Roberto Bolaño escribió que «hay momentos para recitar poesías y momentos para boxear». Y así pareciera que lo entendieron el actor Alejandro Goic, el dirigente social Juan Pablo Rojas y la diputada Pamela Jiles, quienes durante las últimas semanas han hecho noticia por justamente optar por irse a las manos frente a un hecho que los ha indignado.

 

Goic decidió abandonar el estudio de uno de los matinales más vistos de Chile cuando vio entrar a la pinochetista Patricia Maldonado, panelista del espacio. Rojas irrumpió en medio de una comisión de la Cámara de Diputados para interpelar a dos ministros de la Concertación por el drama generado por el CAE, aprovechando de obsequiarles simbólicamente unos cuantos dólares. Jiles, en tanto, se paró de su asiento en el hemiciclo y se le fue encima a su colega de la UDI, Ignacio Urrutia, luego de que este calificara a las víctimas de la dictadura como «terroristas con aguinaldo».

 

Diputado UDI Ignacio Urrutia

A los dos primeros les fue más o menos; a la congresista, bien mal la verdad. Goic fue ninguneado como actor por la panelista del matinal de MEGA, lo que probablemente le habrá generado más placer que pesar al aludido. Rojas recibió un masivo apoyo en redes sociales por su acción, aunque esta le significó que desde las «fuerzas de izquierda» -como llamó a un sector del Frente Amplio- le quitaran el saludo. Pamela Jiles, en cambio, terminó bastante aporreada, sancionada por la Comisión de Ética de la Cámara con los votos de dos de sus compañeros de coalición y decidiendo tras ello renunciar a la presidencia de la Comisión de Familia.

 

“Yo no tenía ninguna posibilidad de frenar una sanción hacia Pamela Jiles, por el reglamento de la Cámara. A pesar de eso, debí no haber respetado el reglamento y lo mejor hubiese sido haber votado en contra”, se disculpó luego el parlamentario del Frente Amplio, Vlado Mirosevic.

 

¿No era justamente esa la instancia perfecta para desobedecer y asestarle un golpe a la impunidad con la que el diputado Urrutia lleva años hiriendo el alma de las víctimas de la dictadura y sus familiares? ¡Que importa un reglamento que intenta castigar con un monto de dinero un ataque artero como el de Urrutia! Era un momento para boxear, y tal como ocurre con todos los deportistas que en Chile practican algo distinto al fútbol, Pamela Jiles estuvo sola al mostrarle los dientes a un fanático pinochetista y lo siguió estando cuando llegó el momento de definir al «ganador» de la pelea.

 

El problema pasa porque Chile anda al revés. La batahola no debiera haberse armado porque un actor desaparece de un programa en vivo, sino que porque en ese espacio se le da pantalla a alguien que ha defendido un régimen que le puso corriente en los genitales a miles de hombres y mujeres. La noticia no debió haber sido que un deudor del CAE le arrojó unas monedas a dos ex autoridades, sino que el hecho de que ambos -responsables de una estrategia para meter a los bancos en el negocio de la educación que ha dañado la salud mental de miles de familias- continúen siendo referentes a la hora de definir políticas públicas. La escandalera no debió armarse jamás porque una parlamentaria estuvo a punto de aforrarle a un colega, sino porque ese sujeto continúa ocupando un asiento en el parlamento gracias a que entre nosotros hay gente que se siente representada por él.

 

Foto: Daniel Labbé

 

Si hubiera que escoger una postal para representar esta cara nefasta de Chile, probablemente sería aquella del señor que en un restaurante llama al mozo para expresarle su indignación por la mujer que amamanta en la mesa de más allá, la misma con la que un  minuto antes fantaseaba.

 

De pronto da la impresión de que hay demasiada gente que se tomó a pecho aquello de «Chile, país de poetas», escandalizándose entonces cuando para alguien la palabra -como dicen los argentinos- no da, no alcanza. Como cuando Sebastián Piñera tuvo que salir arrancando de un grupo de vecinos que lo esperaron en el Hospital de Quintero para vomitarle la rabia que les causa ver a sus hijos vomitando metales pesados. Ya lejos del peligro -me refiero a la contaminación producida por el empresariado- el mandatario acusó a los habitantes de… «violentistas».

 

Desde pequeños nos han educado equívocamente para ‘respetar a la autoridad’, pero sin agregarnos que ello debe estar condicionado insoslayablemente a un escrutinio permanente. ¿Cómo es posible que la atención continúe centrada en cuántos migrantes serán expulsados por delinquir en Chile y no en el hecho de que quien ha impulsado su exilio, el presidente de la República, se haya enriquecido aún más al comprar acciones de LAN manejando información privilegiada a la que sus propios pares o usted no tuvieron acceso sino hasta dos días después?

 

Urgen más Jiles y menos giles. Poesía cuando corresponda, boxeo hasta que la dignidad se haga costumbre. Nos hacemos menos daño yéndonos a las manos que estirándolas.

 

Foto: Daniel Labbé

 

 

Deja una respuesta