Hemos advertido que el Plebiscito Constitucional no se hará. Y si se hace, será con todas las trampas posibles. Como sabemos, la derecha no tiene vocación de suicida, antes bien, sí de homicida.

 

Pero jamás olvidemos que la convocatoria a un plebiscito que dirima si el censo quiere o no una nueva constitución, no nace de la nada. No es un capricho democrático repentino de la derecha, ni una ofensiva impulsada por cierto sentido de culpa de la Ex Concertación.

 

El acuerdo que da origen al cacareado y traqueteado proceso constituyente, es impulsado por el miedo del estatus quo.

 

Para nadie es un misterio que esa iniciativa de apariencia democrática, se impone por la poderosa decisión del pueblo que hizo patente su anidada bronca en un levantamiento inédito, que tuvo al sistema por las cuerdas y más allá.

 

Las opciones era  claras: o se inventaba una vía de escape, o todo lo que había se derrumbaba.

 

Ni cortos ni perezosos, los políticos del sistema, responsables últimos de la situación, dejaron de lado sus aparentes diferencias y se volcaron a buscar una salida, obviamente a espaldas a los verdaderos protagonistas.

 

Es preciso recordar que por esos días, las encuestas a la que tanto se ciñe el sistema,  daban cuenta que los partidos, el Congreso y el gobierno que impulsaban ese acuerdo, no representaban siquiera a los que habían votado por ellos.

 

Ilegítimos e inmorales, se dieron a la tarea de tratar de embaucar a la gente con una oferta que si acaso figuraba en el quinto lugar de las exigencias embravecidas de las calles y plazas.

 

Por donde se lo mirara, la idea era ganar tiempo, desinflar las protestas y obtener una posible salida.

 

Lo contrario se resumía en dos opciones trágicas: la renuncia de todo el sistema o la matanza.

 

Decididos a hacer la votación el 25 de octubre, las artimañas para evitar que se haga, o en subsidio, para evitar que vote la mayoría de la gente, están comenzado recién su aparición.

 

La derecha, experta en campañas del terror, mentirosa, cruel y desvergonzada, está amenazando con las penas del infierno si llegase a ganar la opción del Apruebo.

 

Los partidos de la exConcertación, que gobernaron más de veinte años al amparo de la actual Constitución y jamás mostraron apuro en cambiar lo sustantivo de ella, se suben al carro del Apruebo.

 

Y en este punto cómo no recordar la faraónica puesta en escena del año 2005, cuando  Ricardo Lagos cambiaba su firma por la de Pinochet en el texto constitucional y decía:

“Chile cuenta desde hoy con una Constitución que ya no nos divide”, sin que se le moviera un músculo de la cara.

 

Las nuevas constituciones tienden a nacer para superar una crisis. Esta vez no es una excepción.

 

Sin embargo, a pesar de la enorme crisis política que sufre la cultura neoliberal, y tal vez por lo mismo, le sistema político oficial lanza esta iniciativa que tiene tintes de ser un señuelo para desviar la atención.

 

Pocos discutirían la necesidad  de que el país se dote de una nueva constitución, esta vez de verdad democrática, es decir, que nazca de la real voluntad del pueblo y que interprete sus exigencias.

 

¿Pero es esta la vía, la oportunidad y la forma?

 

Para decir las cosas como son, la convocatoria a plebiscito constitucional sigue siendo una manera de ganar tiempo.

 

Se intenta por esta vía desmovilizar a la gente, luego de la pandemia. El objetivo es desviar la rabia de la gente hacia un proceso de apariencia popular, pero que tiene las trampas necesarias para ser manipulado en cualquiera de sus fases.

 

Pero, aún en esa circunstancia, ¿vale la pena votar y demostrar la enorme orfandad de la derecha?

[themoneytizer id=»35731-28″]

 

Por cierto que sí.

 

Con todo y sus trampas, el sistema ha abierto una pequeña brecha que debe entenderse solo como una oportunidad de demostrar que la mayoría quiere y exige un cambio.

 

Pero esa opción también exige tener conciencia que por sí solo este derrotero constitucional no necesariamente terminará en una constitución como la inmensa mayoría exige.

 

Aún así, una alta votación del Apruebo puede permitir avanzar en la creación de un estado de ánimo importante en la gente y eso sí que sirve.

 

Porque en este proceso ha quedado de manifiesto que una de las mayores fortalezas de la movimiento popular que se expresó a partir de octubre, es, a su vez, su gran debilidad: su ausencia como actor en la política, su falta de organicidad, la ausencia siquiera de voceros que sean capaces de interpretar eso que anda y que puedan enfrentarse a los que intentan apoderarse de su energía.

 

Institucionalizar la pelea de la gente es intentar disminuir su capacidad para expresar sus rabias postergadas por tanto tiempo. Se propone distraer los reales objetivos de la gente que salió a las calles y plazas, la que puso los muertos, los mutilados, los heridos, los torturados y los presos, maniobras típica de la politiquería antipopular.

 

Pero es también una señal de la real debilidad del sistema.

 

El Proceso Constitucional, por sí solo, rasca donde no pica. Pero hay que tener claro que la explosión popular luego de una derrota estrepitosa del Rechazo, agrega un condimento que hará mucho más rico lo que viene.

 

Para que nadie se engañe: la gente no se ha desmovilizado.

 

Por Ricardo Candia Cares

Deja una respuesta