La crisis sanitaria y económica de este tiempo oscuro hace resaltar la pandemia de la desigualdad: gran parte de la población se haya angustiada por la falta de trabajo e ingresos, sin lo mínimo para comer y subsistir pero con muchas incertezas,  en tanto los dueños del dinero  miran para otro lado y se quejan porque sus fortunas  no les reportan las ganancias y utilidades que esperaban.
   Se trata del cara y sello de la sociedad chilena,  en que la pobreza de las poblaciones, la extrema pobreza de los campamentos y el hacinamiento de los cités contrasta brutalmente con los formidables patrimonios de los superricos, que aun así  se lamentan en la medida que los resultados de sus operaciones financieras  de alto vuelo no coinciden con las expectativas trazadas por el mercado.
   Este sistema irracional sin rubor favorece a unos pocos,  los que no se satisfacen nunca: es el caso  del holding Laureate, que decidió escapar de Chile cuando vio en duda  sus proyecciones de lucro ilimitado, dejando en el aire a decenas de miles de estudiantes (las universidades Viña del Mar, Andres Bello y de Las Americas le pertenecían, al igual que el instituto AIEP). La Escuela Moderna de Música pasó a manos de una fundación encabezada por avezados empresarios que se presentan como «sin fines de lucro».
   Entre lloriqueos Cencosud del magnate Horst Paulmann dio cuenta  que en el segundo trimestre de este año registró pérdidas  por 77 millones de dólares. La firma, dueña de Jumbo,  Santa Isabel, Easy y Paris, con presencia mercantil en numerosos países consiguió ventas por 5.654 millones de dólares en el primer semestre, cantidad suficiente  para entregar utilidades a sus accionistas  pero que no lo es para mejorar las condiciones económicas y laborales de sus trabajadores.
   Con el dolor de sus faltriqueras Falabella anunció el cierre de 4 de sus negocios debido a este «mal momento» en Argentina,  donde posee 10 multitiendas y 9 locales Sodimac. Este grupo de la familia Solari  venía de anticipar de aquí al 2023 inversiones por 2.900 millones de dólares en sus innumerables  establecimientos de variados rubros en Chile y todos los que suma en el extranjero,  donde incursiona con el éxito que da el dinero a raudales.
   Tras los lejanos días de la simple sastrería del «bien vestido, bien recibido», ha corrido mucha agua bajo los puentes. Hubo una dictadura atroz y luego una sucesión de gobiernos neoliberales que han favorecido  y otorgado inmejorables franquicias al gran empresariado, lo que aprovechó Falabella para diversificarse y ampliar su gama de actividades,  de modo que perder un pelo de la cola no le afecta en absoluto.
   El conglomerado de los Solari, controlador de los hipódromos centrales gana a manos llenas en rubros como los seguros, los viajes  y un banco que capta  depósitos a plazo y ofrece  préstamos rápidos en efectivo, además de créditos en los ámbitos hipotecario  y automotor, junto con participar activamente en el lucro farmacéutico, forestal, transporte, rentas vitalicias, malls, tarjeta CMR y un interminable etc. Ahora busca nuevos socios estratégicos evaluando opciones de «rentabilización de las operaciones». No están dispuestos a dejar ir un solo centavo más.
   Los poderosos y los capitales que manejan  no tienen patria  ni un proyecto país, sino que solo el objetivo  de continuar enriqueciéndose sin rebajarse a mirar como lo pasan los demás en momentos en que hay  en funciones  1.200 ollas comunes en el territorio nacional. La minoría ricachona ignora lo que es ayudar, compartir o solidarizar, valores que son propios de las clases populares: ocupados de gimotear  si sus fortunas no se multiplican en una semana, los ricos no quieren ver que medio Chile está sin un peso, sumido en el desempleo, la pobreza y la hambruna, en la inseguridad y la incertidumbre, por tiempo indefinido.
Hugo Alcayaga Brisso
Valparaíso

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