Estos días he visto la nueva serie de HBO, Years and Years, una historia sobre cómo evolucionará nuestra sociedad a diez o quince años vista en el ámbito político, económico y social. Llegué hasta ella después de ver por redes algunas recomendaciones por tratarse de una serie que refleja, desde un punto de vista crítico, el alcance de las nuevas tecnologías y la instauración de un nuevo principio civilizatorio neoliberal hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, lo que me he encontrado es una de las series más conservadoras y más reaccionarias que he visto en los últimos tiempos, lo que me ha hecho recordar el trasfondo que tienen los productos audiovisuales que se presentan con un disfraz crítico y antisistema como pueden ser también Black Mirror o Mr. Robot. Aquí van un par de reflexiones rápidas al respecto, surgidas de una noche madrileña de verano e insomnio.

 

Years and Years nos presenta una distopía muy cercana, a la que no llegamos al darle al play, sino que observamos el avance de nuestra sociedad —concretamente la sociedad del Reino Unido— unos diez años en adelante desde nuestro presente. La salida a la crisis de 2008 y el fin del Estado de bienestar, lejos de suponer una vuelta al orden anterior, suponen un nuevo modelo socioeconómico y sociopolítico caracterizado por la inseguridad política nacional e internacional, el malestar económico que termina en una nueva crisis bancaria donde las personas pierden todos sus ahorros y, un problema persistente en toda la evolución de la serie, la inmigración a las puertas de los países avanzados del centro de Europa. ¿El resultado? una sensación semiapocaliptica en la que nuestra sociedad ha llegado a un modelo de gobierno autoritario de corte neoconservador con tintes fascistas, donde lo normal es tener tres o cuatro trabajos para ganar una miseria y tener que volver a casa de tu abuela con tu familia. ¿El objetivo? crear una sensación pesimista sobre nuestro futuro de aquí a quince años para que, una vez llegados a ese tiempo, cuando nuestra sociedad no sea ni tan autoritaria ni tan despótica, y cuando no hayas perdido todos tus ahorros ni tengas que sobrevivir en casa de tu abuela con cuatro trabajos precarios, pero tengas cada vez menos libertades, menos capacidad económica y un solo trabajo por un salario que no te permita pagar tu alquiler de un piso en un barrio gentrificado, pienses que las cosas no están tan mal. En resumen, crear un sentimiento de conformismo ante el cambio social que se nos presenta a nuestra generación. Total, podía haber sido mucho peor tal y como estaban las cosas, así que confórmate y no te muevas mucho, que podías estar peor.

 

A todo esto, habría que sumarle la visión geopolítica e internacional tan reaccionaria que se presenta, donde Rusia, de golpe, sin explicación, es soviética y está gobernada por un Partido Comunista homófobo que se dedica a ocupar Ucrania y a perseguir y asesinar a la comunidad LGTBI. Porque mostrar que la realidad es que Ucrania está en manos de un gobierno neonazi que de verdad persigue a comunidades y minorías —LGTBI, judíos, comunistas, etc.— no vende ni sirve para crear una hegemonía cultural en beneficio de los mismos que han facilitado que esta sea la realidad ucraniana. A esto se podría añadir la visión tergiversada del conflicto sirio y una proyección de España como un país socialista bueno y precioso, donde el conflicto catalán acaba provocando una suerte de vuelta a 1936 y provoca una revolución ultraderechista. Al final, en toda su visión geopolítica y la manera de abordar lo internacional, puede apreciarse un cierto anhelo del pasado imperial británico.

 

Pero como mencionaba al inicio, no se trata de la única serie que se presenta como critica, pero en realidad esconde un mensaje conservador. Hasta hace unos meses yo era un fan absoluto de Black Mirror, pero me di de lleno con una reflexión que no recuerdo quien la escribía ni donde —por desgracia— que revisaba esta visión de la serie. En resumen, esta reflexión venía a decir que en Black Mirror el problema con las tecnologías siempre se presenta como un problema personal de los consumidores, que no saben hacer buen uso de los avances tecnológicos y los vuelcan sobre sus vicios, traumas y maldades. Sin embargo, en ningún capítulo de la serie podemos encontrar una reflexión sobre los productores de las nuevas tecnologías y la orientación con la que llegan al consumidor. Es decir, si a una persona aislada de nuestro contexto social le damos un móvil de última generación y le explicamos las herramientas que posee, no va a desarrollar unos usos como los que se presentan en Black Mirror, porque le faltaría el contexto sociocultural sobre el que se producen y crean las nuevas tecnologías en nuestra sociedad y, sobre todo, del contexto en el cual se comercializan, orientadas exclusivamente a unos usos sociales que para nada son voluntad o resultado de los traumas, problemas o maldades de los consumidores, únicamente. Pero claro, siempre es más fácil poner el foco sobre el individuo particular que sobre un entramado económico que se está haciendo el dueño de la sociedad a través de las tecnologías de la información y la comunicación.

 

Por último, la serie Mr. Robot era otra de mis grandes referencias audiovisuales de los últimos años, hasta que estas reflexiones me han llevado a verla con otros ojos. La trama de esta serie es la de un joven informático que pretende derribar todo el sistema mundial al acabar con una enorme corporación multinacional que esta detrás de toda la sociedad, incluidos gobiernos y sistema financiero. No hay que ser demasiado avispado para percibir desde el primer capítulo la cercanía a la trama de Figth Club, novela de Chuck Palahuniuk llevada a la gran pantalla por David Fincher. Este joven es un hacker de un nivel inconmensurable, pero esconde un pequeño secreto: tiene un problema mental que le lleva a desarrollar una doble personalidad, tener visiones con una persona que le ayuda en esta empresa y una incapacidad absoluta para tejer y mantener cualquier tipo de relación social y personal. Si, es un resumen muy drástico, pero tiene el objetivo de no hacer ningún spoiler. Entonces, ¿qué se esconde detrás de esta trama? Claramente hay un grito a la acción individual, rechazando toda clase de organización colectiva para hacer frente a una sociedad injusta y despótica y realizar una revolución. Ahora la revolución no será una acción común, colectiva y compleja, sino el resultado de que una persona desde su casa reprograme las bases de datos de una corporación y acabe con todo el sistema socioeconómico existente. De nuevo, ¿el resultado?, no te asocies, no te sindiques, no participes en tu barrio en movimientos sociales colectivos para hacer frente a los ataques neoliberales que ponen en jaque tu vida. Simplemente actúa individualmente, con la ayuda mínima de alguna persona que te deba un favor, pero sin tejer redes sociales complejas. Actúa desde tu casa, con tu ordenador, con tu móvil, pero no hagas nada que de verdad pueda hacer que sientas las cadenas y quieras cambiar tu sociedad. Simplemente, resígnate y desahógate desde tu pantalla.

 

En fin, ahora que estoy inmerso en Gramsci por motivos académicos lo veo más claro. Existe una guerra cultural e intelectual, un espacio en el que se crea una hegemonía que legitima a través del consenso en la sociedad civil al grupo dirigente políticamente. Y nos están ganando. No somos capaces de crear una contrahegemonía, productos audiovisuales de gran éxito y trascendencia social, sino que asumimos como contrahegemónicos productos que provienen desde la misma hegemonía de la clase dirigente, que nos las ofertan como un cebo antisistema y critico contra sus propias bases, pero que detrás esconden un mensaje que termina calando y desmovilizándonos.

 

 

Artículo tomado de El Salto Diario, bajo licencia CC

Deja una respuesta