Dos importantes columnistas nacionales abordaron en los últimos días las motivaciones del exministro, exsenador, expresidente de la UDI Pablo Longueira para afirmar, en entrevista en El Mercurio, que votará Apruebo.  Intentaron así desentrañar qué pasa por la mente del formalizado político, algo en todo caso no es tan difícil considerando que a poco andar él mismo aclaró en un taller de El Líbero que, en el fondo, está por el Rechazo, pero que decir lo contrario es parte de su estrategia para legitimarse, ser convencional constituyente y defender los principios de la actual Carta Fundamental en una eventual futura Convención Constitucional.

Sus objetivos son parte del debate.  Pero también debiera ser la legitimidad de las acciones para lograrlos.

Es posible que, por la visibilidad pública que ha tenido Longueira desde el fin de la Dictadura (y desde antes, incluso), no requiera mayor promoción para visibilizarse en una posible competencia como convencional constituyente.  Sin embargo, llama la atención la virtual cadena nacional que se ha dado a sus argumentos en pro del Apruebo, en pro del Rechazo, a sus volteretas y al ninguneo -sectarismo mediante- de una integrante del Consejo de Defensa del Estado por defender lo público.

Su exposición a través de los medios nacionales, en un electorado bien poco crítico e informado, le da mayores garantías para salir electo.  Incluso en el “peor distrito de Chile” como despectivamente refirió al de San Bernardo a través de TV abierta.  Lo hemos visto muchas veces, en política no existe la mala prensa cuando a pesar de las denuncias públicas, torpezas, ignorancias, obscenidades e incluso delitos, la ciudadanía sigue en muchos casos votando por quienes tienen el don de la omnipresencia.  Eso Joaquín Lavín, delfín junto a Longueira de Jaime Guzmán, lo sabe muy bien.

Hasta ahí la responsabilidad de los medios, que bajo la figura del interés ciudadano (que sabemos es un concepto relativo y muy bien puede ser digitado) le da cobertura a pesar de la montaña de pruebas que dan cuenta de su disociación de la realidad y su participación en hechos de corrupción política.   Sigue siendo, como otros, privilegiada fuente. Cierta prensa parece que tampoco quiere que el país cambie.

Sin embargo, tal no es la única conclusión que se deriva de su arremetida.

La principal, que Longueira es el ejemplo claro de uno de los fundamentos que han socavado la institucionalidad del país, principalmente relacionado con la trenza político/empresarial que ha gobernado Chile.

¿Qué fue lo que dijo el exlegislador?  Que él se ha manifestado públicamente por el Apruebo no porque esté por cambiar la Constitución sino como una forma de ser parte de la futura Convención Constitucional para bloquear todos los cambios posibles.   ¿Y cuál sería la mejor forma de salir electo y ser incidente? Beneficiarse de la legitimación de votar Apruebo, en circunstancias que él está por el Rechazo.

Medio rebuscada la explicación, lo sé, pero así son las operaciones políticas.

Lo que devela el impasse Longueira es que desde hace rato se ha confundido estrategia comunicacional con mentir.   Mentir directa y descaradamente. Mentir a vista y paciencia de todos y todas. Mentir porque la prensa, o no se da cuenta o simplemente sigue el juego porque da réditos en sintonía y eso, en los medios de comunicación, es dinero.

La mentira como arma de acción política, como hace algunos años publicara a propósito de un compromiso del ex ministro de Energía de Michelle Bachelet, Máximo Pacheco, a propósito de una promesa que hizo en el Congreso que no tenía intención de cumplir.

Vemos mentiras todos los días.

Como cuando el ministro de Interior Víctor Pérez, también UDI, nos dijo que el contraste entre la represión de Carabineros a los y las trabajadoras de la salud y la escolta a los adherentes del Rechazo se debió solo a diferencias operativas no políticas ni ideológicas.  En circunstancias que, duele decirlo, en Chile al menos desde hace mucho la policía uniformada está más inclinada hacia la defensa corporativa de un sector político en particular.

O cuando el Presidente Sebastián Piñera posó en Plaza Dignidad para una sesión fotográfica, afirmando luego que solo iba pasando por ahí.

Lo sabemos en los territorios, confundir estrategias comunicacionales con manipulación y tergiversación ha sido una práctica que, bajo la consigna del diálogo y la convergencia, consultoras como Tironi y Asociados (de Eugenio Tironi) e Imaginacción (de Enrique Correa), ambos próceres de la ex Concertación, han intervenido socialmente para todo tipo de proyectos extractivos.  No son los únicos, por cierto, pero son los mejores exponentes de esta forma de enfrentar lo público.

Desde hace un tiempo se preguntan algunos en qué momento se jodió Chile, emulando el inicio de aquella obra de Mario Vargas Llosa “Conversación en la Catedral” que, en todo caso, es crítica de la dictadura peruana de Odría. Y claro, nos hablan de cuando dejamos de pensar que el crecimiento era lo fundamental, cuando dejamos de escuchar a los técnicos, cuando la calle (en ese patipelado saco meten a todos y todas: protestas, asambleas, conversatorios, diálogos, plebiscitos, etc.) comenzó a marcar la pauta.

Pues bien, creo que el inicio de la jodienda de cualquier país o colectivo es cuando la mentira se usa como herramienta de ejercicio político y al resto nos da lo mismo.

Eso nos enseñó Longueira.

Por Patricio Segura

Fuente: el Divisadero

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