de su novia, El Nano decidió resolver la afrenta por la vía directa: agredir a tajos a su padre, el que resultó con diversas heridas y varios trajes menos.

Lo que pudiera haber sido uno más del sinnúmero de hechos violentos en los que muchachos jóvenes se ven involucrados a diario, no nos habríamos enterado.

Pero se trató del hijo de una de las mujeres más famosas de Chile, cuyas palabras tienen el poder de lapidar a quienes se ubiquen en el lado opuesto de sus opiniones o certezas.

La madre del Nano, Raquel Argandoña, es una de las más famosas y glamorosas féminas de la televisión, que ha llegado a ser una importante opinóloga, de cuya afilada lengua no se salva nadie.

La señora Argandoña compuso un trío de temer con la excantante Patricia Maldonado, cuya verborrea fascistoide la sitúan como una de las mujeres más amadas por los viudos de su compadre Pinochet, y con la doctora Cordero, una médico psiquiatra algo cucarra y grosera, que se hizo famosa por ser una deslenguada que no mide sus opiniones. Ese trío, Las Indomables, no dejaba títere sin cabeza

A Argandoña le cayó la noche con la imputación del delito de parricidio frustrado en contra de su hijo, El Nano.

Poseedor de autos de alta gama, organizador de carreras clandestinas, exhibicionista de dineros y armas, admirador de El Chapo Guzmán y de Pablo Escobar, agresivo y decidido, El Nano a sus veintitrés años se perfila como un promisorio y poderoso hombre de acción.

Mucho dinero, lujos, armas, impunidad, violencia, ausencia absoluta de valores, viviendo en un mundo paralelo al que discurre el de la gente normal, trenzas de relaciones en las que es difícil separar la política, la farándula, los negocios y la herencia de los cuerpos de seguridad de la dictadura, es la sopa en la que se crió El Nano.

Por eso supo desde pequeño que pertenecía a una estirpe en la que todo era posible. Por las buenas o por las malas.

Algunos dicen que varias veces ha golpeado a sus novias y otros, más avezados, lo sitúan quemando la casa del recordado Felipe Camiroaga. ¿Cómo será la cosa?

De vez en cuando algún hijo de un personaje connotado sale al baile de los que sobran, metidos en líos judiciales, los que por cierto, jamás han terminado en alguna condena proporcional al delito. Este no será la excepción.

Muchos jueces, y peor aún, la justicia, se mueven al ritmo de los poderosos. Y por cierto, casi todos los periodistas.

El caso de su hijo le ha permitido a la señora Argandoña saber que los presos de común cuando no están en el penal que los cobija, van encadenados. Así sea que estén enfermos de gravedad en una camilla, la norma dice que el preso estará anclado con grilletas o esposas.

Hace un tiempo hizo noticia el caso de una mujer que debió parir atada al catre por medio de cadenas.

El caso de El Nano también ha dejado en evidencia, otra vez, que hay jueces que se doblegan ante los poderosos y tratan con guante blanco a delincuentes de esta raigambre.

También evidencia la miserable prensa nacional que dispone de equipos, noteros y espacios al aire para cubrir casos como este, pero silencian a propósito otros casos incluso de mucha mayor gravedad, pero que afectan a gente que no es poderosa.

El caso de El Nano, desnuda, una vez más, los efectos de la política cultural del orden.

La cultura del despilfarro y la ostentación, de la violencia como vía para resolver desavenencias, de la impunidad de los ricos y poderosos, de la vigencia plena de los valores de la dictadura en los que una bala es el mejor argumento, en la podredumbre de los que posan en las pantallas al margen de la realidad, de la sumisión de jueces y periodistas que finalmente permiten que esta sociedad tenga una bonita cara.

El padre de El Nano retirará los cargos y se comprará nuevos trajes. La madre se comprometerá a profundos tratamientos y se irá por algunas semanas a Miami a recuperarse del estrés. El Nano volverá a manejar sus autos caros. Los jueces y periodistas habrán hecho lo suyo.

Y el mundo seguirá su curso.

 

Por Ricardo Candia Cares

 

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