Por estos días hace 45 años, en el hospital Calvo Mackenna, agonizaba la escolar Jeanette Fuentealba (11), quien dejó de existir el miércoles 3 de octubre. Al salir de su casa en un barrio popular de Santiago, en la mañana del martes 11 de septiembre, había sido alcanzada por la trayectoria de un rocket lanzado por uno de los aviones de combate de la Fuerza Aérea que atacaba la antena transmisora de una radio leal al gobierno constitucional antes de acometer el bombardeo del palacio de La Moneda.

 

Jeanette fue la primera víctima del tiempo del terror impuesto a sangre y fuego que había llegado a Chile para quedarse, en 1973. Es obvio que para evitarse problemas ante los valientes soldados convertidos en nuevas «autoridades» de facto, el médico que firmó el certificado de defunción – sin duda se equivocó voluntariamente o cometió un error bien pensado – puso como causa de muerte una irreal meningitis.

 

Como decenas de miles, el caso de la infortunada menor se  encuentra aún en la impunidad. Su familia recurrió a los tribunales, donde lo sucedido ha sido objeto de una tramitación tan farragosa como interminable. De haber una resolución judicial, lo que se considera casi imposible, todo finalizará sin culpables: lo que menos interesa a los genocidas es la vida de los demás.

 

Difícilmente podría haber responsables si nunca ha habido decisión política para investigar con seriedad la operación criminal de la Fach, cuyo verdadero objetivo era acribillar al presidente Salvador Allende. Ello, a partir del hecho de que los altos mandos de esa institución se han negado sistemáticamente a entregar los nombres de los pilotos de los Hawker Hunter participantes en este asalto inédito en el país y que abrió la ruta al más negro periodo de la historia de Chile.

 

Al dar la orden de ataque el jefe de la Fach, general Gustavo Leigh, pareció descargar todo su odio contra el mundo popular y el vasto proceso social que se ponía en marcha. Leigh fue un ambicioso oficial clasista, ávido de poder, que usaba la muletilla del «cáncer marxista» atribuyéndole todos los males del planeta, e integrante de la pandilla de generales y almirantes golpistas al servicio de la oligarquía que se autodesignó «junta de gobierno». Años después de su fallecimiento – sin recibir sanción alguna por su accionar subversivo – su viuda pretendió reivindicar su nombre y escribió un libro amañado en su contenido y ridículo desde el título, «El general republicano».

 

Entre los pilotos de la infamia el comandante Mario López Tobar tuvo en los inicios de la dictadura un jactancioso despliegue mediático. Dio una conferencia de prensa a corresponsales extranjeros y publicó un libro entregando detalles del operativo sedicioso que da cuenta de sus alteraciones psíquicas. Antes de sumirse en la invisibilidad este sujeto proclamó su orgullo por haber ganado lo que llamó el «combate» del 11 de septiembre.

 

Otro de los hechores, Fernando Rojas Vender, que siguió ascendiendo y sumando galones, recibió una distinción impensada casi 25 años después. Fue premiado con la comandancia en jefe de la Fach durante el gobierno de Frei Ruiz-Tagle, empresario conservador, militante del PDC y pinochetista colaborador del régimen faccioso desde siempre. En su alto cargo, Rojas Vender jamás accedió a entregar información sobre las violaciones de los derechos humanos cometidos por su institución, entre ellas, las torturas que derivaron en el deceso del general constitucionalista Alberto Bachelet.

 

También contribuyeron a la destrucción e incendio de La Moneda los oficiales Enrique Montenegro, Enrique Fernández,  Ernesto González y un joven teniente Leigh, hijo del entonces comandante en jefe. Todos ellos se desentendieron de lo ocurrido al vislumbrar que la dictadura no iba a ser eterna. Ninguno de esta patota ha ido a la cárcel, como podría haber determinado una sociedad democrática por el intento de asesinato de un gobernante elegido por los chilenos, haber provocado pavor y conmoción pública con premeditación y alevosía, y haber ocasionado la muerte de una menor inocente.

 

Iniciando los luctuosos sucesos de aquel día gris y amargo, lo acaecido esa mañana ya dejaba a la vasta la cobardía del fascismo. El bombardeo contra la sede de gobierno – «el enemigo» – se realizó sobre seguro, sin riesgos, contra un blanco  inmóvil y desprotegido, buscando afianzar las sensación de poder y causando muchas víctimas comenzando por el presidente constitucional. Tan heroicos aviadores actuaron con la certeza de que no tendrían la respuesta que hubiera podido esperarse de un contrincante con similar capacidad bélica.

 

 

En este mes de conmemoraciones, sin embargo, no ha habido alusión alguna a la irracionalidad con que se declaró la guerra unilateral y se pretendió asesinar a un presidente de la república acompañado de un grupo de civiles indefensos. Tras la reciente parada militar en el Parque O’Higgins – y como si no hubiera nada pendiente  – el presidente Piñera destacó «el heroísmo y amor a la patria de nuestras fuerzas armadas»… Aunque increíble, en la casta política tradicional no se advierte al menos voluntad para querer cerrar de una vez las profundas y dolorosas heridas que dejó el pasado reciente.

 

HUGO ALCAYAGA BRISSO

Valparaíso

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