Durante las últimas semanas -principalmente ante el arribo de la primera conmemoración del estallido social del 18 de octubre de 2019- la clase política en su conjunto ha abierto la siempre exitosa temporada de exigirse mutuamente condenar la violencia “venga de donde venga”. Es esa suerte de examen que pareciera entrega las credenciales de legitimidad cívica necesarias para ser validado no solo por tus pares, sino que por algo a esta altura más importante incluso: por los conductores de los matinales de televisión.

Y es que es tan extremadamente pobre e hipócrita la discusión que se da en nuestro país en torno a la violencia, que adherir a una condena sin examinar sus orígenes es subestimar nuestras propias capacidades intelectuales y críticas, es infantilizar una discusión profundamente política, es aceptar que el margen ético y moral dentro del cual debemos movernos es el que nos dictan personas como Tonka Tomicic. 

Por supuesto que no toda violencia es condenable. Por supuesto que sí importa de dónde viene esa violencia. De hecho, es justamente eso -el origen de la violencia- lo que nos debiera inclinar por decidir o no condenarla. De lo contrario, estaremos legitimando el único y conveniente objetivo que buscan quienes hostigan permanentemente a otros para que condenen la violencia “venga de donde venga”: el perverso intento por empatar hechos y acciones que por su naturaleza, sentido y consecuencias, no tienen comparación alguna.

¿Ha escuchado usted aquella crítica de que el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) solo se preocupa de los manifestantes y no de los uniformados supuestamente violentados? “¿Y dónde están los Derechos Humanos de los Carabineros?”, es una frase que se repite como una ola llegando a la orilla de la playa. Y la respuesta es simple: porque los civiles estamos en una evidente desigualdad de condiciones frente a quienes tienen la exclusividad del uso de la fuerza. Por ello, la labor de entidades como el INDH es justamente intentar equilibrar ese choque de fuerzas desiguales en favor del que no cuenta con la protección del Estado en su accionar.

Condenar la violencia de la Primera Línea, por ejemplo, es evidenciar falta de calle, es desconocer groseramente lo que ocurre en la realidad, es creer que ese grupo de personas está ahí por diversión o porque les encanta la idea de ir a enfrentarse con un escudo de madera, unas gafas y una máscara de gas a un regimiento de verdaderos psicópatas que han sido armados como si fueran a enfrentar a un ejército de soldados de un cartel de narcos. 

Como cualquier persona, los ciudadanos que deciden salir a manifestarse tienen el derecho a organizarse coordinadamente para defenderse frente a la agresión brutal de los agentes del Estado. Es así de simple.

Pero quedarse en el análisis de aquella situación, es finalmente caer en una peligrosa trampa discursiva y mediática reduccionista que busca establecer que existe una sola violencia -la física, la callejera-, obviando que éstas son variadas y sistemáticas, y que -quizás lo más importante-, son ejercidas, promovidas y defendidas justamente por aquellos que nos llaman a condenar la violencia “venga de donde venga”. 

Jaime Bellolio, UDI, actual ministro vocero de Piñera, ha negado públicamente que hallan sido encontrados cuerpos flotando en río Mapocho durante la dictadura

Violencia es no verle los ojos abiertos a tus hijos porque debes salir a las 5 de la mañana de tu casa al trabajo y volver a ella a las doce de la noche para encontrarlos nuevamente durmiendo. Violencia es tener que subirte obligada con esa pena a una micro llena de gente para recorrer parada dos o más horas de trayecto hacia un trabajo cuya remuneración con suerte te alcanzará para pagar el arriendo. Violencia es que los que te llaman a condenar la violencia “venga de donde vengan” estén discutiendo en el parlamento si ese sueldo te subirá o no en 6 mil miserables pesos en los próximos meses.

Violencia es que mientras tú aprietas los dientes en la noche preocupado por cómo llegarás a fin de mes, la misma Justicia que te encarcelaría si rompes un ventanal de un banco decida reducir de 62 a solo 3 millones de dólares -¡de 62 a solo 3 millones de dólares!- la multa por su actuar delictivo a Julio Ponce Lerou, quien financiaba delictivamente a la clase política, gracias a la empresa del litio de la que se hizo delictivamente durante la dictadura.

Violencia es que mientras tu hijo se ha suicidado ante la imposibilidad de pagar ese crédito universitario, esa misma Justicia envíe a clases de ética a los dos empresarios delincuentes del Grupo Penta que le robaron a todo un país mil setecientos catorce millones, ciento sesenta y ocho mil, quinientos cincuenta y cuatro pesos. O escrito en números: $1.714.168.554.  

“La violencia social hace referencia a todas aquellas manifestaciones que surgiendo especialmente de los grupos sociales más desfavorecidos expresan una situación de molestia, malestares -circunstancialmente de ira-, a propósito de situaciones de explotación, exclusión, marginalidad, malos tratos, abusos; es decir, situaciones que en términos estructurales podríamos asociar, por una parte, a la explotación económica, y por otra, a la dominación social y política”, plantea en una entrevista para el medio Unidad Básica Móvil de Comunicación el reconocido historiador y académico Igor Goicovic, dedicado por años a estudiar este fenómeno.

Foto: @rodrigoenero

Por otra parte, vaya usted que condena la violencia “venga de donde venga” a negarle a ese muchacho que nació y creció esperando por una vida algo más digna para él y sus amigos lo innegable: que lo que se consiguió con una noche de violencia no se logró en 30 años de “paz”. 

Pero violento es también que quienes han defendido abiertamente una dictadura y hoy niegan sus aberraciones logren ponernos entre las cuerdas de un ring moral si nos resistimos a condenar que un muchacho arroje una piedra a un carro blindado o lance una bomba molotov a un banco vacío.

Una discusión sobre la violencia que sea realmente interesante y traiga cosechas para una convivencia más saludable entre todos, debiera comenzar por inhabilitar inmediatamente de ese debate a defensores de la dictadura y a quienes hasta el día de hoy continúan negando las aberraciones cometidas por un régimen que todavía permanece entre nosotros. 

¿Cómo es posible que en nuestro país una persona como la ex ministra de Educación Marcela Cubillos o la presidenta de la UDI Jacqueline van Rysselberghe -quienes han realizado una defensa pública de una dictadura que introdujo ratones en las vaginas de mujeres- se paseen por programas supuestamente serios de debate político exigiendo condenas a la violencia y no haya un solo panelista de ese espacio que les enrostre esa evidente contradicción? ¿Habrá alguna radiografía del estado de salud mental de un país mejor que aquella donde se ve a un pinochetista exigiendo al resto una condena transversal a la violencia? 

Ante este escenario que por estos días confunde y oscurece la capacidad de reflexión, siempre será una luz Bertolt Brecht y su inmortal cuestionamiento: ¿Qué es el robo de un banco en comparación con fundar uno?

*Imagen central: Gentileza Agencia Brígida Mena.

Deja una respuesta