El plebiscito del domingo 25 de este mes, que es el inicio del largo y difícil proceso que dará a Chile una nueva y necesaria Constitución Política

corresponde a la más relevante demanda de la rebelión popular que estalló en octubre del año pasado y que se halla actualmente en pausa a raíz de los efectos de la pandemia de coronavirus.

Este es un logro de la ciudadanía que se movilizó sostenidamente a través de millones de personas en las calles de todo el país, exigiendo profundas transformaciones que signifiquen una democracia plena, restitución  de los derechos básicos de cada chileno, más dignidad y más igualdad para las grandes mayorías que carecen de los privilegios que da el dinero.

El vigoroso despertar del pueblo al cabo de décadas de modorra no tiene relación alguna con la medida de autoprotección de Sebastían Piñera, el que discurrió un «acuerdo por la paz» entre cuatro paredes que suscribió un grupo de parlamentarios en momentos en que las multitudinarias manifestaciones callejeras amenazaban la estabilidad del gobernante en La Moneda.

La Constitución juega un rol decisivo en la construcción del Estado y sus instituciones, en sus leyes y en el actuar de las autoridades legítimas del país. Representa la coraza del Estado de derecho y el amparo contra los abusos de quienes ejercen el poder, a la vez que es el mecanismo articulador de la nación  y su respeto garantiza los derechos y deberes de los ciudadanos.

Los chilenos se ahogan en la camisa de fuerza en que fueron colocados contra su voluntad con un autoritarismo rufianesco y en pleno regimen de terrorismo de Estado aplicado por el golpismo. Aun sin la Asamblea Constituyente requerida con insistencia, el pueblo apunta al cambio de bando militar excluyente promulgado como ley suprema en 1980.

Piñera nunca quiso una nueva Carta Fundamental ya que le bastaba con la que rige hoy legada por la dictadura y redactada por unos cuantos políticos de ultraderecha serviles a los generales y almirantes golpistas. Para el actual mandatario eran suficientes  nuevas pequeñas reformas que se sumarían a las 200 y tantas que ya se le han efectuado para no alterar el espíritu y la esencia que favorece a los poderosos.

La herencia del régimen genocida nunca fue corregida en sus aspectos fundamentales por los gobiernos neoliberales de una «transición» inacabable. Por ello Chile soporta una caricatura de democracia representativa que asegura la dominación de una minoría poseedora de todo, que controla el poder económico, político, militar, cultural y comunicacional de la nación.

Salvo para el pinochetismo que insiste en obstruir la senda democrática por la que quiere transitar la gente honesta, para nadie puede ser motivo de orgullo que Chile sea el único país en el mundo que mantiene la misma Constitución dejada por un régimen ilegítimo cuyos herederos pretenden prolongar su vigencia. Como anécdota, todavía existen los desclasados y los fachos pobres, albergados por los partidos «republicano» y pino-«gremialistas».

Cuando el pueblo siente la frustración y el cansancio provocados por la actual seudodemocracia supeditada  al dinero y tiene por delante la oportunidad histórica de reconquistar una democracia de verdad sostenida por la igualdad,  la justicia social y la solidaridad, y que garantice los derechos fundamentales, todo indica que las opciones Apruebo y Convención Constitucional ganaran en el próximo plebiscito nacional por amplio margen, en forma concluyente, sin duda alguna.

 

 

Hugo Alcayaga Brisso

Valparaíso

 

 

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